Sin el sudor de la frente

Recordemos esa sabia recomendación japonesa: ¿A qué dedicar la vida? A algo que amemos, en lo que somos buenos, que el mundo necesite y por lo que nos puedan pagar. A eso se le denomina ikigai. Esas cuatro dimensiones definen lo que sería nuestra pasión, nuestra misión, nuestra vocación y nuestra profesión.

Hoy existen muchas profesiones interdisciplinarias: biología y ecosistemas, medicina y tecnología, educación y neurociencias. En el pasado las opciones eran más reducidas. Las generalizaciones al uso eran, eras bueno para matemáticas, ingeniería. No las podías ni ver, derecho. Tu familia te podía mandar a México, medicina. No lo podían hacer, farmacia. Los motores de la elección siempre han sido dos: cálculo económico o gustos. En un caso el razonamiento es, en tal actividad se gana buena platilla, o hacer esto nos da gusto. Pero la verdad es que, en un mundo tan mercantilizado, predomina lo de la posición socioeconómica esperada.  

Siempre me ha llamado la atención que en una biografía de Freud se decía que su gran afición era la arqueología. Simplifico y digo que eso consiste en andar escarbando para descubrir indicios de cómo vivían culturas que ya desaparecieron. Eso me suena cercano a lo que acabó inventando y haciendo Freud: buscar explicaciones de por qué las personas se comportan como se comportan. Ese es el psicoanálisis. Y luego, que se comporten como les parece más confortable: Eso es la psicoterapia. Conocí una persona que una vez que se retiró de un alto puesto en la banca, se dedicó no con interés económico sino como afición a reparar aparatos electrónicos. ¿Cuál interés profundo estuvo latente o utilizado en sus años de ejecutivo bancario?  ¿Cuál era el interés profundo y común de Freud? ¿Sería descubrir lo que estaba oculto? ¿Hubiera sido feliz como investigador científico o criminal?

Digámoslo rápido y convencionalmente: lo que nos hace ser como somos desde el punto de vista productivo, son los conocimientos, las destrezas, es decir cómo aplicamos lo que sabemos y las actitudes, las cuales son el tono o la intensidad con la cual aplicamos nuestra capacidad de hacer a lo que hay que hacer. Alguien podría no conocer muy bien cómo funciona una máquina, pero tiene gran destreza para armar y desarmar, y además le da un gran gusto ver su trabajo terminado y a su cliente satisfecho. Sin duda estamos ante una persona que no solo llegaría a ser un buen mecánico, sino que disfrutaría haciéndolo.

Hay personas que se retiran y no quieren ni oír hablar del oficio o profesión de los cuales se retiraron. Posiblemente tenían conocimientos y destrezas, pero no tuvieron oportunidad de aplicarlos en circunstancias que les resultaran satisfactorias. No es lo mismo ejercer sus conocimientos y destrezas como educador, como docente en un grupo de treinta y tantos estudiantes, que ser asesor en trabajos finales de graduación. O ser director de un colegio. O formar parte de un grupo de mejoramiento de una entidad o de un programa educativo.

El bienestar económico que está disponible en nuestras sociedades modernas para grupos importantes de población tiene un costo, pienso que alto: trabajamos durante casi todo el tiempo en el cual estamos despiertos, para pagar por ese bienestar. En un mundo en el cual fuéramos más productivos y participáramos de esa productividad, podríamos tener más ocio, entendido como tiempo libre. Pienso que los jóvenes andan valorando el tiempo libre más que las generaciones anteriores. Ahora hay trabajo intermitente: en unos meses trabajan por un ingreso y en otro tiempo se dedican a sus aficiones. No todos podemos hacer eso. Ni todos podemos tener la ocupación que llene plenamente nuestros intereses o gustos profundos. Esto es lo que da lugar a los pasatiempos (hobbies). Sea el pasatiempo formal que consume muchas horas al mes o el pasatiempo esporádico que se ejercita en minutos de vez en cuando.  Pero lo ideal es tener un trabajo habitual que te de tanto disfrute como si fuera un hobby. Así podrías dedicar al hobby todo el tiempo de vigilia. Esto para evitar tener que decir en el futuro yo me dediqué a esto porque así ganaba mi ingreso, pero la verdad es que lo que me gustaba era tal cosa. Y en esto, los tiempos actuales son propicios. Hoy se habla y se practica la reinvención personal. No todos se podrán reinventar radicalmente, pero sí todos podrían agregar rasgos novedosos a su hacer habitual. Comenzando mañana.

Dedicamos buena parte de nuestra vida a trabajar a cambio de un ingreso. A veces con gran disfrute y a veces con dificultad.  El ingreso lo dedicamos a cosas que nos dan satisfacción. Y a veces a tener lo que alguien nos metió en la cabeza que había que tener. Nuestro bienestar crecería si utilizáramos bien nuestro tiempo libre, encontráramos satisfacción en lo que hacemos, no cayéramos en la trampa de buscar el máximo ingreso a toda costa, y lo utilizáramos con sensatez y no con la regla chata de que cuantos más chunches tengamos, mejor. 

Lo anterior es un ideal. El ikigai es un ideal. Quizá sea inalcanzable. Nunca iremos al Polo Norte, pero el concepto nos sirve todos los días. Saber que existe el ideal, conocerlo, saber que existe el Polo Norte, nos sirve de utilísima orientación. Como dice un autor, con horizonte, somos peregrinos. Sin horizonte, somos vagabundos. Con ideal, con Polo Norte, con claridad de que ser es superior a tener, podemos ser mejores.

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Para ver un buen diagrama que ilustra el ikigai, ver https://tristanelosegui.com/2022/05/26/que-es-el-ikigai-y-como-definirlo/ 


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