Cortarse la coleta

Una maestra, amiga mía, se jubila. Me gusta más el término jubilación, que pensión o retiro. La palabra jubilación, procede del latín, más una influencia hebrea con el sentido de lanzar gritos de alegría. Ahora la jubilación llega cuando todavía tenemos mucha vida activa por delante. Esa es la inmensa contribución de la educación, de la medicina y del bienestar económico de los cuales disfrutan desde hace decenios muchos habitantes del país.

La jubilación no debe ser un evento abrupto. Debería ser una transición. De la misma manera que un avión toma su tiempo para aterrizar. Baja la velocidad. Disminuye la altura de navegación, abandona la posición de crucero y se va zambullendo hacia el aeropuerto. Un evento abrupto queda ejemplificado en algunas expresiones tales como colgar los botines para un jugador de futbol, colgar los guantes para alguien que boxea, o cortarse la coleta para un torero.

Me gusta mucho recordar una frase del General Douglas Mac Arthur, quien recibió la rendición de Japón en 1945. En un discurso ante una sesión conjunta del Congreso y el Senado, recordó una vieja balada de soldados según la cual los viejos soldados nunca mueren, simplemente se desvanecen. ( Old soldiers never die, they just fade away ).

La jubilación debería ser no un corte abrupto con la vida activa sino un irse desvaneciendo. La verdad es que la misma muerte no es un corte abrupto. Los hechos y dichos de quien se fue siguen por ahí y se van desvaneciendo con el tiempo.

¿Y cómo se puede ir desvaneciendo la actividad? La aspiración de me pensiono para no volver a hacer nada es contraproducente. Tenemos una gran confusión entre trabajo y remuneración. El trabajo en sí, aún sin remuneración, nos gratifica: enfrentamos retos, vemos los resultados, podemos aprender de lo que sale mal o alegrarnos por el buen resultado. Trabajo implica servicio, realización, ingreso. Que no haya ingreso, no quiere decir que no haya servicio y realización. Jubilarse no es cortar abruptamente con el trabajo. Tenemos una capacidad de dar. Jubilarse debería ser: ahora, con más tiempo libre, exploremos otras formas de hacer y de aportar. Y desde luego, alejados del apremio de los nexos laborales, démonos la oportunidad de ser más contemplativos, lo cual es, según lo dice Pablo d’ Ors, entrar en el propio templo.

Esa inclinación a la acción, a crear, a modificar el entorno, no desaparece con la jubilación. Hay que inventar a qué otro campo, ahora ya no laboral, podríamos trasladarla. Mucha gente piensa en hobbies, pero podría ser también más tiempo para la relaciones interpersonales o para informarse mejor, o para explorar lugares, temas, actividades que no tuvimos tiempo de explorar cuando trabajábamos ocho horas al día y nos pasábamos dos horas en el bus.

Según escucho, hay un vínculo entre el no hacer nada y la creatividad. Contra reloj no se puede crear. Hay que tener sosiego para dejar que la mente viaje y tome de aquí y de allá lo que puede luego concretarse en una idea creativa. Escucho también que hacer cosas por los demás nos produce una sensación semejante a la felicidad o que quizá sea la misma felicidad. Por eso, el trabajo voluntario de manera organizada, o el estar disponible para lo que otros puedan necesitar, es un buen uso del tiempo de los jubilados.

Sé que esto podría sonar paradójico. La jubilación puede ser abordada con espíritu de aventura. No veo a los adultos mayores escalando picos o aprendiendo a bucear. Pero hay aventura siempre que caminamos por un camino nuevo, con una dosis de ansiedad y a veces de temor a lo desconocido, pero confiados en que la incertidumbre, así como tiene posibilidad de traer resultados negativos, puede también conducir a situaciones satisfactorias, armoniosas, beneficiosas para nosotros y para otros. No aspiremos a ser otro Indiana Jones, pero tampoco tengamos como meta el sofá y la interminable televisión. Apostemos a que la acción traerá mejores frutos que la inacción.

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