El sentido del trabajo

Publicado el 18 enero, 2021
Categoría: Artículos, Desarrollo
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Dedico esta nota a la memoria de Tomás Miller Sanabria, a su integridad, a su compromiso con el trabajo, con su familia y con el bien común. Nuestros caminos se cruzaron en el Studium Generale de la UACA hace cuarenta años cuando él era todavía un adolescente. Yo fui su tutor -lo cual es diferente a haber sido su profesor-. Desde entonces y para siempre nos unió una cálida amistad, ahora entristecida con su deceso.

Podemos vivir nuestra vida como si fuera un empeño unidimensional. O podemos mirarla como un desafío de muchas dimensiones.  Y podríamos tomar cada una de esas dimensiones e irle agregando perspectivas o matices a cada una. Hagamos un esfuerzo por discurrir sobre cómo podríamos agregarle dimensiones a una actividad tan importante como el trabajo.

Como seres humanos tenemos unas cuantas indigencias básicas. Tenemos una gran necesidad de crear, una gran necesidad de comunicarnos significativamente y una gran necesidad de dar y recibir afectos. El trabajo, es un medio para obtener satisfacciones para esas necesidades. Por más simple que sea nuestro trabajo, al final del día podemos contemplar lo hecho, lo cual es una satisfacción para nuestra necesidad de crear. En el trabajo nos expresamos, valga decir que plasmamos en sus productos lo que somos.

Al trabajar colaboramos con otros. Es ahí donde vivenciamos la comunicación como un instrumento de acción. Basta con contemplar cómo unas ideas intercambiadas en un grupo de trabajo se traducen en obras, en productos, en cambios.  El edificio majestuoso, el “comercial” ingenioso, el nuevo producto, el nuevo servicio, nacen primero en las palabras entre compañeros.

Y en el trabajo creamos vínculos a través de los cuales hacemos frecuentes intercambios de afectos, a veces tanto o más intensos que aquellos a los que da lugar el nexo familiar. Si perdiéramos los nexos con nuestros compañeros de trabajo nos empobreceríamos afectivamente.

Paradigmas negativos

Sin embargo, existe un prejuicio negativo sobre el trabajo. Las acepciones 7 y 11 del diccionario de la Real Academia, recogen esas versiones negativas del trabajo en varios sentidos figurados: dificultad, impedimento, perjuicio, penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz, estrechez, miseria y pobreza o necesidad con que se pasa la vida.

¿Por qué algunas personas parece que economizan energía en el trabajo, pero la gastan abundantemente en actividades divertidas? Una explicación podría ser que las personas le encuentran sentido a la diversión, pero no le encuentran sentido al trabajo.

Trabajar solo porque nos pagan es mutilar el sentido del trabajo. Es convertirlo en un intercambio de ergios por monedas. Encontrarle sentido al trabajo es articularlo a nuestra ética, a nuestras aspiraciones, a nuestro desarrollo, a las responsabilidades con nuestros cercanos.

Es totalmente legítimo que alguien decida que su relación laboral con la empresa se va a regir estrictamente por lo que diga por ejemplo un código de trabajo. Pero también es legítimo que alguien escoja regirse en sus relaciones laborales por una ética de abundancia, de entrega, de lealtad. Aquí el criterio importante no es el de legitimidad. Parece que el criterio importante es el de calidad de vida o el de felicidad. La cuestión es de qué manera relacionarnos con el trabajo para que nos produzca mayor felicidad.

¿Por qué es más grato el domingo que el lunes? ¿Por qué cuando muchas personas se jubilan, echan de menos el trabajo? ¿Por qué llegan a cansar las vacaciones? ¿Por qué no nos gusta estar totalmente inactivos?

