Comunidades de bien

El domingo 26 de mayo campeonizó el Saprissa. Ese día, todos los saprissistas se sentían parte de una comunidad: la comunidad morada. ¿Qué hay que hacer para ser miembro de esa comunidad? ¿Qué la hace vibrar? El disfrute, la alegría de la campeonización hubieran quedado registrados en un sismógrafo de intensos que fueron. ¡Cuánta energía constructiva estaría disponible si llegáramos a sentirnos parte de comunidades para hacer el bien!

Si alguien es el único cultivador de hongos de una región, por más interés que se tenga en la actividad, los refuerzos sociales que se tienen son nulos. Compárelos con esos refuerzos cuando se es parte de una comunidad de miles de personas y miles de intercambios sociales.   

Nos motivan los incentivos extrínsecos como las ganancias objetivas que obtenemos de una actividad. El salario por pertenecer a una empresa. Los descuentos por estar asociados a una organización de compras. El uso de las instalaciones de un club.  Nos motivan también los incentivos intrínsecos: la distinción por pertenecer a ese club, lo selecto de sus miembros o el apoyo esperado de ellos. Nos motivan los propósitos que van más allá de nosotros. Eso son los motivadores trascendentes. Una comunidad, grande o pequeña para hacer el bien, conectaría con esos incentivos.

Posiblemente opere dentro de las comunidades exitosas, lo que se denomina el aprendizaje social que es, para decirlo de manera elemental, la copia del comportamiento de unos miembros por los otros. El bien hecho individualmente, tiene menos dimensiones que el bien hecho como práctica distintiva de una comunidad.

Si la humanidad hiciera más malas acciones que buenas acciones, ya se hubiera extinguido. Multitudes de parejas se respetan, se apoyan, buscan el bien del otro. Multitudes de trabajadores, no por el temor a la sanción ni por la aspiración de la remuneración, cumplen con sus deberes todos los días. Las buenas acciones nos benefician como comunidad humana.   

Hacemos muchas buenas acciones que benefician a los más cercanos. Somos mucho más esmerados en producir bien para nuestra familia, que para nuestro barrio o para nuestro país. El bien común se robustecería si de alguna manera lográramos extender hasta el otro, desconocido, invisible, lejano,  el afán de hacer bien que tenemos respecto a nuestros cercanos. 

¿Qué necesitaríamos creer para que nuestras buenas acciones fueran más allá de nuestro círculo cercano? 

Necesitamos darnos cuenta de que somos capaces de contribuir al bien común. De que más bien común a disposición de la humanidad, es mejor que menos. Que las acciones de bien podrían sugerir o generar imitación, con lo cual el bien individual que hacemos podría multiplicarse. Que en la contabilidad de la vida humana, dejar de hacer una buena acción podría ser quedar debiendo. Que en las acciones de bien es más importante el signo que la magnitud: que no todos tenemos que formar parte de los médicos sin fronteras. Que en tiempos revueltos escuchar a otros es satisfacer una necesidad quién sabe cuán intensa. Que nuestra capacidad de hacer bien podría ser progresiva y que se va aprendiendo a hacer el bien según se lo hace. 

¿Por qué, si ninguno de esos cambios de comportamiento son propuestas conceptualmente complejas, ni los actos que requieren son resoluciones heroicas, no parece que estemos en camino de convertirlos en conductas generalizadas?

Podría ser que estuviéramos esperando a que alguien lo inicie. Podría ser que nuestra mente condicionada por modelos de organización social, estuviera esperando un líder, una instruccion, un toque de trompeta. Podría ser la tiranía de la magnitud: más grande es más bueno. Y no nos diéramos cuenta de que empezar en pequeño, en privado es mejor que inhibirnos.

Me gusta la frase de sostenemos estas verdades como evidentes como fundamento al resto de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. La aplico a lo que venimos tratando. Sostenemos estas verdades como evidentes:  Que cada acción de bien, puede servir como ejemplo a otros para imitarla; que nuestra inclinación al bien hace que el bien que otro hace nos beneficie a muchos porque nos convoca al bien; que hay algo en común entre quienes ejecutan acciones de bien; que saberse pertenecientes a esa comunidad impulsaría las acciones de bien; que todo lo que se necesita para poner en marcha esta comunidad de bien, es la decisión de regirnos por estas verdades; que la comunidad comienza a ser construida cuando una persona la visualiza y decide según esa visión, hacer una acción de bien; que lo que se necesita para sostener y hacer crecer esa comunidad es ir comunicando la resolución que hemos tomado.

Conviene buscar que se difunda la idea de que  vivir como si las omisiones individuales en el bien actuar le hicieran daño a mucha gente: a los destinatarios que no recibieron su efecto directo y a quienes no se sintieron movidos por ellas. Y como si los actos individuales de bien beneficiaran no solo a sus destinatarios directos sino a quienes se sintieran parte de esa comunidad de bien.

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