Sueños de año nuevo

Recuerdo mis tiempos de docente. A veces para ilustrar lo que es la visión en una empresa, que es el sueño realizable que tiene la empresa, les proponía a los estudiantes imaginar su sueño realizable. Ante la ansiedad que suscita toda pregunta, venga de donde venga, surgían las bromas. Unas relacionadas con Raquel Welch, las cuales me parecían atendibles, y otras relacionadas con pegar el premio mayor de la lotería, lo cual nunca me ha movilizado, desde que siendo niño, compré un pedacito del 21, salió premiado, y luego no lo pude encontrar para canjearlo por el premio que creo era de veinte colones. 21 era un número que me atraía. En ese tiempo la mayoría de edad estaba ahí. Y me parecía, que ya con cédula y elevado a la categoría de ciudadano, iba a tener una madurez como la que tengo ahora, a la cual siempre aspiré, pero para la cual tuve que esperar otras seis décadas.

¿Para qué soñar? Se sueña para alimentar la esperanza. La esperanza es soñar despierto, dice Aristóteles. Se sueña para automotivarnos. Para iluminar la incertidumbre. Pienso que se sueña porque es propio de los seres humanos acariciar la imagen de una tierra prometida. Ante el futuro y su naturaleza incierta, lo peor, desde el punto de vista de la eficacia, es sentarse a esperarlo. Que siempre el futuro nos encuentre gestionándolo. No digo construyéndolo porque eso solo ocurre en pocos casos, en vista de la complejidad de la tarea, preñada de circunstancias, dependiente de tantos factores muchos de ellos desconocidos. Pero gestionarlo, eso sí que como seres racionales y libres hemos de hacerlo.

¿Cuántos sueños tener? ¿Un solo sueño que a los ojos de los observadores tendría visos de obsesión?  Pienso que es mejor tener unos pocos. Debidamente articulados en una síntesis. La síntesis sería algo como lo que se denomina vocación, palabra que tiene su raíz en el concepto de llamado. No habrá una voz que llame. Pero sí que hay intereses, inclinaciones naturales, gustos, habilidades innatas que constituyen figurativamente un llamado. Esas circunstancias internas y las externas nos muestran opciones realizables y nos señalan formas de aumentar la probabilidad de ser felices.

¿Y qué hemos de hacer con los sueños?  Hay que cambiarlos en menudo. Un billete de veinte mil pesos nos sirve de poco para andar en un bus. El bus se paga con monedas o con billetes de mil. Así los sueños.  La canción decía para subir al cielo se necesita/ una escalera grande y otra chiquita. Exageraba, pero no mentía. Lo cierto es que, si logramos subir un escalón tras otro, podremos subir a grandes alturas.  Cada uno de los escalones de la escalera hay que relacionarlos con acciones y ponerlos en la agenda. Aquellos propósitos de acción a los que no les señalemos día y hora, corren el riesgo de ser llevados por el viento.

Pero no nos quedemos en la agenda. El propósito de cumplir con esa agenda es construir hábitos eficaces. Los hábitos son acciones que se ejecutan sin dudar, sin concesión. Un día sí y otro también. Y un requisito para construir hábitos es vigilar si los estamos construyendo. Y vigilar si las acciones nos están llevando hacia dónde queremos ir. Para estos empeños ¿Qué es lo que más frecuentemente falla? La imaginación, la razón, generalmente nos asisten. La voluntad, plasmada en perseverancia y resiliencia, esa sí que hay que mantenerla a mecate corto. Suerte que al igual que la razón, se la puede entrenar y desarrollar.

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