Emprendimiento y observación

Tiene más usos un martillo que un clavo. Esto podría llevar a pensar que el martillo fue inventado antes. Hubo primero más necesidad de golpear cosas que de unir cosas. Además, para unir cosas ya se podrían haber usado bejucos o tiras de piel de animales. Ha de haber sido mucho antes que el hombre sintió la necesidad de darle mayor potencia a la palanca del brazo para golpear de manera más contundente y así ha de haber surgido la invención del martillo original, simplemente asiendo una piedra en su mano. La invención del clavo ha de haber tomado más tiempo. De hecho, los primeros clavos fueron trozos de hierro forjado y para forjarlos se requirió de martillos.

¿A qué viene todo esto? Preguntémonos cuáles podrían ser los primeros movimientos de todo acto emprendedor. Muchos programas sobre emprendimiento suponen que el interesado ya está desarrollando algún proyecto, entonces, claro, conviene enseñarle cosas elementales sobre costos e ingresos. Pero eso implica que el acto emprendedor ya alzó vuelo. ¿Cómo ayudar a las personas a hacer su primer vuelo de gallina?

Hay dos caminos. El acto emprendedor promisorio es uno que crea un producto o un servicio que satisfacen alguna necesidad. Primero es la necesidad, luego viene el producto. Todo producto que tiene sentido resuelve una necesidad, es decir es útil. Crear un producto útil es crear valor. Por tanto, lo primero que debería hacer quien tuviera inquietud por emprender, debería ser mirar la realidad que lo rodea en busca de necesidades insatisfechas.

Vivimos en un mundo de alta velocidad de invención de satisfactores. Imagino que pasaron siglos en los cuales unos hombres vieron a otros arrastrando cargas de diversas maneras, hasta que a alguien se le ocurrió deslizar la carga sobre trozos de tronco y finalmente inventar la rueda. Hoy, seguramente los fabricantes de llantas hacen permanentemente el ejercicio de ingeniería del valor de cómo aumentar la capacidad de la llanta para satisfacer necesidades y de cómo reducir sus costos de producción. Y en estos tiempos de sensibilidad ambiental, de cómo reducir su impacto ambiental.

Así que el primer ejercicio de un programa de fomento del emprendimiento debería ser, vayan por ahí, recorran sitios donde haya personas, observen lo que hacen e imaginen de qué manera se le podría agregar seguridad, comodidad o deleite a lo que están haciendo. Las observaciones no deben quedar limitadas por las circunstancias, sino que deben ser punto de partida de reflexiones y divagaciones creativas. Si vemos a alguien trabajando sentado en una silla corriente, lo podríamos imaginar en una silla ergonómica. Ese es un pensamiento para el cual se requiere de poca reflexión. La divagación creativa sería más bien de la forma, si alguien que está ahí, sometido a un horario de trabajo tuviera un niño en la escuela, que espera ser recogido a una determinada hora, ¿qué haría si por alguna razón la hora de salida del niño se adelanta? Ahí saltaría una necesidad y eso daría inicio al proceso creativo en busca de cómo resolverla, es decir ¿cómo crear un servicio o producto útil? En este caso, una señora pensionada cerca de cada escuela, que pudiera atender a esas emergencias.  

La otra vía es la de preguntarse cómo mejorar lo existente. Una locomotora es una máquina de vapor la cual, en vez de mover telares, se mueve a sí misma. Y la llamita que los hermanos Wright, fabricantes artesanales de bicicletas,  encendieron en Kill Devil Hills,  tal vez tuvo como chispa la idea de una bicicleta voladora. Imagino que hoy habrá personas pensando en cómo la inteligencia asistida mejorará la práctica de los deportes o las prácticas religiosas.

Primer ejercicio para el programa de emprendimiento: observe la realidad en busca de oportunidades. Pero sepa que, como las buenas frutas, no las encontrará maduras y en el suelo.

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