Panaderos y ministros

¿Qué es una buena panadería? Vamos por la mañana con unas monedas que nos hemos ganado trabajando, es decir, sacrificando tiempo libre. Trabajamos una hora, conseguimos un dinerito y estamos listos para comprar el pan del desayuno de mañana. En esencia así funciona la vida económica de la mayoría de las personas. Si habitualmente estamos dispuestos a cambiar monedas por pan es porque consideramos que de esa manera hacemos un buen negocio. Si tal cosa no nos conviniera, posiblemente dedicaríamos tiempo libre a hacer pan. Por eso, tanto el panadero como el consumidor se benefician con la confección y venta de pan.

Pero los habitantes del país no solo compramos pan o comida. Hay otras cosas que compramos. Mediante nuestros impuestos compramos al estado,  por ejemplo servicios de relaciones exteriores. ¿Qué significa esto?  Que una parte de lo que ganamos con nuestro trabajo, lo ponemos en las manos del Presidente de la República y del Ministro de Relaciones Exteriores, no a cambio de pan, sino a cambio de servicios de relaciones exteriores, algo que no vemos en nuestra mesa ni somos capaces de masticar como lo hacemos todas las mañanas con el pan.

¿Qué es una buena panadería? Una en la cual el pan que nos entregan tiene buen sabor, y no se pone fiambre en unas pocas horas, es decir, no se pone seco y duro de la mañana a la tarde, sino que conserva su frescura por un poco más de tiempo. ¿Cómo sabe el panadero que el suyo es un buen pan? Por la cantidad de personas que llegan a su tienda cada mañana y posiblemente por la cara que ponen los clientes tardíos cuando les tiene que decir que ya no hay pan. Esa es la información que el panadero necesita para saber que está cumpliendo bien con su función. 

¿Cómo saben el Presidente de la República y el Ministro de Relaciones Exteriores que lo están haciendo bien? Esto es un poco más complejo. Si hay una opinión pública bien informada y formas expeditas para manifestar su opinión recibiremos ideas como las siguientes: Costa Rica tiene buena imagen. Tiene un conjunto de aliados comerciales y políticos. Tiene un conjunto de tratados. ¿Hace el Ministerio de Relaciones Exteriores un buen uso de esas circunstancias? ¿Al final de sus cuatro años deja al país mejor relacionado, mejor ubicado entre las otras naciones? ¿O es el Ministerio una agencia que nombra embajadores y cónsules sin ton ni son, sin una estrategia que aproveche el capital político internacional del país? Si lo primero, bien por el Ministerio. Si lo segundo ¡Qué mal que lo hacen!

Si el pan del panadero no es tan sabroso como otros que hemos probado por ahí o se pone fiambre a las tres horas, cambiaremos de panadería. Si el Ministerio de Relaciones Exteriores dejara qué desear, los habitantes no podemos cambiar de Ministro, ni de Gobierno. Tenemos que aguantar. Tenemos que considerar que estos años serán años perdidos. ¡Achará!

Esa es la gran diferencia entre la función pública y la función privada. El ejecutivo privado, encarnado en el panadero, tiene un incentivo permanente para ser eficaz. Si no hace buen pan, se le correrá la clientela. El ejecutivo público no tiene ese incentivo o no lo tiene tan visible. El ejecutivo privado no puede olvidar su ética de servicio, su compromiso con el bien común. Si su pan no es bueno, pierde su negocio. Si al ejecutivo público se le olvida el bien común, a lo mejor se sale con la suya. ¡Qué pocas palancas tenemos para corregir al alto funcionario público que olvida su compromiso con el país!

La buena política tiene como propósito gestionar el bien común, es decir, crear unas condiciones que aumenten la probabilidad de que los habitantes del país sean más felices. Esa es una razón de más por la cual todo ejecutivo público debe, como deber ético, reflexionar sobre su eficacia. Eficacia no es lo mismo que eficiencia. Vean qué bonito ejemplo de Covey: eficiencia es encaramarse muy rápido en una escalera. Eficacia es haber colocado la escalera en la pared adecuada. ¡De poco nos sirve subir rápido a una escalera, si la hemos colocado en la pared equivocada!  No le aplaudiríamos al Ministro de Transportes por construir a muy buen costo carreteras que van hacia ninguna parte. El panadero, para saber que lo hace bien, mira todos los días su caja registradora. ¿Qué mira el presidente ejecutivo de una institución pública o la ministra de tal ministerio?

Escribí sobre estas y otras cosas semejantes un libro con la intención de que sea útil a ministros y otros ejecutivos públicos y también a panaderos y otros ejecutivos privados. La Academia de Centroamérica lo está distribuyendo y para presentarlo conversaremos virtualmente sobre él el próximo miércoles 8 de febrero a las diez de la mañana.

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