Quemar las naves

Quemar las naves significa cortarse el camino hacia atrás. Tener la resolución de ir solo para adelante o solo en una dirección. Proviene, como nos enseñaban en la escuela, de una escena histórica, cuando Hernán Cortés y sus soldados desembarcan en México, procedentes de lo que hoy es Cuba y según narra la historia, Cortés quema las naves para evitar cualquier tipo de confabulación de la tropa en torno a devolverse si las dificultades de la empresa resultaran muy grandes. He leído que realmente no quemó las naves, sino que las desarmó, conservando las piezas metálicas para tener la posibilidad de volverlas a armar en caso necesario. Pero sigamos con la penetrante historia de que las quemó. En el Evangelio de Lucas se lee: Nadie que, después de haber puesto la mano sobre el arado, mire atrás, es apto para el Reino de Dios. En ambos casos, en el de Cortés y en el del Evangelio me parece que se está hablando de lo mismo: de que una vez que se ha llegado a una resolución hay que respaldarla con toda energía.

En esto, el realismo de Ulises es ejemplar. Quiere escuchar el canto de las sirenas, pero se conoce a sí mismo y sabe que cuando lo escuche podría cambiar el rumbo de la nave y perecer junto con sus compañeros. Por eso pide que lo aten al mástil y que, aunque luego cambie sus órdenes, ni lo desaten ni cambien el rumbo. Sabía que hay resoluciones de las cuales queremos devolvernos, empeños de los cuales querríamos retirarnos.

El famoso Asno de Buridán, no llegó a una resolución. Acosado por el hambre y la sed y puesto ante un cubo de heno y un cubo de agua, no pudo elegir cuál consumir antes y murió de hambre y de sed.

En ciertas circunstancias, decidir nos resulta dramático. Y es natural. Los resultados de las decisiones están en el futuro y el futuro es incierto, es desconocido. Y entonces ¿Cómo es que nos atrevemos a tomar decisiones? Posiblemente un instinto nos diga que no tomar decisiones nos puede acarrear la misma suerte que al Asno de Buridán. O tal vez nuestra toma de decisiones se ve disparada por la curiosidad por ver qué encierra ese camino o situación por la cual optamos. En algunos casos, habremos seguido un proceso racional de toma de decisiones que nos deje muy tranquilos sobre la opción elegida.

Todo lo anterior, ya lo he dicho en otras oportunidades. ¿Por qué vuelvo a decirlo ahora? Recientemente, neurocientíficos de la Escuela de Medicina de Harvard, en experimentos con ratones han hallado que, puestos ante una encrucijada, cuando eligen tomar a la derecha, se encienden en su cerebro un conjunto de neuronas necesarias para ejecutar la decisión, pero también se activan unas neuronas inhibitorias las cuales obstaculizan la acción de otras que hubieran sido requeridas para ir hacia la izquierda. O sea, que, en el cerebro del ratón, vuelve a ocurrir algo como la quema de las naves por parte de Cortés. Uno de los investigadores, el Dr. Wei-Chung Allen Lee dice que según el ratón expresa una elección, el cableado neuronal podría ayudar a estabilizar esa elección mediante la supresión de otras opciones. Eso podría ser un mecanismo que ayuda al ratón a mantener su decisión y a evitar que cambie de parecer (traducción libre). Si esto llegara a verificarse en seres humanos, nos quedaría claro que ante lo dramático que resulta tomar una decisión, la forma como operan nuestras neuronas nos ayuda para ejecutarla.

Sería tema para una novela, muy lúgubre por cierto, la narración sobre alguien que mirara con nostalgia lo que pudo haber ocurrido, si en vez de a la izquierda, hubiera decidido ir hacia la derecha en algunas bifurcaciones de su vida. Tal tema me recuerda esta rima, de todas las palabras/ tristes que he conocido/ estas son las más tristes/ pudo haber sido. Para agregarle riqueza literaria a la trama, podríamos imaginar al otro que hubiéramos sido, tal vez también lamentándose de lo que imaginará que pudo haber logrado de haber seguido el camino que seguimos.Ambas nostalgias, afortunadamente las podemos combatir disfrutando con agradecimiento la realidad a la cual nos han traído las decisiones pasadas. Porque esta realidad es la nuestra y es la única posible. La otra, la de si hubiéramos tomado otras decisiones, es un tema de novela.

Hablamos mucho de decisiones, pero la verdad es que, desde el punto de vista de los resultados, una decisión sin su correspondiente ejecución es bien poco. Es solo un ejercicio mental. Una decisión de baja calidad puede producir buenos resultados si la ejecución es excelente. Y lamentablemente, viceversa. Por eso alguien recomendaba, ser frío en el análisis y apasionado en la ejecución.

Los elementos subjetivos de una decisión, como los gustos, inclinaciones, percepción de circunstancias y otros rasgos profundos de quien la toma, hacen que su proceso no sea compartible o comparable con el de otros. Se elige una profesión, una ocupación o una pareja por razones individualísimas. Por eso no tiene mucho sentido la consulta de ¿vos en mi caso qué harías? ni los comentarios de yo en tu caso lo que hubiera hecho …

Algunas decisiones constituyen cruces de caminos. No se vale comparar un camino recorrido con otro que se pudo haber elegido. Eso es comparar algo real con algo imaginario. El recorrido que nos trajo hasta aquí está lleno de elecciones complementarias. Estamos donde estamos no solo porque en el cruce de caminos elegimos éste, sino por todas las elecciones complementarias que hicimos una vez que lo tomamos. De aquél solo conocemos el momento en que decidimos no recorrerlo. Éste lo recorrimos. El otro lo imaginamos. Éste nos trajo hasta aquí. El otro se quedó congelado en aquel momento. Y lo más maravilloso de este momento y lugar en los cuales nos encontramos, es que en ellos podemos decidir recorrer de mejor manera el trecho que aún nos queda.

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Artículo sobre neuronas inhibitorias:  

https://hms.harvard.edu/news/how-does-brain-make-decisions

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