Impulsos de bien

Publicado el 6 junio, 2022
Categoría: Artículos, Convivencia

Hace un año este blog se refería a Clayton Christensen, quien revolucionó el pensamiento de la gestión de empresas con su concepto de la innovación disruptiva, el cual básicamente se refiere a que las empresas no deben tener en su radar solamente a sus competidores directos, sino a algunas empresas de otras áreas que pueden venir a cambiar de tal manera el mercado, los productos y los gustos que dejen a nuestras empresas sin negocio. Los fabricantes de calculadoras japoneses le arrebataron el cetro a los relojeros suizos. Y entre los sueños de Sears y la logística de Amazon, hay una distancia astronómica.

 

Pero entonces, y ahora, nos interesaba comentar sobre los aportes de Christensen para que sus estudiantes de Harvard aprendieran a evaluar sus vidas. Concluía que una vida exitosa se relaciona con a cuantas personas que estuvieron cerca de nosotros por razones familiares, sociales, laborales, académicas, las ayudamos a ser mejores personas, en suma, a quiénes ayudamos con nuestros talentos. Y si la asignación que hicimos de nuestro tiempo y energía fue coherente con lo que consideramos más valioso.

 

En tiempos de sálvese quien pueda, cuando la globalización nos dijo que había que competir y ese consejo llegó en muchos casos hasta a que compitiéramos con el vecino, ¿de dónde salen las mociones, las invitaciones, los impulsos para contribuir a que otros sean mejores personas?

 

Sentimos en nosotros dos tipos de impulsos. Unos son egocentristas, competitivos. Están en la gaveta de primero mis dientes y después mis parientes. Otros son generosos, solidarios y hasta altruistas. Son los que sintonizan con los consejos de Christensen. O sea, que en nuestra sala de máquinas tenemos disponible energía para ir en cualquiera de las dos direcciones. Y la gran pregunta es ¿cómo escogemos en cuál de las dos direcciones transitar la mayor parte del tiempo? Porque solo personas excepcionales eligen una dirección y nunca más vuelven a mirar en la otra.

 

Afortunadamente hemos tenido la oportunidad de leer y escuchar los buenos consejos de padres, cónyuges, hijos, amigos y compañeros de viaje fugaces, quienes con su buen juicio nos han hecho entender la bondad de unos comportamientos y el daño que causan otros. Afortunadamente el por este oído me entra y por el otro me sale, no ocurre en todos los casos. Nuestro sistema operativo tiene una tendencia al bien y sabe detectar cuando un determinado razonamiento debe ser atendido. Toda nuestra civilidad, nuestra capacidad de convivencia a pesar de nuestra agresividad, se han ido depositando y dan origen a nuestro comportamiento. Por eso en el mundo hay más bien que mal. Por eso un periódico de veinticuatro páginas solo trae dos de noticias rojas. Por eso la población es muchas veces mayor que el número de guardias civiles. Por eso las calles están llenas de personas que nunca cometerán ningún delito. Por eso en este día, solo harán fechorías unos cuantos mal vivientes mientras que millones de padres ejecutarán su trabajo, inspirados por su responsabilidad ante sus hijos y vivirán vidas verdaderamente altruistas.

 

Todos hemos caminado trechos de nuestro camino con personas que son modelo de generosidad. Su recuerdo, la valoración que hacemos de ellos como modelo, nos ayudan a escoger nuestro propio comportamiento. Son modelos, el profesor al cual rodeamos con preguntas cuando ya terminó la clase, el médico que no se santigua ante su horario, el trabajador que no tiene conectada una maría para reclamar sus horas extra. También lo son los artistas y deportistas que piensan en el deleite del espectador y no en la taquilla.

 

Seguramente el cura y el pastor que preparan su sermón, están conscientes de la posibilidad que tienen de contribuir al bien común, a través de la influencia en el comportamiento de quienes los escuchan. Pero igualmente sería razonable que cada uno de nosotros antes de iniciar el trabajo del día, nos demos cuenta de la posibilidad de que nuestra comunicación, nuestra acción o nuestros valores tengan influencia en el comportamiento de los demás. Así estaríamos aumentando el potencial de la tendencia al bien que hace que esta vida tan compleja tenga tales destellos de civilidad y hasta de bondad. Me parece que esta es una forma sólida y práctica de contribuir al bien común. Y cuando pensamos en el efecto multiplicador que podría tener, nos sorprende por qué no la consideramos una manera de lidiar con los grandes problemas que ya están aquí o con los que se sabe que están por venir.

 

Una de las acepciones de la palabra higiene es la de parte de la medicina que tiene por objeto la conservación de la salud y la prevención de enfermedades. Es la hora de ampliar ese sentido, y de pensar en la higiene como una forma de hacer este mundo más vivible y a la especie humana más capaz de propiciar la vida buena y feliz. A ese propósito, todos podemos ir aprendiendo cómo contribuir.

 

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