Resolver problemas

Cuando escucho la palabra problema, lo primero que viene a mi mente es el tercer grado de la escuela cuando nos pedían calcular cuánto alambre de púas se necesitaba para cercar un terreno rectangular de tales dimensiones a cinco hilos, para que no se escapen los terneros. Nos cuesta mucho sacudirnos a lo largo de nuestro desarrollo dos limitaciones que nos han dejado problemas de este tipo. Primero, que todos los problemas tienen solución. Segundo, que solo hay que preocuparse por una solución. Hay problemas cuyas soluciones se encuentran. Hay problemas cuyas soluciones hay que diseñarlas. Y el número de opciones de solución puede ser grande. Los problemas de la vida real son diferentes a los de los textos escolares. Nadie tiene la solución guardada en su gaveta, ni está al final del libro. La solución hay que producirla, o al menos, dar unos pasos para acercarnos a ella.

Se puede desarrollar la capacidad para resolver problemas. Si los vemos como desafíos, con conciencia de su complejidad, pero con la esperanza de que avanzaremos en el camino de la solución, habremos logrado algo importante. Porque así es la realidad. No nos enfrentamos a problemas sacados de un manual, sino a problemas sacados de la inmensa originalidad y complejidad de lo real.  

En un proceso de solución de problemas hay unos cuantos componentes básicos. El primero es el planteo. Luego hacer una lista completa de los hechos que se relacionan con el asunto. Después hay que explicitar lo que le exigimos a la solución. Y esto ya nos pone en posibilidad de señalar las opciones que lo resuelven parcial o totalmente. Todos estos componentes se relacionan entre sí. Por eso hay que irlos visitando a todos según se avanza en cada uno. Esto no es un trabajo mecánico donde se van quemando etapas. Hay que ir y venir entre las etapas: una opción de solución puede sugerir una profundización sobre un hecho. Una exigencia a la solución nos puede hacer volver al planteo del problema. Resolver un problema es como ir escalando. Desde el escalón diez, se ve con mayor amplitud que desde el escalón ocho. Lo que sigue es posible porque ya llegamos hasta donde estamos.

Hay que comenzar por plantear el problema ojalá de manera fecunda. El problema del tansporte urbano en la GAM no se puede plantear quejándose: ¡Cuánta presa! ¡Cómo se pierde tiempo! Ni de manera chata: ¿De qué manera expeditar el tránsito? Es más fecundo que los primeros planteos incluyan desafíos, ética y noción de bien común. Por ejemplo: ¿De qué maneras podemos diseñar el transporte urbano para aumentar el bienestar de los habitantes?

Es necesario anotar todos los hechos relevantes. Es relevante la distancia entre los centros de población, el flujo esperado de pasajeros, el compromiso del país con la energía verde o la existencia de interesados en una alianza público privada. No es relevante si la propuesta en estudio es sueca o japonesa.

Hay que marcar la cancha. Generalmente no se está dispuesto a resolver el problema de cualquier manera. Hay que señalarse exigencias. La primera es que la solución lo sea. Es decir, que resuelva el problema. Luego vienen exigencias de seguridad, de confort, de plazo para que comience a operar (La carretera a San Carlos era una buena decisión, hasta que se atrasó por decenios). Hay exigencias de costo. Sensatas, desde luego. (La propuesta de carretera a San Ramón fue rechazada por razones de costo. Se dedicó tiempo a buscar otra solución y cuando se la encontró, era más cara que la anterior). Las exigencias a la solución alertan a nuestro inconsciente de que estamos buscando no cualquier solución sino una solución de calidad.   

Hay que tener voluntad de resolver el problema, pero no conviene dejarnos llevar por una tendencia a querer resolver el problema de manera casi obsesiva. Eso conspira contra la calidad de la solución. Buscar intensamente la solución, ayuda con la energía, pero perturba la calidad, porque entonces tendemos a agarrarnos a las ideas de solución que vayan saliendo, como quien “se agarra a un clavo ardiendo”.

No busquemos la solución perfecta. Vamos produciendo opciones de solución. Apuntemos a que sean suficientemente buenas. Según van apareciendo unas convocan a otras porque nuestra mente se pone en modo de torbellino de ideas. Llegar a este modo es como habilitar una plataforma de lanzamiento. Cuanto más robusta va siendo esa plataforma, mejor funciona nuestro proceso de solución. Un conjunto de ideas suficientemente buenas, alimentan de mejor manera el proceso que todos los esfuerzos por producir una gran idea.

Resolver problemas es una de las destrezas que se señalan como prioritarias para las nuevas características del mundo en el cual nos estamos adentrando. Es una destreza que puede ser ejercitada. Tal vez sea una de esas que alguien señaló que para dominarla se requiere una práctica de miles de horas. ¿Cómo empezar a acumularlas? En cualquier dirección en la cual miremos, encontraremos desafíos, retos, problemas. Apliquémosles el método  durante diez minutos. Hagámoslo con frecuencia. Eso desarrollaría en nosotros una de las dimensiones de la capacidad de pensar. Y eso es muy valioso. Y desarrollaría también una destreza necesaria que es la de convertir el malestar, la queja, el lamento, en proactividad. En vez de quejarnos, elegir qué hacer para acercarnos a una solución.  

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