Aventura y decisiones

Publicado el 31 mayo, 2021
Categoría: Artículos, Eficacia

Hay decisiones repetibles. Algunas tenemos que tomarlas muchas veces a lo largo de nuestra vida. Otras las tomamos solo una vez. No hay que enfrentar unas y otras con la misma actitud.

Compramos un vehículo varias veces durante nuestra vida. Elegimos una cena muchas veces. Elegimos pareja una o muy pocas veces. En ninguno de los casos tenemos certeza de que todo va a salir miel sobre hojuelas. A unas decisiones hay que echarles más pensamiento que a otras. Pero todos conocemos personas que agonizan sobre cuál postre elegir.

Si uno se enfrenta a una decisión como si fuera la única decisión que va a tomar en su vida, desde luego que eso conduce a la parálisis. Alguien que compra y vende, o un ejecutivo cuyo puesto le demanda estar constantemente tomando decisiones, no puede vivir tranquilo si se propone a sí mismo como regla que tiene que acertar en el cien por ciento de las decisiones que toma. Esa persona acepta que, aunque quiere que todo salga perfecto, hay cosas que saldrán mal.

Toda decisión, la tomamos en presente, pero opera sobre el futuro, de manera que el resultado, depende de las circunstancias desconocidas de ese futuro. Y como el futuro no podemos conocerlo, toda decisión es un forcejeo con la incertidumbre. No sabemos cómo va a ser el día de mañana. Ni la noche de hoy. Nos tranquiliza pensar que sí lo sabemos, pero no lo sabemos con certeza. En la preparación para la toma de la decisión desde un punto de vista cognitivo, hay que seguir ciertos pasos. Pero desde el punto de vista emocional, la habilidad requerida es la actitud ante el riesgo: toda decisión puede producir un abanico de resultados. El riesgo está en los resultados negativos. Y hay formas de gestionar ese riesgo. Pero igualmente, el intento por gestionar ese riesgo puede conducir a la parálisis.

Entonces el gran concepto cuando tenemos dificultad para tomar una decisión es el concepto de aventura. Una forma de manejar la incertidumbre es aceptar el valor de la aventura. No podemos tener certeza sobre lo que hay más adelante en nuestro camino. Y no podemos sentarnos al borde del camino, sino que tenemos que seguir caminando porque el paso del tiempo nos obliga a eso. Lo queramos o no, tenemos que adentrarnos en el futuro y puesto que es incierto, tenemos que elegir con qué actitud vamos a hacerlo. ¿Cómo hacerlo?  Podemos adentrarnos con temor, con cautela o con espíritu de aventura.  El espíritu de aventura nos suelta las amarras. Quita el freno de mano.

El espíritu de aventura es entre una curiosidad, un afán juguetón, la conciencia de que el tiempo está pasando, la noción de que vivir es accionar y esa como resolución que llega cuando prudentemente se han hecho todos los análisis y lo que sigue es dar el paso y echarse al agua. Es como una grata expectación de ver lo que vendrá. Es la ilusión de ver qué hay más adelante en el camino. Es la deportividad de enfrentarnos con vigor a lo que venga, dándolo todo en el momento presente. Pensar solo en lo malo que podrá ocurrirnos, es amargarnos el trayecto. Pensemos en la maravilla de que lo que encontraremos en el camino será una sorpresa y pongámosle ilusión a eso.

El espíritu de aventura nos abre a los buenos eventos y nos da presencia de ánimo para afrontar los malos, y nos lleva a valorar ambos. Para tener espíritu de aventura no es necesario ser audaz. Primero hay que ser realista. Luego hay que saber qué hacer con el miedo. Los valientes no lo son porque no sientan miedo. El miedo aceptado nos nubla menos que el miedo reprimido. Y hay que tener esperanza de que la aventura nos dejará frutos. Penetrar en terrenos desconocidos, nos saca de nuestra zona de confort. Pero nos puede hacer mejores: aprendemos, ponemos en acción núcleos de nuestra personalidad que no utilizamos en nuestra vida rutinaria, echamos mano a nuestra capacidad innovadora, aprendemos a distinguir entre amenazas reales y tigres de papel, ganamos confianza en nuestra habilidad para manejar el temor y la ansiedad.

 

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