Acción apacible

Publicado el 12 julio, 2021
Categoría: Artículos, Eficacia
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Una afirmación que no coincide con la realidad, es falsa. Un deseo que va contra la realidad, es iluso. La adhesión a la realidad está inscrita en nuestro sistema operativo, pero nuestros hábitos y sobre todo algunas formas de comportamiento comunitario, nos invitan a ir contra esa realidad. Eso es lo que nos ocurre cuando queremos operar sobre el tiempo que nos queda antes de un compromiso para poder llegar puntualmente cuando la realidad nos dice que no vamos a poder hacerlo.  Entonces deseamos que todo el tráfico que va adelante se desvíe de nuestro rumbo o que todos los semáforos que encontremos estén en verde. Ese deseo puede ser un deseo de baja intensidad o puede consumir mucha energía que es lo que vemos cuando los conductores golpean el volante cuando algo contraría sus expectativas.

Mucho de lo que hacemos es disfrutable si logramos hacerlo sin la ansiedad de querer que la realidad sea otra. Lavarnos los dientes toma tiempo. Si solo disponemos de treinta minutos para llegar a una reunión y ya tenemos un retraso, los minutos dedicados a esa tarea higiénica se alargan. En esas circunstancias ¿quién va a ser capaz de seguir un buen procedimiento de lavado bucal? ¿Quién se va a poner a pensar que -según se dice- un buen uso del hilo dental previene la pérdida cognitiva que viene con la edad? Tener claro el propósito de lo que hacemos, puede aquietar la ansiedad. Por ejemplo, al estudiar, tendríamos menos ansiedad si tenemos como propósito aprender y no solo salir bien en el examen.

El ritmo con el cual desarrollamos determinadas acciones, tiene relación con el disfrute que podemos obtener de ellas. Pasear en bicicleta es agradable, lo mismo que caminar, siempre que no estemos en un ejercicio contra reloj, en el cual, el disfrute acaba cediendo ante la ansiedad por cumplir con la meta. Leer por placer es mucho más disfrutable que tener que medio recorrer con la vista las páginas que tenemos pendientes a la última hora de la víspera del examen. Lo mismo podría ocurrir cuando comienzo una lectura. Esas primeras líneas con frecuencia no nos dicen nada. Son tan introductorias. Quisiéramos saltarlas. Ir al meollo. Concluir. Hasta que nos damos cuenta de que las primeras ideas introductorias cobrarán sentido cuando avancemos en la lectura. Y eso contribuye a mejorar la atención y el disfrute. Lea midiendo el número de páginas por hora y a no ser que esté leyendo una novelita, en cuanto usted va compitiendo consigo mismo, se desarrolla la ansiedad y se baja el rendimiento. Tal vez lea más páginas, pero ¿y la comprensión? ¿Y el placer?

No somos monjes del Tíbet. Algunas tareas nos toca hacerlas con ansiedad o por ansiedad, pero entendamos que la ansiedad nos desenfoca, posiblemente disminuya nuestra racionalidad y nos somete a un gasto de energía extraordinario y hasta cuando es crónica, nos pasa la factura orgánica. 

La ansiedad produce stress con todas sus consecuencias. En cambio, el ritmo no ansioso saca de nuestra mente al reloj y nos permite hacer contacto con la verdadera razón por la cual estamos haciendo algo. Queremos pasear, o redondear una idea, o terminar una propuesta, y la finalidad es la calidad del producto y no la velocidad con la que lo hagamos. Hagamos lo que hemos de hacer sin desear haberlo terminado. La acción tiene que ser tonificante. No algo que queramos concluir para escapar del ir haciendo. Vamos por donde vamos. No miremos lo que falta sino lo recorrido. Si estamos poniendo todos los medios para que el resultado sea bueno no nos perturbe la posibilidad de que el azar tire sus dados. Nosotros estamos haciendo, no jugando ruleta. A quienes los relaja el discurrir de un arroyo, no los relajaría igual el estrépito de una creciente.  Pronto se sabrá cuáles son los núcleos cerebrales que elevan nuestra adrenalina cuando vamos corriendo y queremos correr más rápido. Ahí no importa la ansiedad porque no interfiere con nuestro rendimiento muscular, y tal vez hasta lo aumente. Pero si tenemos que responder a un cuestionario, la ansiedad interfiere con nuestra claridad mental. El relato bíblico le da a Dios seis días para completar la creación. La pudo completar en mucho menos. Pero aparentemente lo puso a hacerla despacito y con buena letra.

Veo al trabajador fabril haciendo su tarea. Es la máquina la que le impone un ritmo. En cambio veo al artesano, trabajando a su ritmo, el cual posiblemente viene dado por su ritmo vital tal vez sincronizado con el ritmo de su respiración. Haga un experimento: haga algo que usualmente le cause ansiedad, pero asígnele holgado tiempo. Verá que la ansiedad disminuye. Este es tal vez uno de los efectos de algunos tipos de meditación cuyo ritmo sigue al de la respiración. Estás ahí, en silencio, contando los movimientos de tu respiración y eso solo, ya produce un determinado estado de sosiego.

Cuando estamos zanjeando para poner cimientos, la casa, el propósito, ya existe en el plano. Y existe en el terreno, solo que aún no la vemos. Pregunte a la arquitecta y le responderá que ella sí la ve. Lo que hacemos requiere de energía física y requiere también de la energía emocional que bulle en el propósito. Además, podemos darle a lo que hacemos, visión trascendente, lo cual consiste en conectar lo que hacemos no solo con nuestros deseos o nuestro bien, sino con el bien de otros. Nunca hemos visto una huelga de yigüirras que se nieguen a trabajar en la construcción del nido para sus polluelos. Tampoco podría afirmar que su trabajo tiene visión trascendente, aunque sí me parece que en el sistema límbico de las yigüirras hay algo que evolucionó y que dio lugar a nuestra visión trascendente.

Atendamos a Tony de Mello y a Pablo D`Ors. Cooperemos incondicionalmente con la realidad. Dejemos que las cosas sucedan. Manejemos el tiempo cuando aún es abundante. Démosle más importancia al propósito que al tiempo que consume. Aceptemos la realidad. Si ya es tarde, no puede ser temprano por más ansiedad que le metamos al deseo.

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