Visualización enriquecida de la empresa

Publicado el 3 octubre, 2022
Categoría: Artículos, Contribución

Una empresa es parte de un sistema. Se sustenta de la satisfacción, no solo de los accionistas, sino principalmente de los clientes, pero también de colaboradores, proveedores y público en general.  La supervivencia de una empresa depende de si hace ganancias. Pero hay distintas formas de sobrevivir: dejando los pelos en el alambre, o dejando una huella enriquecida. Se puede sobrevivir apenitas o se puede sobrevivir excediéndose. Si una empresa se ve a sí misma como una fábrica de utilidades, es fácil trazar la línea donde empezará su satisfacción. Pero si se ve a sí misma como un delicado fenómeno de eficacia, como un centro de talento, como un sujeto de responsabilidad social, entonces el desafío no se agota con las cifras anuales, sino que su calificación queda pendiente de logros en una serie de dimensiones.

El estado de resultados es muy importante. Pero quedarse ahí, es mutilar otras dimensiones de la empresa. Según el estado de resultados, hay años buenos y años malos.  Pero si también nos interesa la reputación, ahí no puede haber años malos, porque un año malo, se lleva en banda toda la reputación acumulada. Y es más fácil acumular ganancias que acumular reputación.

Una empresa tiene diferentes dimensiones. Los resultados económicos son indispensables. Primero vivir, luego filosofar nos advertían los clásicos. Una empresa que crónicamente no hace ganancias desaparece. Pero dichos resultados no son el único signo vital importante. Las empresas necesitan crear y agrandar su reputación. La reputación está formada por la confianza que se tiene en algunos de sus rasgos, tales como que esa empresa nunca miente. Que nunca intentaría engañar a un cliente, o a un colaborador. Que tiene unos estándares autónomos de excelencia, es decir, que por ejemplo en cuanto a calidad, tiene unas exigencias altas no para ser bien calificada por los representantes del programa de calidad al cual adhiera, sino porque sí. Porque sus conductores y colaboradores son como buenos artistas que quieren dar un espectáculo excelente simplemente porque no les parece digno hacerlo de otra manera. Ante una empresa con esos rasgos, no tiene sentido la advertencia de que se cuide el comprador (caveat emptor) porque la empresa cuida del comprador. Y de los proveedores. Y de sus colaboradores.

Una empresa así quiere tener una reputación de buen empleador. Quiere tenerla con sus colaboradores, con sus familiares, con el público en general. Eso también tiene muchas dimensiones. Para empezar, la empresa ha de tener una visión amplia sobre el trabajo. No se ve a sí misma haciendo un intercambio de horas y energía por dinero.  Comprende el significado personal y social que el trabajo tiene. Siente la responsabilidad de desarrollar a su personal, no solo para que sean buenos productores, sino para que sean buenas personas. Reconoce que el trabajo es una oportunidad de desarrollo para las personas y las ayuda a aprovecharla. Ve en cada colaborador una persona con necesidades esenciales, de crear, de comunicar, de intercambiar afectos.

Su sensibilidad por la comunidad no se limita a un ocasional campo de trabajo para pintar la escuelita, sino que reconoce sus otras posibilidades de aportar. Y no hablamos solo de donaciones, sino de manera más amplia, de apalancarse en sus conocimientos, en sus redes, en su poder multidimensional, para beneficiar a la comunidad. Esta empresa se reconoce parte del entramado socioeconómico. No se considera buen ciudadano corporativo simplemente porque paga impuestos, sino que está dispuesta a dar más y busca cómo contribuir al bien común. Esto porque reconoce la singularidad de sus circunstancias y quiere corresponder a ellas.

Simon Sinek en su libro The Infinite Game sostiene que las empresas no deben tener su vista puesta solo en los resultados de este trimestre o de este año. Que para aspirar a una supervivencia que supere en duración a la de sus conductores y colaboradores, debe aspirar a representar una justa causa.  Esa justa causa no se agota en los resultados económicos, sino que debe constituir para socios, clientes, colaboradores y público en general, un conjunto de razones para querer que la empresa viva por siempre. La justa causa pertenece a un espacio en el cual sindicato y patronal son conceptos que carecen de sentido. Ahí la estructura burocrática de mando y ordeno resulta obsoleta. La motivación deja de ser un tema de aritmética de los incentivos y se transforma en motivación trascendente. Entonces, cuando alguien se retira de una empresa así, no hay que obsequiarle un reloj sino un álbum de recuerdos de todo lo que ayudó a construir.

 

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