Navidad con frutos

Ya he vivido suficiente tiempo como para darme cuenta de cómo se frustran las ilusiones del mundo. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial con la rendición de Japón el 2 de setiembre de 1945, la humanidad occidental experimentó un florecimiento económico y sin duda la alegría de liberarse del temor y de las privaciones que la guerra impuso. Se creó la Organización de Naciones Unidas el 24 de octubre de 1945, la cual fue un faro de esperanza de que ahora la humanidad tenía una institución de gobierno mundial que aseguraba la paz.

Casi desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, comenzó la guerra fría. Europa dividida, con una parte disfrutando del Plan Marshall de reconstrucción, y la otra parte no. Con una OTAN de un lado y un Pacto de Varsovia del otro.

Esta guerra fría explotó el 25 de junio de 1950 cuando Corea del Norte, con el apoyo de Rusia y China, invadió Corea del Sur. De ahí en adelante, aun después de pactado el armisticio de esa guerra el 27 de julio de 1953, vivimos en la zozobra de la guerra fría. Luego vendrían la larga guerra de Vietnam, la guerra del Golfo, la invasión de Irak.

Cuando cayó el Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 y sentimos el alivio de que las potencias mundiales dejaran de enseñarse los dientes mutuamente. Parecía que la paz sería duradera, que el mundo entraba en una era de armonía, pero de ese sueño nos despertó la invasión de Ucrania iniciada el 24 de febrero de 2022.

Durante este recorrido de más de setenta años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, hemos experimentado cambios significativos. El poder destructivo de las armas se ha elevado. La posibilidad de que algunas de esas armas causen un desastre global, es una realidad. La crisis climática representa un desafío terminal a hiriente distancia de las medidas mundiales que se acuerdan y se cumplen a medias. La exclusión que sufren inmensas cantidades de personas por razones económicas debería sonrojarnos como humanidad.

Y ha habido logros que producen esperanza.  La tecnología ha dado saltos impensables. Miremos por ejemplo la digitalización, la Internet, la inteligencia artificial, el avance de las tecnologías médicas, la capacidad de exploración espacial, la naciente neurociencia. Aunque podríamos afirmar que todos los frutos que ha dado la inteligencia de la humanidad no permiten tener el sosiego de pensar que estamos en camino hacia el bien común.

Los logros tecnológicos, apreciables como son, no nos llevarán por ese camino. Necesitamos un cambio de visión. Un cambio en las aspiraciones. Un cambio en los sueños. Y ni la visión, ni los sueños ni las aspiraciones son creación exclusiva del razonamiento científico. Requieren también de la ética, de la política, y fundamentalmente de una indagación espiritual en torno a la pregunta de para qué estamos aquí, es decir, cuál queremos sea el propósito de la humanidad en la tierra.

En estos tiempos de inclusión, escribo para no creyentes, suponiendo que los creyentes no tendrán ninguna dificultad para aceptar lo que escribo. Por alguna razón, la corta vida de Jesús partió la historia en dos, al menos para el mundo occidental. ¿Qué hay en su mensaje que pudiera orientarnos en la revisión del propósito de nuestra vida en la tierra? Escuchemos lo que reporta el apóstol Juan: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. 

El amor lo hemos confundido con la simpatía, con la atracción. Lo hemos confundido con los sentimientos lindos que lo acompañan. Cuando mencionamos las mariposas en el estómago, deberíamos usar el diminutivo maripositas, de tan lindas que son. Pero una definición más sobria y más operativa, es la de que amar es querer el bien del otro. Se trata de una elección que demanda acción: querer el bien del otro y accionar en esa dirección.  Esto implica tanto a nuestra inteligencia para valorar, a nuestra libertad para elegir y a nuestra voluntad para ponernos en camino. Así que el acto de amar convoca a lo esencial de nuestra naturaleza humana: nuestra inteligencia y nuestra libre voluntad.

Y si amar es querer el bien del otro, ¿qué sabemos del bien del otro? Cada persona pastorea su propio ser, es decir, es responsable de llegar a ser lo que ha de ser. Entonces, el bien del otro es, en uso de su libertad, llegar a ser lo que ha de ser. El bien del otro es desplegar la potencia de su ser. Y el amor consiste en apoyarle en ese despliegue.

Como somos seres sociales, el otro no es singular. Es plural.  El otro son las personas de nuestro círculo cercano. El otro son los vecinos inmediatos, los compañeros de trabajo, de estudios. El otro es la comunidad. El otro, para algunos que han alcanzado niveles de conciencia más elevados, es la humanidad entera. No solo la humanidad hoy presente, sino la humanidad que vendrá.

Seguidores o no de Jesús, en las circunstancias actuales, el mandamiento nuevo, tiene más bien el carácter de una señal de carretera, señal que nos indica por dónde se va en la dirección correcta.

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