Un gran organismo

Publicado el 8 agosto, 2022
Categoría: Artículos, Convivencia

La semana pasada falleció a los 103 años James Lovelock un científico inglés quien es muy conocido por haber propuesto la Hipótesis Gaia a finales de los años sesenta. La hipótesis consiste, según dice la revista Nature en su obituario, en la idea de que la Tierra es un organismo vivo que se auto-regula. A su vez, el sitio Science Direct dice que según la Hipótesis Gaia la Tierra es un complejo autocontrolado, armónico e interactivo de mundos biológicos y no biológicos. Esta idea influenció profundamente el pensamiento sobre el ambiente y cómo interactuamos con él.

Los seres humanos hemos sobrevivido biológicamente en el planeta tierra. Pero a diferencia de otras especies animales, nuestra huella en la tierra ha sido civilizatoria. La etimología de civilizar conecta con ciudad y con sociable. Pienso que civilizar implica convivencia eficaz, lo cual lleva mi atención hacia los semáforos y hacia el Código Civil. Si viviéramos aislados, a grandes distancias, no necesitaríamos ni los semáforos ni el Código Civil, ambos, conjuntos de normas, uno elemental, el otro complejo, para velar por la eficacia de nuestra convivencia. Pero somos una población creciente que vive en un planeta de tamaño dado. Civilizar requiere de normas. Civilizar a una humanidad cada vez más interdependiente, requiere de normas innovadoras.

Pensar en el semáforo, y en el Código Civil, nos pone ante las normas necesarias para que la humanidad tenga un futuro seguro. Se habla por ejemplo de la necesidad de un gobierno mundial y según cómo lo imaginemos, nos resulta más plausible y más aceptable. Se me hace cuesta arriba pensar en un gobierno mundial utilizando los moldes de los gobiernos nacionales. Pero la cuesta arriba se ablanda cuando pienso por ejemplo en una federación de países autónomos sometidos a unas reglas de convivencia mundiales. ¿No sería ese el destino deseable de la Organización de Naciones Unidas? La seguridad mundial y la calidad de la convivencia aumentarían si ese gobierno mundial legislara eficazmente, sobre todos los temas de los cuales dependa la supervivencia de la humanidad, como la salud, la sostenibilidad ambiental, la educación, la exclusión y los armamentos de destrucción masiva.

En los cincuenta años transcurridos desde la formulación de la hipótesis Gaia, han ido quedando claras las estrechas interdependencias entre las cuales navega la vida en el planeta, lo cual ha elevado el respeto por la biodiversidad. Dando un paso adelante, hemos llegado al respeto a la diversidad en el plano humano y se avanza paulatinamente hacia la noción de que cualquier irrespeto a esa diversidad nos disminuye como civilización.

La pandemia y sus consecuencias nos han hecho palpable la realidad de nuestra estrecha interdependencia. Nos enseñó, por ejemplo, que no es suficiente para los países individuales, el tener un buen sistema de salud. Basta con que un país no lo tenga para ponernos en peligro a todos.

Cuando se habla de la importancia de gestionar el bien común, una imagen muy pedagógica sería el imaginarnos parte de un gran organismo. Podríamos entender que cualquier acción que mejore a otro ser, mejora al conjunto. Este podría ser el móvil de defender las especies en vías de extinción. Y podría llevarnos a una distinción de suma importancia: en la biosfera, esa delgada capa en la cual palpita la vida en la tierra, una parte importante de los seres vivos -los seres humanos- somos capaces de pensamiento racional y reflexivo, es decir, pensamos ordenadamente y nos damos cuenta de que lo hacemos.

Estos seres humanos somos quienes tenemos responsabilidad por el destino de la vida en el planeta. Las hormigas, con lo exitosas que son como especie, no podrían desencadenar un desastre nuclear y si lo hicieran, no serían moralmente responsables. Los virus más mortíferos, siempre encontrarán una barrera para su expansión, en el conocimiento humano. De ahí que el mejoramiento del conocimiento y de la ética de los seres humanos sea una actividad de altísimo valor. Y quizá por eso, en lo profundo de nuestro ser, se encuentra el impulso de mejorar al otro, impulso que se ha institucionalizado en las actividades educativas formales.

Somos una civilización que necesita de nuestro cuidado para desplegar el potencial de su ser humanidad. A las circunstancias que posibilitan ese despegue, es a lo que llamamos bien común. Y al cuidado del planeta para que auspicie más plenamente la vida es a lo que llamamos responsabilidad ambiental. Lovelock nos ha legado una brillante metáfora para iluminar ese salto de conciencia.

 

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