Nuestra convivencia como seres humanos, tiene un cimiento: la familia. La familia es una institución, es decir, un conjunto de reglas de comportamiento, la cual ha sido muy exitosa. Podríamos afirmar que es la semilla de la civilización humana.
Me parece que el propósito de la familia está muy ligado a nuestro impulso de supervivencia. Vivimos en familia porque de esa manera aumenta la probabilidad de conservar nuestra vida. El infante humano no sobreviviría sin el cuidado que le prodigan sus padres. Podríamos denominar a los incentivos que canalizan nuestros impulsos en esa dirección, como ternura evolutiva: la naturaleza se las ha arreglado para que a los chicos les gusten las chicas y a ellas los chicos. Y así terminamos viviendo y transmitiendo vida en parejas.
Las familias se agrupan en comunidades. La razón, según Aristóteles, es que el ser humano es un animal de ciudad (zoon politikon). El aislamiento nos hace sentir mal y la comunidad, no solo nos hace sentir mejor, sino que por una serie de razones, reduce las dificultades y aumenta las facilidades para la satisfacción de nuestras necesidades.
Hace doscientos años, gracias al movimiento intelectual y espiritual de la Ilustración, inventamos una nueva forma de convivir cuyos elementos fundamentales son el estado de derecho y la vida democrática. Es decir, nos apegamos a un pacto social según el cual todos, ciudadanos y gobernantes, estamos sometidos por igual a las leyes y convinimos además en que el poder reside en el pueblo y que el pueblo elige periódicamente a los gobernantes temporales, quienes no tienen poder absoluto, sino que están sometidos a la ley y tienen que rendir cuentas.
Cuando fundamos una familia, nuestra manera de comportarnos cambia. Dejamos de ser una rueda suelta y pasamos a formar parte de un engranaje que tiene propósitos específicos, fuentes de energía íntimas, anhelos compartidos.
Un día nos despertamos a la vida consciente dentro de una familia. Sin darnos cuenta fuimos generando y absorbiendo la cultura de esa familia, es decir, sus reglas, creencias y valores y esa cultura pasa a ser una circunstancia de alto poder en nuestras vidas. Somos como somos porque nos criamos en la familia en la cual nos criamos.
¿Qué ocurre cuando despertamos a la vida ciudadana? Esto no ocurre desde luego cuando obtenemos la cédula de identidad a los dieciocho años y adquirimos los derechos de ciudadanía. Ocurre antes. Tal vez la primera vez que vimos borrosamente lo importante que era una elección nacional. Es alrededor de esta etapa cuando optamos por algún paradigma. Podría ser que viéramos la política electoral como una competencia, algo semejante al campeonato de fútbol y que asumiéramos como natural el rol de espectadores. Nuestra convivencia, nuestros países se beneficiarían de que nos apegáramos a paradigmas más ricos. Podríamos vernos como electores. Podríamos ver nuestro voto como una responsabilidad. Por ejemplo, como la responsabilidad que tenemos de velar por nuestra salud o por nuestra seguridad. Podríamos vernos como vigilantes permanentes de la gestión pública.
Quisiera hacer una analogía de por qué la familia ha sido una célula tan exitosa de nuestra civilización. Formar una familia, implica cambiar nuestra forma de vida. Primero fuimos dependientes de nuestros padres. Luego nos fuimos haciendo más autónomos. Luego, compartimos autonomía con nuestra pareja. Ya hay entonces una serie de decisiones y de comportamientos que no podemos ejecutar sin el consenso con la pareja. Y esto es solo el inicio de un largo proceso de cambio. Me he preguntado mucho si eso es una pérdida de libertad. Mi respuesta es que ha sido una metamorfosis de la libertad: elegimos modificar su ejercicio para lograr un bien superior, en este caso crear un nido, construir una plataforma de lanzamiento. La norma en las familias funcionales es que los padres no se limitan a cumplir con los mínimos necesarios para crear ese ecosistema propicio en beneficio de sus hijos, sino que se exceden con esmero en hacerlo. Su aspiración es convertir una casa en un hogar.
Así como al iniciar nuestro camino como miembros de la familia que hemos fundado iniciamos un proceso de cambio, ¿cuál es el proceso de cambio que iniciamos cuando adquirimos derechos ciudadanos? Para muchos el proceso es totalmente externo: ahora podemos obligarnos en contratos; ahora podemos votar en las elecciones. Pero internamente ¿en qué cambiamos?
Y aquí nos estamos acercando a la conclusión de esta nota. Si para ser miembros idóneos de una familia entramos en un largo y permanente proceso de cambio, para ser buenos miembros de una nación ¿cuáles nuevas buenas prácticas deberíamos adoptar?
Deberíamos reconocer nuestra responsabilidad como ciudadanos. Buscar formas no solo de cumplir con los requisitos mínimos de esa responsabilidad sino de excedernos en su cumplimiento. Deberíamos tomar como modelo la vida de familia y poner en esta tarea el esmero que los buenos padres y las buenas madres ponen en hacer funcionar sus hogares.
Deberíamos esforzarnos por agregarle dimensiones a nuestra relación con el país. Sentirnos aludidos, interpelados por las circunstancias. Transformar la expectativa de que otros hagan, por el compromiso de que nosotros tenemos que hacer.
Deberíamos informarnos de cómo progresa la nación, de cómo ejercen su responsabilidad los gobernantes y de cómo funciona la actividad político electoral que periódicamente lleva al cambio de gobiernos.
Deberíamos hacernos cuestión de las aspiraciones y anhelos del país, comenzando por interiorizar que los países pueden tenerlos. Que explicitarlos es una contribución mayor a la vida nacional. Que todo país es una obra común. Que la obra común que nuestro país ha construido es digna de admiración.
Transitemos este cambio de época a partir de algunas de estas ideas. Cada cual a su medida y desde sus circunstancias, pero todos con la noción de que como en cualquier gran cambio, no podemos conocer ni cambiar el futuro, pero sí tenemos la capacidad de influir. No somos hojas que lleva el viento, sino seres humanos, miembros de una civilización exitosa en unas áreas, fallida en otras, con diversas intensidades de obligación de contribuir.
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