Un mundo mejor

Cuando vemos a Putin perturbando la paz y el derecho en el mundo. Cuando pensamos en quienes no son Putin y se benefician de esta guerra, solemos escribir mentalmente una prescripción de cómo deberían ser todos los líderes de la tierra a fin de que este fuera un mundo mejor.

Nos ocurre también en el estadio, o en la pantalla de televisión cuando prescribimos mentalmente a nuestros jugadores favoritos cómo fue que debieron haber concluido esa jugada que no terminó en gol. Nuestra mente tiene sensibilidad para aspirar a lo correcto. Somos seres inevitablemente conscientes de lo que es bueno, de lo que es debido, de lo que es mejor.

Conviene escribir esas prescripciones, esas recetas de lo que otros deberían hacer. Pero no somos solo seres de pensamiento. Somos seres de acción. Estamos metidos en un mundo donde existe alguna posibilidad de influir en él. No que podamos detener la guerra en Ucrania, pero sí que alrededor de lo que ocurre allá, podamos tomar alguna mínima acción para que nuestro entorno inmediato sea mejor, lo cual implicaría que el mundo sea mejor.  Me gusta mucho un viejo lema de los ecologistas. Piense globalmente. Actúe localmente. Pensemos en cómo deberían votar los representantes de los países industrializados en las reuniones internacionales sobre la crisis climática. Pero produzcamos menos basura y procesémosla debidamente. Es algo que se lo debemos a nuestras bienvenidas buenas aspiraciones. Es una forma de poner nuestras manos en la dirección en la que hemos puesto nuestros deseos.

Imaginemos un mundo sin conflictos bélicos, pero descubramos en nosotros las actitudes, las acciones, las omisiones que habríamos de mejorar para construir relaciones armónicas, mutuamente beneficiosas con las personas con las cuales nos encontramos todos los días. Podemos ser más compasivos, más empáticos, juzgar menos, comprender más. Si tenemos suficiente inteligencia y sensibilidad para mejorar esa jugada ya magistral de Messi, es claro que también la tenemos para relacionarnos con los demás de manera que, en vez de lamentarse por habernos encontrado, se despidan con un nuevo sentimiento o con un nuevo impulso entre pecho y espalda para continuar su camino.

Corrijamos las acciones de los ministros y del presidente, del alcalde y las de nuestro jefe, pero revisemos nuestro día a día para detectar las dos o tres cosas que dijimos o hicimos y que podríamos haber dicho o hecho de mejor manera. De mejor manera, no para ganarnos el premio del vecino del año o de la pareja del año, sino para haber dejado una mejor huella. Asegurémonos de que primero algunas veces y luego muchas veces, en nuestros intercambios prime el querer el bien del otro.

¿A quién le encargamos producir ese mundo mejor? ¿Cuál es el mundo que conviene mejorar, a todo el mundo de un plumazo, o a nuestro micro mundo, el cercano, el de todos los días? La naturaleza no da saltos. No esperemos una transformación conmovedora del mundo ni de nosotros de la noche a la mañana. Nuestros cercanos se sorprenderían de ver en nosotros una mejora radical. ¿Y a este qué le pasó?  Hagámoslo de manera de no ser percibidos. Pero tengamos conciencia de la importancia acumulada de cambios casi imperceptibles.

Otros artículos relacionados


Publicado

en

,

por