Ciudadanos al volante

Tomé un Uber. A las cinco cuadras de mi casa, el semáforo se puso en amarillo cuando ya llegábamos a la línea de detención. Me sorprendió que el chofer no siguiera el impulso generalizado de interpretar que la luz amarilla significa acelere. Hizo el alto correctamente. No se quejó del semáforo. Esperó y luego, con cara de buen humor, continúo el trayecto.

Más allá en una intersección se detuvo antes de bloquearla, a pesar de tener luz verde.

Luego vino uno de esos sitios en que sobre la vía que transitábamos incidió una vía de tráfico entrante, la cual estaba marcada con el correspondiente Ceda. El conductor vio con paciencia que el auto delante del nuestro dio el paso a uno de los autos que hacían fila tras el Ceda. Nada de pito altanero, ni golpes al volante, ni interjecciones para mostrar su prisa o su disgusto. Más bien, cuando nos llegó el momento de continuar, un agradable ademán para dar paso al auto que ahora esperaba en el ceda.

Veo que usted sigue normas de urbanidad en la conducción, le dije. Sí. Le voy a contar por qué. No todo el tiempo soy chofer de Uber. Enseño educación cívica en un colegio. Y no solo la enseño por oficio, sino que me parece de muy alto valor.

Eso me interesó. Él continuó su reflexión.

Estamos interrelacionados unos con otros. Pienso que no se puede ser feliz en soledad. No solo no se puede ser feliz, sino que no se puede sobrevivir. Lo que nos interesa desde la última célula de nuestro cuerpo, es sobrevivir. Después, el propósito que nos mantiene activos es ser felices.

Tenemos una piel. Ella nos muestra hasta dónde llega cada uno de nosotros. La piel es nuestra frontera. En la casa, puestos todos alrededor de la mesa, las paredes nos dicen este es nuestro mundo. Este es todo el mundo. En cuanto lo pensemos, nos damos cuenta de que otro hizo el pan, otro sembró el arroz, otro cultivó las verduras. Si tuviéramos que hacer el pan, sembrar el arroz y cosechar las verduras, solo tendríamos tiempo para eso. Esas son las ganancias que tenemos de vivir en comunidad. Las paredes son como la piel de la familia. Pero sabemos que eso es una ficción. Esta familia forma parte de un tejido social, fuera del cual no sobreviviría ni sería feliz.

Cuando nos hacemos una herida en un dedo hemos lesionado un tejido. Duele. Sangramos. Tenemos riesgo de infección. Hay comportamientos que son equivalentes a hacernos una herida: negar un favor a otra familia; perturbar su descanso; ser descorteses con ellos; no mantener un trato jovial con los vecinos. Vivir en comunidad representa ganancias, pero también representa costos: hay que cultivar las buenas relaciones; hay que ser jovial, aunque anoche hubiéramos dormido mal; hay que responder a las peticiones del vecino. Si la familia vecina tuviera un accidente, una necesidad imprevista, pienso que nuestro deber como miembros de la comunidad es estar presentes, ayudar, apoyar, consolar. Creo que eso es parte del contrato social. Lo que ocurre es que por no sé qué razón, hemos cercenado el contrato social y lo hemos llevado al mínimo: no neguemos el saludo, no metamos ruido después de las nueve de la noche. Cada uno en su casa y Dios en la de todos, es quitarse el tiro de lo que significa una buena convivencia, y como en tantas otras cosas, pasarle a Dios la tarea que nosotros por alguna razón no queremos realizar.

Buena educación cívica no es saberse los primeros doce artículos de la Constitución Política. Me parece que es mejor preguntarse cuál es el comportamiento individual que conduce a una convivencia que nos dé a muchos la oportunidad de ir siendo mejores, mientras contribuimos a crear conjuntamente mejores circunstancias para el mayor número.  

Tome por ejemplo una campaña política y apliquémosle eso. Entonces no nos dejaríamos llevar por el ellos son los malos. Nosotros los buenos. Solo nosotros tenemos buenas intenciones. Los otros son filibusteros. Solo nuestro candidato tiene la razón. Derrotemos a los otros. Más que eso, destruyámoslos.  Nuestro candidato es la única salvación. Los otros son enemigos. No los escuchemos ahora y menos después de nuestro triunfo.

Deberíamos crear una ceremonia en la cual grupos de habitantes renovemos públicamente nuestra parte del contrato social que nos une a la nación costarricense. En los Estados Unidos por ejemplo existe lo que se denomina la promesa de lealtad a la bandera y a la república (pledge of allegiance) la cual es una declaración grupal. En España existe lo que se denomina la jura de bandera, entendida como la expresión pública, individual y cívica de lealtad hacia España y los españoles. Es una promesa -que se hace por voluntad propia- de defender los intereses colectivos de España. En Costa Rica, el artículo 11 de la Constitución Política establece que los funcionarios públicos deben prestar el juramento de observar y defender la Constitución y las leyes de la República, y cumplir fielmente los deberes de su destino. También hacen ese juramento los graduados universitarios y no recuerdo si los graduados de escuelas y colegios. Pero antes de la ceremonia debemos sentir su necesidad, y para sentirla debemos estar conscientes del regalo que significa la vida en sociedad, especialmente en un país como este.

La Real Academia Española define que una nación es el conjunto de habitantes de un país regido por el mismo gobierno y el Diccionario panhispánico del español jurídico la define como el conjunto numeroso de personas que reconoce una historia propia y se identifica por sus hábitos culturales y su proyecto colectivo de vida en común.

Estas reflexiones son el fundamento de por qué me encanta mi profesión de maestro de educación cívica. Y mi forma de conducir este auto pone en práctica algunos de esos conceptos. Pero también podemos aplicarlos en nuestras relaciones de trabajo, en las relaciones con los vecinos, con los proveedores, con los compañeros, con quienes nos venden los alimentos, con todas las personas con las cuales nos cruzamos por el camino.

Largo rato estuve pensando en la importancia de que esos conceptos y esos hábitos de acción animen nuestra convivencia como país. Ahí están el concepto de bien común, el de vida buena y feliz, la posibilidad de sumar en vez de restar, la disposición de llegar a acuerdos. Ahí están las condiciones para ir construyendo un futuro común.   

Ha llegado a su destino, dijo la voz de Waze. Solo pagué el costo del viaje. No pagué por la robusta lección de educación cívica. Aquí se las dejo.

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