Ineficacia pública

Las circunstancias son difíciles. El Niño, la sequía, el cambio climático. No exigimos perfección de las instituciones públicas, pero sí un desempeño suficientemente bueno. En los últimos años el MEP y la CCSS han sido señaladas como instituciones que nos han quedado debiendo. El MEP con una serie de fallas muchas diagnosticadas internacionalmente por los resultados de las pruebas PISA. Y la CCSS con la evidencia de las intolerables y a menudo inhumanas listas de espera. En las últimas semanas, el AYA con sus cortes de agua y el ICE con los anunciados “apagones” se han subido también en ese podio.    

Por decenios he sabido que no todo es soplar y hacer botellas. Las experiencias personales que he tenido en la función pública y privada y el acompañamiento profesional que he brindado a ejecutivos públicos y privados me han convencido de que producir los resultados deseados es difícil. Así que no levanto dedos acusadores ni me sumo a clamores irreflexivos. Y menos a pedir renuncias que podrían hacer más daño que el error cometido.  Prefiero reflexionar sobre causas y posibles soluciones. Los cuatro ejemplos señalados demandan análisis y quiero contribuir a él con algunas preguntas.

Diseñar estructuras organizacionales no es tomar un programa para dibujar organigramas y empezar a llenar casillas. Señalaría como primera sospechosa de ineficacia a la estructura organizacional, con sus múltiples niveles, con sus paredes inter- departamentales, con sus dificultades de comunicación, con la dificultad de alineamiento, es decir, de que cada puesto tenga clara su forma de contribuir a las aspiraciones de la entidad. La finalidad estratégica de la entidad debe ser “cambiada en menudo”, es decir, convertida en puestos de trabajo, y estos integrados debidamente para el logro del propósito común. Lo que Drucker llama la descentralización federal (en alusión a los poderes que tienen los estados en los Estados Unidos), podría estar ausente de nuestras instituciones.

Sé que General Electric o Volkswagen tienen miles de colaboradores. ¿Alguien de las instituciones costarricenses a las cuales me estoy refiriendo, alguna vez se ha preguntado cuáles son los rasgos organizacionales o de control de resultados que las hacen ser gestionables?

¿Disipan los jerarcas mucha energía haciendo política y evitan las acciones en este sentido difíciles? Eso los llevaría a evitar muchos temas y reformas para no correr riesgos ¿No harán lo mismo los sindicatos de la institución? No hacer olas podría estarnos pasando la factura.

¿Es suficientemente eficaz el proceso de selección de los jerarcas de las instituciones públicas? Los actuales parece que fueron nombrados por medio de un concurso semejante al de las empresas privadas. Si el proceso fue muy semejante, ahí hay una falla. El sector público y el privado son diferentes. Y si el proceso de selección se ve afectado por el eventual criterio de elegir a quienes tengan pinta de estar de acuerdo conmigo, mucho peor.

Un amigo comentaba que en Costa Rica cualquiera se siente capaz de conducir una institución pública. Es el me la juego en acción.  ¿Usted sabe volar un avión? No lo sé. Nunca he tratado. Pero estoy dispuesto a intentarlo. Cómo exorcizar esas actitudes de los procesos de selección es una tarea esencial. Aunque mucho hizo la Constitución Política vigente por acabar con el botín político de los nombramientos, eso no ha alcanzado plenamente al nombramiento de jerarcas. Se sigue acomodando a amigos políticos. ¿Cuándo hemos oído hablar de la responsabilidad in eligendo cuando se nombra en una junta directiva pública o en un cargo de jerarca a alguien que no reúne las condiciones como para esperar de él o de ella un desempeño idóneo?

Carecemos de una evaluación del desempeño de los cargos superiores de las instituciones. ¿Son los informes de labores un ejercicio crítico de la gestión? ¿Incluyen las oportunidades no aprovechadas, el costo de las posposiciones o retrasos y las omisiones de acción que resultaron perjudiciales? ¿Quién valora con algún detalle lo que el largo apagón educativo causa al país? ¿Quién cuantifica los perjuicios económicos y de otras índoles que causan las interrupciones en el servicio de agua o de electricidad? ¿Cuál es el verdadero costo de las crónicas presas de tránsito?

