Cuidar

Publicado el 12 septiembre, 2022
Categoría: Artículos, Convivencia

Linda palabra. Vemos a los padres cuidar a sus hijos. Y a los adultos cuidar a sus padres. Cuidar y curar son dos palabras estrechamente relacionadas. Curar, de una cierta manera es cuidar. Cuidar viene del latín cogitare, que es pensar, ese interés reflexivo que se pone en algo. Según la Real Academia, cuidar es poner diligencia en la ejecución de algo. Es vivir con advertencia respecto a algo. Curar es cuidar de algo. Esa confluencia de significados queda muy bien reflejada en la máxima sobre la tarea del médico: Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre. Qué maravilla poder sanar. Eso no nos es dado a todos, pero a todos nos es dado consolar. A todos nos es dado cuidar.

Se puede cuidar con la sola presencia cuando se ha construido un vínculo. Estar con otra persona, simplemente estar, para que no esté sola, es cuidar.  El amor es cuidado. Aunque el otro no lo perciba ni lo entienda. Se puede amar a las plantas del jardín y posiblemente nunca se enterarán. Se puede amar a quienes no vemos. Quien escribe un libro lo puede hacer por afanes mercantiles o lo puede hacer para beneficiar a otros a quienes no conoce ni puede alcanzar a imaginar.

Podemos aprender a cuidar, mirando a otros cuidar y tomar de ello el modelo. ¡Quién sabe cuánto de la ternura y la sensibilidad por el otro la hemos aprendido de nuestros padres!

Se puede cuidar lo inanimado. El artista, el artesano, el obrero cuidan su obra. Ahí reside la diferencia entre el trabajo a destajo, hecho para monetizar nuestro esfuerzo o el trabajo hecho a regañadientes, a troche y moche y el esmero, el deleite, el involucramiento en completar lo que vislumbramos. Esto tiene mucha semejanza con la forma en que la naturaleza produce, rítmicamente, sin saltos: de la flor al fruto incipiente y al fruto maduro. Desde el pollito o el cachorro que poco a poco se van afirmando. El milagro de los niños que pasan de ser un paquetito biológico a ir expresando su interior lleno de singularidad.

Convendría enseñar a los jóvenes a cuidar su propio desarrollo. Con los estímulos adecuados, querrían aprender, no para sacar buena nota sino porque se sienten responsables de su formación y no para presentarla un día al mercado a cambio de remuneración sino por la utilidad que ella podrá tener para otros.

Se cuidan las relaciones no para cosechar likes en las redes sino porque ignoramos cuánto estamos dando y cuánto podremos dar a otros con ellas. Con más razón y con mayor intensidad se cuida a los amigos y a la familia.

Se cuida el trabajo. No en el sentido pasivo de conservar el empleo, sino en el sentido de producir más de lo esperado. De agregarle dimensiones. De verlo como una ocasión de desarrollo personal. Y como una fuente de motivación trascendente, esa que no obedece a la remuneración, ni a la satisfacción interna de haberlo hecho bien, sino a la noción de que se lo hace porque quizá beneficie a otros.

Podríamos hasta cuidar al otro en las intersecciones singulares: si sabemos que es posible que el otro intente pasar, es preferible cuidarlo y llegar atento a la intersección. Este cuido y casi todos aquellos que hemos aludido, es poco económico. Es más económico que todos acatemos las señales de tránsito. Pero la evidencia muestra que eso no siempre funciona así.  Además, el cuidado de unos puede causar el descuido de quienes se saben cuidados. Esto es economía simple. Pero según sea la intención del que cuida, cuidar lo enriquece. Esto es convivencia. Es ética. Es motivación trascendente.

Se cuida al país cuando nos informamos en fuentes confiables. Cuando nos tomamos el trabajo de formarnos una opinión. Cuando lo vemos como cosa propia. Cuando atemperamos atenuamos el descontento y encendemos la esperanza. Cuando reconocemos nuestra posibilidad aún mínima de participación.

Cuidamos lo que nos resulta grato en el recorrido de todos los días. Cuidamos el ambiente. Cuidamos el planeta porque estará ahí cuando lo habiten otros desconocidos que aún no nacen.

 

 

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