Disciplina o milagros

En 1928 Alexander Fleming descubrió la penicilina. Se inició un largo camino para convertir ese descubrimiento casual en un arma de la medicina contra las infecciones bacterianas. En 1944 se inauguró la primera planta industrial propiedad de Pfizer. Y en marzo de 1945, ya pasado el Día D, se inició la distribución en farmacias. Comenzó la época de las drogas milagrosas. Entonces solo vimos las oportunidades, no los peligros.

¿Qué ha pasado? Fuimos como humanidad, capaces de crear una amenaza elevada contra las bacterias. Durante 80 años abusamos de los antibióticos y naturalmente las bacterias se adaptaron de manera que hoy enfrentamos el problema de las bacterias resistentes a los antibióticos conocidos. 

Los logros científicos, sobre todo los de alto impacto, nos ponen en modo de festejo tanto por el éxito obtenido como por los beneficios previstos. Pero nos olvidamos de ponernos críticos imaginando consecuencias. Nos olvidamos de la estrecha y compleja interdependencia que afecta a todos los elementos de la naturaleza.

En tiempos de tantas posibilidades tecnológicas como el actual, de una inteligencia artificial (IA) que hace cosas que hubieran pasado por milagrosas en otras épocas, crece la tentación de querer hacer milagros.

Me parece que el primer impacto de la IA, en la vida corriente, será el impulso a dejar de memorizar. Eso ya lo estamos viendo. Con una velocidad de respuesta elevada, con una conectividad amplia y confiable, para qué memorizar un número telefónico. Cuánto más sencillo es enviar un pin de localización que darle a alguien una dirección como las dábamos antes: ¿Conoce la Urbanización tal? De la entrada, sigue adelante 200 metros…

Aun sin utilizar IA, es muy sencillo encontrar unos buenos documentos sobre la historia de los antibióticos. Están disponibles. Son aleccionadores. El peligro al pensar en la IA es pensar que es milagrosa y que en el futuro podría ser posible descuidar nuestras funciones cognitivas porque para lo que antes servían ahora será provisto por la IA.

¿Qué le ocurriría a una humanidad, o a una juventud costarricense que dejara de esforzarse por aprender lo que es indispensable aprender? Cuando iniciamos nuestra educación formal, con tareas tan desafiantes como aprender a leer y a escribir, entramos en un camino donde la disciplina fue el aprendizaje más valioso, del cual no se hablaba. La meta era aprender a escribir, pero lo que ocurría en nuestro interior es que aprendíamos que hay cosas difíciles, que con esfuerzo se las puede lograr, que hay que poner atención, que hay que luchar contra los distractores, que hay que dedicar tiempo a lo difícil, que lo que eran montañas, cuando pasa el tiempo, son solo colinas, que de nada sirve frustrarse y patalear, que la frustración produce ira, que esa ira a veces nos lleva a autoagredirnos (yo no sirvo para esto). Y así, sin saberlo, la lecto-escritura nos dejó una valiosa disciplina.

Recuerdo la insistencia del profesor de matemáticas de colegio sobre la memorización de tres fórmulas notables. Tenía razón. Luego cuando estamos resolviendo un problema, se es más eficiente si no tenemos que detenernos a buscar en un papel o en una pantalla a qué es igual el cuadrado de la suma de dos cantidades. Luego recuerdo el erróneo dicho de un profesor en Estudios Generales, en el sentido de que la memoria era la inteligencia de los tontos. Estaba equivocado. Memorizar es bueno. Creer que solo memorizar es aprender, no lo es.  

Veo personas sensatas haciendo ayuno digital intermitente. Por algo será. La información sin un sentido es distracción. Russell Ackoff dice que la información ha de conducir hacia el conocimiento, y éste hacia la sensatez. Y la distracción obstaculiza el pensamiento serio, constructivo.

Así como existen exoesqueletos, es decir estructuras biomecánicas que pueden suplementar las deficiencias óseas o musculares de una persona y devolverle alguna funcionalidad, ¿no llegará a ser posible la existencia de exo-cerebros o exo-sistemas cognitivos? ¿no llegará a ser posible adquirir en un chip los conocimientos que contiene por ejemplo un determinado libro de texto? Lo que queremos de las actividades educativas es que nos lleven a accionar de una determinada forma. Queremos de la escuela que nos lleve a accionar como buenos miembros de la vida comunitaria. Del colegio queremos que nos despierte intereses humanísticos y científicos y nos dé una cierta disciplina para adquirirlos por nuestra propia cuenta. Y de la educación universitaria queremos que nos enseñe a accionar como accionan los practicantes de una determinada disciplina. No es difícil imaginar que los conocimientos para esos tres niveles de formación se puedan adquirir mediante un chip, debidamente conectado a algunos de nuestros núcleos cerebrales. El Proyecto Conectoma Humano con su objetivo de construir un «mapeo de red» que arroje luz sobre la conectividad anatómica y funcional dentro del cerebro humano sano ha sido un primer intento, lo mismo que algunos implantes cerebrales o implantes neurales, los cuales son elementos tecnológicos conectados directamente a la superficie de un cerebro vivo (Wikipedia).

Queda entonces una pregunta. Si la adquisición de conocimientos se puede industrializar, ¿Cuál sería el rol de la educación formal? El producto actual de la buena educación formal es que el estudiante adquiera conocimientos, desarrolle destrezas y cree actitudes o mejor, hábitos de acción. Estos se refieren entre otras cosas a la ética, la eficacia y la prudencia. Queda claro que los mayores retos de la educación formal pasarían a ser desarrollar destrezas y crear hábitos para accionar o comportarse.

Lo anterior demanda un cambio en nuestro sistema educativo, pero no es, como lo mirábamos en el pasado, un cambio de programas, un cambio de métodos de evaluación, un cambio de materiales de estudio o un simple entrenamiento de docentes. Estamos ante radicales oportunidades y peligros. Tenemos que cambiarle el alma a nuestro sistema educativo. 

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