Ventura y aventura

Publicado el 3 enero, 2022
Categoría: Artículos, Eficacia
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El inicio del año acentúa la noción de futuro. Tiene más sabor a futuro enero que julio. ¿Por qué? En enero vemos el calendario completo. En julio, solemos ver los seis meses que faltan para el final del año. Posiblemente percibimos el año como un recipiente, totalmente vacío al inicio del año y lleno y listo para ser desocupado cuando llega diciembre. De ahí que muchos piensen en año nuevo, vida nueva y de ahí también la popularidad de los propósitos de principio de año. Sentimos que enderezar algún hábito o introducir una práctica nueva en octubre no es tan promisorio como iniciar eso en enero. El año nuevo es como un cuaderno nuevo. No queremos escribir en él cualquier cosa ni de cualquier manera. Querríamos comenzar con una ilustración o con un texto valiosos. O con algo que sea punto de partida como aquí comienza. El cambio de año se ve enriquecido con la ilusión de que podríamos hacer un borrón y cuenta nueva. Ha de ser una experiencia singular cumplir años el primero de enero.

El futuro es incierto. No sabemos qué ocurrirá en cinco años, pero tampoco sabemos qué ocurrirá en cinco minutos, aunque desde luego, es más la cantidad de eventos que hay en cinco años que la que hay en cinco minutos. Por eso pensamos que en los próximos cinco minutos lo tenemos todo bajo control. Ciertamente controlamos unos eventos, pero no todos. Si estamos ante un semáforo, podemos apostar a que en los próximos cinco minutos cambiará la luz. Pero quien va a sufrir un accidente vascular cerebral no lo sabe cinco minutos antes. Ni tampoco sabemos cinco minutos antes si nos dirán sí o no. Ni sabemos cuáles serán las consecuencias de ese intercambio que acabamos de tener.  

Así como para Descartes pensar es existir, para el ser humano promedio vivir es hacer. El tiempo no se detiene. Eso trae cambio de circunstancias. Tenemos que mantener nuestra actividad, aunque solo sea para ajustarnos a ese cambio y desde luego para obtener alguna ventaja de ese cambio.

¿Cómo lidiar con la incertidumbre? Me parece que lo primero que hay que hacer es aceptarla como un dato de la realidad. (La vida apacible, dice De Mello, consiste en cooperar incondicionalmente con la realidad).  Pienso que nos pasamos media vida negando la incertidumbre, lamentándonos de ella, imaginando que ya encontramos la forma de doblegarla, o temiéndola. Hay por ejemplo personas que creen que un plan bien formulado elimina la incertidumbre. O hay quienes cuando sus planes no producen los resultados esperados, sienten que falló el proceso de planificación. La realidad tiene sus formas de comportarse y nunca tiene en consideración los planes que hemos hecho. Lamentarse del pelito que le faltó a nuestro plan para haber producido el resultado deseado, es ignorar que el futuro es el tiempo de los pelitos: unos a favor y otros en contra. Hacemos planes para saber que la liebre puede saltar por cualquier parte y para tener previsto qué hacer si la liebre salta por aquí o salta por allá. Para tener certeza de ganar en una rifa, hay que comprar todos los números.

¿Sirve de algo planificar? Claro que sí, si por planificar entendemos darle sentido futuro a las acciones presentes. El chico diligente en su actividad colegial hace cosas que tienen sentido futuro. Lo mismo que la empresa que desarrolla su competitividad. Ninguno sabe qué traerá el futuro pero sus acciones, casi independientemente de lo que traiga, producirán resultados valiosos. Podríamos accionar echando suertes a cara o cruz. Planificar es buscar caminos propicios para ir convirtiendo en realidad el sentido de nuestra vida.

Conviene también minimizar el riesgo. Las vulnerabilidades se actualizan según las circunstancias del futuro. Como no sabemos cuáles serán esas circunstancias, conviene imaginar diferentes escenarios y esforzarse en reducir las vulnerabilidades. Nunca las eliminaremos todas, pero que eso no nos lleve a desentendernos de ellas. En estos tiempos, el colegial prudente le pondrá mucho énfasis al aprendizaje del inglés y del mandarín y a adquirir sensibilidad matemática y científica.

Un sentimiento frecuente ante la incertidumbre es el temor. El temor es muy instintivo. Pienso que es difícil mantener un temor racionalmente. El temor es aliado de nuestra supervivencia. Y es económico. Se actualiza en lo que llamamos el susto, el cual es un disparo de las acciones necesarias para salvar el pellejo. El temor no es amigo de la racionalidad y nuestra acción, especialmente ante asuntos complejos, debe ser racional. Por otra parte, el temor concentra nuestra atención en lo que nuestro organismo siente que es peligroso, con el perjuicio de que para que nuestra acción sea racional, necesitamos tener una visión panorámica. Además, el temor genera estrés, esto es, nos pasa una factura emocional y fisiológica especialmente cuando el sentimiento es crónico.  ¿Es útil el temor?  La precaución es útil. En lo que no tiene relación con la supervivencia, el temor es un gasto de energía que disminuye nuestra capacidad de acción. Y además, lo infausto que haya de ocurrir, ocurrirá tengamos o no tengamos temor. Y si tenemos que lidiar con ello, lo haremos de mejor manera si estamos libres de temor.

A esta forma de enfrentar el futuro le podríamos llamar espíritu de aventura: seamos precavidos. Y también realistas, esto es, sabemos que el futuro es incierto y dispongámonos a enfrentar lo que venga. Sepamos también que en la parte de realidad con la cual nos toca lidiar, no se vale inhibirse y en muchos casos, tal cosa es imposible. Enfrentemos el futuro con lo mejor de nuestras facultades. Aspiremos a obtener buenos resultados, pero los obtengamos o no, tengamos actitud de crecimiento, es decir, acometamos los retos con la convicción de que después de cada uno, hayamos tenido éxito o no, seremos mejores para enfrentar lo que siga.

Quizá la ventura nos espera al otro lado de la aventura.

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