Cultura política

Publicado el 1 noviembre, 2021
Categoría: Artículos, Política
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Dicen los expertos en aprendizaje que uno de los obstáculos mayores que encuentran los conceptos correctos para instalarse en la mente, son los conceptos erróneos que al respecto tenemos. ¿Cómo va a aprender la función del oxígeno en la combustión, quien crea que la combustión ocurre por intervención del flogisto?

Hace tiempo que cuando encuentro desviaciones profundas entre el comportamiento real y el comportamiento funcional, me parece que se debe a que paradigmas disfuncionales, les han cerrado el paso a los paradigmas correctos de los cuales podrían emanar comportamientos más saludables.  Refiramos esto a esta campaña política. Esto, de lo que vamos a hablar, no se da todo el tiempo en todos, pero se puede dar a veces en algunos. Y de eso depende el proceso de perfeccionamiento de nuestra cultura política.

La curul de diputado puede ser vista como una chamba o como una oportunidad de dialogar cuatro años para sacar adelante algunos conceptos políticos saludables. O la presidencia como un otorgamiento de poder en vez de verlo como una oportunidad de liderar. Podríamos creer que el llamado a ser estadistas era para los señores que están en los libros de historia patria, pero que el próximo presidente no tiene por qué preocuparse por esos refinamientos.

El partido podría ser visto como un dispositivo para ganar las elecciones y no como un espacio de reflexión política. Las comunicaciones de campaña se pueden ver como un ejercicio para engatusar incautos y no como un esfuerzo persuasivo, educativo, formativo por difundir un enfoque sobre la conducción del país. Desde luego, esto va asociado a la idea que se tenga sobre los electores. Podríamos pensar que los protagonistas del fenómeno democrático son los políticos y que los electores son los millares de extras como en las superproducciones de Hollywood.  Así bastaría con que el programa de gobierno fuera una melodía pegajosa en vez de un marco conceptual de acción que muestre cómo es que el país va a ir desde aquí hasta allá. A un allá retador e ilusionante.

La campaña electoral sería un pulso para sacar el mayor número de votos en vez de un conjunto de objetivos y planes de acción, debidamente anclados en educativos marcos conceptuales sin faltar los cimientos filosóficos profundos de la orientación política de los proponentes.  En un caso, el test que cada uno se haga para postularse a un cargo público, podría no consistir en evaluar su popularidad sino más bien su talento y su capacidad de contribución.

Los cargos públicos (ministros y puestos de confianza) pueden ser vistos como oportunidades de acomodar a los amigos en vez de retos individuales para que el equipo de gobierno logre lo que visualizó en el programa. Así el gabinete sería un club de amigos.  El concepto de cargo público de elección podría chocar con el prejuicio de que de lo que se trata es de cuatro años para comportarnos como parte de una monarquía sin escuchar a la plebe ni rendir cuentas.

El ocho de mayo de cada cuatro años, abrimos la tienda a ver qué asuntos van cayendo, en vez de firmar los decretos fundamentales para poner en marcha lo que vinimos a hacer. Vinimos a hacer las cosas ordinarias con eficiencia. Que nos den las gracias si nos acercamos a ello. Jamás vamos a enrumbar el país hacia donde conviene que vaya. La ilusión y la pasión se quedan para otros países.  Y en cuanto a ejecutar, no tuvimos tiempo de pensar en la excelencia, así que venimos a soplar y hacer botellas.

Podríamos entender que las fracciones legislativas son grupos dogmáticos desprovistos de espíritu crítico y los diputados que se salen del canasto, serían diputados que salieron güeros. La oposición no sería una fuente de antítesis sino los de la acera de enfrente, los enchilados que perdieron.  Y para la oposición, el equipo de gobierno serían los inútiles, los aprovechados, a quienes ojalá todo les salga mal, para ir afilando nuestras hachitas para la próxima elección. Las iniciativas del equipo de gobierno serían paquetes de acción que con seguridad son portadores de corrupción.

La Constitución Política sería algo que la Sala IV utiliza para decir que no y no una regla fundamental para la convivencia nacional.

Los sindicatos públicos pueden ser instrumentos para barrer para adentro en vez de contrapartes dialógicas para promover el desarrollo de la función pública y de su eficacia.

Un cargo cubierto por el servicio civil puede ser visto como un seguro de inamovilidad, en vez de como parte de una carrera de servicio y desarrollo profesional.

La democracia puede ser vista como una chayotera que no necesita cuido. Que ahí solita va creciendo. O puede ser vista como una planta delicada que necesita ser atendida, podada, abonada.

¿En cuáles programas de los veintitantos partidos se tocan estos temas?

Esto no queda dicho para mover a la desesperanza, ni como un lamento por las falencias que aquejan al sistema sino como un señalamiento de metas sobre los propósitos de mejoramiento que deberíamos plantearnos. El ideal no es una estación de ferrocarril para llegar a la cual se pueda comprar un tiquete. Es más bien una señal lejana, como el Polo Norte, como la Estrella Polar. Hay que buscar y encontrar y es posible encontrar, maneras de fomentar esta traslación desde unos paradigmas hacia otros, desde unas creencias cómodas y habituales, a otras más frescas y más idóneas. Así lograremos cambiar los comportamientos y los resultados. Esta es una tarea para los políticos, pero si no quieren o no pueden hacerla, tendremos que hacerla los ciudadanos.

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