El siguiente sospechoso es la vigilancia de los dueños. En una sociedad anónima, la asamblea general nombra y monitorea a los miembros de la junta directiva y estos lo hacen con el jerarca ejecutivo.  ¿Cómo es la rendición de cuentas en una entidad pública o en un ministerio? ¿Cuál es el incentivo de los jerarcas para ser excelentes o para huir de la mediocridad? ¿Qué papel juega en este ejercicio de vigilancia el ciudadano común? Aun cuando ese ejercicio sea realizado por otras entidades (Contraloría General de la República, Superintendencias financiera o de pensiones) ¿Qué consecuencias tiene el mal desempeño? ¿Cuándo se ha visto destituir a un gerente o a un directivo por mal desempeño?

Desde luego, en las empresas e instituciones públicas no toda la eficacia depende de los jerarcas. La diferencia dramática entre el sector privado y el público es que en el sector privado nadie es inamovible. Y en el sector público, muchos lo son. Esto vamos a tener que resolverlo. Es valiosa la permanencia en el puesto. Es perjudicial la práctica de la inamovilidad a rajatabla. Debemos crear evaluaciones más sistemáticas y expeditar sus consecuencias.

Conozco empresas privadas que se toman en serio lo de las técnicas de gestión. Recuerdo haber participado o conducido intervenciones de mejoramiento de esas técnicas en instituciones públicas. Ignoro si aún existe esa preocupación. Es importante que se recupere esa inquietud. La eficacia no se puede dejar librada al azar. No ocurre espontáneamente. Esos esfuerzos deberían ser más abundantes y la Asamblea Legislativa debería tomarse más en serio, los informes sobre eficacia de la gestión que suele hacer la Contraloría General de la República.

Dos cosas sutiles pero importantes. En una institución se puede gobernar en beneficio propio. Se puede difundir la creencia de que quienes la encabezan son un poco sus dueños y que merecen la tranquilidad de no tener que despeinarse en sus esfuerzos. Existen medios de perseguir al jerarca que hace un mal uso de un vehículo oficial pero no hay ninguno para detectar y combatir la actitud de dueño o cliente privilegiado que un jerarca o un colaborador común pudieran tener.

Mi máximo temor no es que la administración pública carezca de los métodos requeridos. No pienso que se carece de conocimientos. Pero eso no es suficiente. Mi pesadilla es que nadie se sienta responsable de la eficacia porque da lo mismo ineficacia que eficacia. Mientras no haya claridad en el trabajo de cada día sobre la dignidad de los usuarios o destinatarios de los servicios de la entidad, estaremos lejos de una eficacia autosostenible. ¿Alguien ha pensado en el poder educativo de la excelencia? ¿Se recuerda todavía la admiración y orgullo que sentíamos en aquellas excursiones guiadas por personeros del ICE a los túneles en construcción en Río Macho? Entonces el mensaje era vean lo que estamos haciendo con responsabilidad y no el vacío dicho de que aceptamos la responsabilidad por los apagones. No hay forma de compensar al país por las faltas de eficacia.

La eficacia pública es un requisito de la gobernabilidad. La carretera vital que se planeó y no se ha concluido, la inacción ante el deterioro institucional progresivo, como en el caso de la CCSS y el MEP son ejemplos erosionantes que se le dan al país. Van dejando un lastre viscoso en el ánimo de muchos, quienes podrían tomar como norma lo que son excepciones lamentables. El humor popular va elaborando chistes antes y memes ahora, que aflojan y a veces corrompen los afanes de excelencia que personas y grupos debemos cultivar.

La eficacia no es solo un asunto de producto o de contribución al desarrollo. Cuando el gobierno de un país, electo democráticamente no es eficaz, el ciudadano común no se anda en detalles sobre la estrategia y el funcionamiento de las entidades que conforman al estado, sino que, con inexactitud, generaliza y culpa de ello a la democracia.  Y así es como dejamos que el comején afecte las columnas de un templo centenario.

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