Dispararse en el pie

Un lector se pregunta por qué ante las malas noticias sobre lo que ocurre en el país, muchas personas reaccionan irracionalmente y en vez de buscar formas de remediar y subsanar y de apoyar medidas para mejorar, suelen hacer lo contrario y se convierten en voceros del esto no tiene remedio; qué se podía esperar; apague y vamonós. No tengo una respuesta, pero sí mucho interés en que la busquemos.

Comencemos por un sentimiento. La decepción. Dice la RAE que decepción es el pesar causado por un desengaño. Y nos ofrece los siguientes sinónimos: desengaño, desencanto, desencantamiento, desilusión, chasco, frustración, desobligo. De entre estos, me llama la atención el último, definido como perder el aprecio por alguien o algo, a lo cual podríamos agregar, y sobre eso, a mí ni me cuenten.  La quería tanto -me refiero a la Patria- que cuando la siento equivocada, mal conducida o de alguna manera fallida, al verla perdida, el destino del amor-posesión o el amor-afiliación es la torcedura del sentimiento: no la quería. Siempre la vi llena de defectos.

Ante la crisis institucional que hoy sufren muchos países en el mundo solo sus habitantes pueden contribuir a superarla, pero paradójicamente ocurre que está muy extendida la decepción, el desobligo y cuando lo que más se necesita es la participación responsable, más bien ocurre un alejamiento, un debilitamiento del interés que en los buenos tiempos le daba vitalidad a la vida institucional. Esta actitud todos sabemos que equivale a dispararse en el pie. Si la solución era avanzar, nos cortamos la posibilidad de hacerlo.  

¿Cuáles son los resortes que mueven esta posición o sentimiento social?  Comencemos por la auto-agresión como reacción ante sentimientos muy intensos y desagradables… para sentirse más en control o para aliviar sensaciones de rabia o tensión (1) Podría ser también la nebulosa aspiración a hacer más grande el problema, para que de esa forma resulte más notorio a quienes teniendo que resolverlo no lo han resuelto. Es un comportamiento infantil. El niño hace una rabieta y se podría pensar que del torbellino que lo arrastra, él espera ser rescatado. Busca en ese rescate la satisfacción de una muestra de cariño. Esa verificación de ser amado le produce mayor beneficio que el costo de la rabieta.

No existen mecanismos formales a través de los cuales los habitantes puedan señalar sus malestares por la forma como se conduce el país. No hay tarjetas amarillas mediante las cuales se recuerde el fair play y cuya acumulación pueda llevar a una roja, de diversas tonalidades de rojo, que pudieran producir desde una censura hasta una destitución. Eso nos lleva a ver que a este partido que se está jugando le hacen falta reglas de juego.

En ausencia de esos mecanismos formales para expresar malestares, la desafección, el desencanto, la desconexión con respecto a los asuntos nacionales, la ira contenida, el impulso a injuriar y denostar, el abstencionismo, son formas ineficaces y perjudiciales de decir que esto debe ser resuelto o de intentar compartir nuestro costo -nuestro malestar, nuestra decepción- causando un costo, para que a otros no les salga gratis. Estas son las actitudes de las cuales se nutre el populismo. Antes la ineficacia pública solo nos hacía perder bienestar. Hoy socava los cimientos de nuestra convivencia.

En este cambio de época por el cual transitamos ya hace algún tiempo, conviene acercarnos con realismo al hecho de que no vivimos en un mundo sin fricción, sino en uno donde no toda la energía se convierte en resultados, y donde con frecuencia tenemos que apostarle a lo que es suficientemente bueno, aunque no sea perfecto. Y en el cual, si hasta el momento no hemos podido alcanzar las uvas maduras, no debemos abandonar el intento sino aguzar el ingenio, porque el eco de renunciar y decirnos que de por sí no estaban maduras, sería ominoso.

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