Competencia o colaboración

Publicado el 15 noviembre, 2021
Categoría: Artículos, Convivencia
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Leí este relato y me gustó. Un antropólogo les mostró un juego a los niños de una tribu africana. Colocó una canasta de deliciosas frutas al pie de un árbol y les dijo: el primero que llegue al árbol se gana la canasta. Cuando dio la orden de partida se sorprendió de que los niños caminaron juntos tomados de la mano hasta que llegaron al árbol y compartieron la fruta. Cuando les preguntó por qué lo hicieron así, siendo que alguno de ellos pudo haber llegado el primero y obtener la fruta solo para él, le contestaron muy sorprendidos: “ubuntu”. Esto es, cómo puede alguien ser feliz mientras el resto son miserables. “Ubuntu” en su lenguaje significa “yo soy porque nosotros somos”.  Esta tribu sabe el secreto de la felicidad que ha estado ausente en sociedades que se consideran a sí mismas, sociedades civilizadas.

Dice la Wikipedia que Ubuntu es un término que tiene el significado de “humanidad” en unos lenguajes africanos. En otros se utiliza en un sentido más filosófico con el significado de “la creencia en un vínculo universal de participación que conecta a toda la humanidad”.

Entiendo que competir es reducir la relación a un juego de suma cero: si el otro gana, yo pierdo. Y yo quiero ganar. Pienso que hay una serie de actividades humanas que deben ser colaborativas, solidarias. Miremos la vida en familia. Es destructivo señalarle a un hijo que su hermana obtiene mejores calificaciones que él, a fin de estimularlo a poner en esa actividad más interés. La muleta de “tengo que llegar a ser mejor que mi hermana” podría ayudarlo a mejorar sus calificaciones, pero habrá transformado su relación con la hermana y también su actitud ante el aprendizaje. Los muchachos en los grupos escolares competitivos luchan por la nota, pero ¿desarrollan voluntad de aprendizaje? 

Una relación de pareja ha de sustentarse en el amor. El amor no es ni posesivo ni competitivo. Si tuviéramos que calificarlo con términos semejantes, diríamos que es colaborativo. Hay trabajos de servicio con los cuales tenemos contacto frecuente. La docencia, por ejemplo. El profesor que quiera deslumbrar a sus estudiantes con lo que él sabe, no está haciendo docencia. Está haciendo una exhibición. La docencia no es exhibición. Consiste más bien en establecer una relación de colaboración con el estudiante. El docente sabe qué es lo que al estudiante le conviene aprender y en qué orden. Sabe cuáles son las dificultades que puede encontrar en ese empeño específico; dificultades cognitivas, emocionales y sociales; y emite guías para hacer más transitable el camino. El gran aporte del docente debe ser entusiasmar al estudiante con lo que está aprendiendo. La medicina es otro ejemplo. El médico no es una autoridad que te diga qué debes hacer y cada cuanto. Es un socio de tu empeño por conservar la salud. Al igual que el docente ha de aconsejarte sobre cómo sortear los obstáculos -creencias, hábitos, comodonería- que encontrarás en ese empeño. Un médico no es un combatiente de la enfermedad. Es un promotor de la salud. Y voy a decir algo que los puede dejar perplejos. Hace mucho que promuevo que los vendedores no sean embutidores de productos y servicios a los clientes, sino que sean aliados del cliente que lo ayuden a resolver los problemas y necesidades que tengan que ver con su ramo.

En las anteriores actividades, deberíamos practicar el “ubuntu”.  En otras cosas, la competencia es funcional, es decir, hace bien. Pienso que es conveniente que haya competencia por ejemplo en los deportes. Ahí la regla de juego es más veloz, más alto, más fuerte, como dice el lema olímpico. En el desarrollo personal deberíamos practicar la competencia, pero no intentando ser mejor que fulanito sino buscando sacar adelante la mejor versión de sí mismo. Admirando a quien es mejor, para tomarlo como modelo y no para lograr un día derrotarlo, porque lo superamos o porque cometió un error.

Cuento aparte merece la competencia en actividades comerciales e industriales. Ahí, como está demostrado, el afán de cada empresa por superar a sus competidores beneficia a los usuarios y consumidores. No solo en cuanto a su producto presente, sino también en cuanto a su producto futuro, porque no otra cosa es la innovación.  

Pero ojo, que me ha parecido que el amor de los empresarios con la competencia no es amor eterno. Me parece que lo que las empresas en competencia siempre están buscando es cómo dejar de competir por la vía de crear ventajas competitivas que les den una ventaja en el mercado. El sueño razonable de todo empresario en competencia es llegar a ser un monopolista. A no ser que tenga un claro compromiso con el bien común y que conozca muy bien los perjuicios que al bien común le produce el monopolio.

Pero esta demostrada ventaja de la competencia en empresas de finalidad lucrativa se ha derramado hacia otras actividades humanas, lo cual podría ser una falacia de generalización: como es buena en el ámbito empresarial, generalicémosla a otras actividades, y esto podría perturbar nuestro desarrollo personal y comunitario.

No competir no quiere decir que todos deberíamos ser iguales. Tampoco ese sería el ideal de la solidaridad. Eso no llevaría al bien común. El bien común, no es una situación estática sino una aspiración dinámica. No es un sitio hacia donde ir sino una manera de ir recorriendo el camino.

Recuerdo haber leído que las actitudes como todo para mí, cada uno para su saco, sálvese quien pueda, son entendibles en situaciones de escasez extrema. Ahí sí, cuando está sobre la mesa el último trozo de pan, no esperemos solidaridad o colaboración. Pero vivimos en una sociedad donde hay bastante abundancia y va tardando en llegar a nuestro cerebro prefrontal el mensaje de que, para muchos, el combate por la supervivencia ya está zanjado con ventaja. Se abre entonces ante nosotros la oportunidad de experimentar con la solidaridad y la colaboración, en espera de una convivencia más rica, más desarrollante, más retadora que la tradicional y conocida.

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