Intervenir o no intervenir

Publicado el 2 agosto, 2021
Categoría: Artículos, Eficacia
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Hemos planteado en otras notas la importancia de aceptar la realidad sin resignación.  Se trata de aceptar la realidad de hoy, porque esa ya no hay tiempo para cambiarla, pero si no nos gusta esa realidad, hay que tener claro qué haremos a partir de mañana para intentar cambiarla. Nada garantiza que lo logremos.

Hay realidades en las cuales no se puede intervenir. Trate de inventar una palabra y no lo logrará. Las palabras surgen de un hablante y si encuentran eco en otros, quedan inventadas. Trate de cambiar un precio por otro superior en un mercado en competencia y tampoco lo logrará. Si hay muchos cultivadores de papa, el papero que solo esté dispuesto a vender su producto a un precio más alto que sus colegas, se quedará con todas sus papas.

Esas realidades están regidas por lo que se denomina órdenes espontáneos que son consensos que se producen entre tantas personas que ninguna tiene la posibilidad de influir sensiblemente en el consenso.

¿Quiénes lideran procesos complejos, deben intervenir en ellos? ¿Deben hacerlo los líderes de por ejemplo procesos educativos, o de innovación?  Sí se puede y se debe intervenir en procesos complejos. Pero no hay que hacerlo como si se tratara de procesos simples, lo cual ocurre cuando por ejemplo aplicamos pensamiento lineal, en vez de pensamiento sistémico. Cuando tratamos un proceso como si fuera un mecanismo, sin darnos cuenta de que tiene más bien comportamiento de organismo.  

No se debe intervenir en procesos en sustitución de quienes están al frente de ellos ignorando que quienes están al frente tienen información privilegiada inaccesible para el interventor. El jefe de cirugía de un hospital no ha de decirle a los cirujanos cómo deben hacer su trabajo.

Hay profesiones cuya razón de ser es intervenir. Se podría pensar, por ejemplo, que la ingeniería civil es una de las actividades en las que la intervención sobre la realidad es más notoria. Pero aún los ingenieros con sus bulldozers y sus potentes grúas no pueden intervenir sobre la realidad a troche y moche. La ABET (Accreditation Board of Engineering and Technology) demanda como criterios de acreditación de carreras de ingeniería, que los graduados muestren habilidad “para aplicar el diseño de ingeniería … con consideración a la salud pública, la seguridad y el bienestar, así como a factores globales, culturales, sociales, ambientales y económicos. Y habilidad para reconocer las responsabilidades éticas y profesionales en asuntos de ingeniería y formular juicios informados, los cuales deben considerar el impacto de las soluciones de ingeniería en los contextos global, económico, ambiental y social” (traducción libre).

Lo que venimos diciendo privilegia la libertad y el buen juicio de quienes tienen más cercanía con el manejo de las situaciones. En qué más cosas la libertad es la mejor apuesta, ¿Crianza de niños? ¿Educación? ¿Regeneración del entorno? La mejor manera de regenerar una finca ganadera es la que se siguió en el Área de Conservación de Guanacaste. Se saca el ganado y en veinte años la naturaleza habrá traído de regreso no solo los árboles endémicos de la zona sino lo que es más maravilloso, también a los animalitos del bosque.  ¿Cómo sería educar a un niño de esa manera? Educarlo de manera que florezcan sus potencias intelectuales, emocionales, éticas, teleológicas, o sea, las relacionadas con sus fines y propósitos. Eso no quiere decir que, si una persona se siente atraída por la poesía, no deberíamos distraerla con el aprendizaje de ciencia y matemática. Pero sí quiere decir que en ningún caso deberíamos tener un proyecto de vida para ella, sino que deberíamos apoyarla para que despliegue su proyecto de vida de la manera más plena. 

Así que una de las habilidades básicas que debemos ayudar a desarrollar en los niños, es el aprender a escucharse a sí mismos, a sus fortalezas, a sus gustos, a sus aspiraciones.

Y a niños y adultos, ¿Cómo deberíamos tratarlos?   Como seres únicos, con condiciones y circunstancias únicas dentro de las cuales han de florecer. ¿Y las personas, cómo deberían tratarse a sí mismas?  Todos tenemos múltiples posibilidades. Debemos tener muy claro qué es lo que realmente queremos. ¿Fama, riqueza, poder?  Pero que, lo que realmente queremos es felicidad y que invertimos años de nuestra vida pensando que la fama, el poder o la riqueza son la felicidad. Para algunos podrían serlo. Pero pensar que lo son para todos es atentar contra la singularidad de los demás. ¿De dónde obtenemos la información para formar esos juicios? De la realidad exterior, de la comunidad, del grupo social cercano, del mercado.  La gran decisión es si conviene escuchar a esas fuentes o escuchar preferentemente lo que bulle en nuestro interior.

Muchos niños quieren ser futbolistas (en la liga europea, por supuesto) o astronautas. Realmente lo que quieren es destacar, ser héroes. Hay que ayudarlos a descubrir que se puede ser héroe sin que los iluminen las candilejas. Hay que mostrarles que se puede ser héroe siendo empleado público o mecánico o chofer de Uber.

Aspiramos a la excelencia públicamente reconocida. Debemos difundir la sensibilidad de que es posible cultivar los esfuerzos de excelencia que solo cada uno conoce. La de la microbióloga esmerada en el detalle. La del maestro que va un paso más allá. La de los padres que ignoran que su labor es trascendente, pero la hacen con el mayor de los amores. La de quienes intentan todos los días hacer mejor lo que hacen, a veces lográndolo, a veces sin lograrlo.

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