El trabajo es un reto, es una ocasión de hacer algo en grupo, es una posibilidad de darnos cuenta de lo que podemos hacer, es una oportunidad de sentirnos útiles. Es una oportunidad de desarrollarnos como personas, pero para eso hay que estar dispuestos a reconocer que la dificultad y el esfuerzo son caminos hacia el logro, que la ansiedad que el trabajo genera no es un mal en sí, sino el signo de que estamos comprometidos totalmente con algún objetivo.

Una agenda para las empresas

La empresa no puede inventar el sentido del trabajo. Es cada persona quien debe descubrirlo. Quien no descubre el sentido de creación, de comunicación, de diálogo fecundo con las cosas que hay en el trabajo, está dejando en el vacío una parte importante de su existencia. Se estará ganando una remuneración, pero no se está ganando la vida.

El trabajo es un diálogo con las cosas: el hortelano dialoga con la tierra, el mecánico con tornillos, poleas y palancas, el maestro dialoga con el alma tierna de sus estudiantes. La herramienta -la pala, la llave, el libro- son medios para sostener ese diálogo.

Pero la empresa debe plantearse el problema del trabajo y como aumentar la probabilidad de que satisfaga esas necesidades básicas de las personas. A muchas personas las desmotiva el número excesivo de reglas, la disciplina innecesaria, las tareas demasiado fragmentadas, la falta de influencia sobre lo que está ocurriendo, la obsesión por ganar o el temor obsesivo de perder, las jerarquías muy verticales, las atmósferas muy críticas, el temor y el malestar con el jefe. Eso es importante para la empresa porque el ingrediente crítico de la empresa moderna es el talento, es la materia gris, es el “software” humano, no el “hardware” físico.

Busco un empleo que me desarrolle –dijo la persona que solicitaba el empleo-. ¿Y a qué le llamas desarrollo personal? Preguntó el entrevistador. Entonces la solicitante respondió:  Cultivar el realismo, estar consciente de mis temores y de mis fantasías. Ejercitar la aceptación de mí. Utilizar mis puntos fuertes y mantener la atención sobre mis debilidades. Sentirme ente de acción y no espectador. Hacer valientes exploraciones. Procesar adecuadamente las derrotas. Tener un conjunto armónico de objetivos. Relacionarme maduramente con otros. Ser responsable. Conducirme autónomamente. Tomar decisiones razonables y prudentes.

La obligación ética de los empresarios es operar empresas rentables a base de creación de valor. La de quienes trabajan en las empresas es contribuir con su trabajo a esa creación de valor. En ambos casos rinde más beneficios el ejercicio del ingenio y de la innovación, que el ahorro pusilánime de costos o de esfuerzos. El reto para el colaborador debería ser cómo rendir más en su trabajo y el del empresario, cómo hacer la empresa más competitiva de manera que sea una fuente de trabajo estable y de alta remuneración.

Colaboradores diligentes

Una cosa es tener un empleo y otra muy diferente es sentir que se está comprometido con una misión.

El esfuerzo es el mismo, la remuneración también, pero el sentimiento de realización, son diferentes, lo mismo que la motivación. En un caso, se trabaja para el mercado, se intercambia tiempo y energía por dinero. En otro caso, se está conectado a niveles de mayor trascendencia.

Las personas que las empresas necesitan son personas que consideran que los encargos que se les hacen son una oportunidad para desarrollarse. Que están dispuestas a rendir cuentas responsablemente sin excusarse. Que saben convivir con la ansiedad del trabajo difícil, que caminan con esperanza por donde no hay caminos, que no dan su esfuerzo con cuentagotas, sino que se prodigan en la acción.

Rowan, el portador de “El Mensaje a García” no pidió viáticos, ni preguntó si se le pagarían las horas extra. No pidió dinero para el taxi, ni miró el reloj buscando las cinco. No consultó la convención colectiva, ni miró al cielo buscando la excusa de que iba a llover. Se lanzó a cumplir el encargo. Silenciosamente. Seriamente. Responsablemente.

Cada colaborador debería preguntarse por el valor que agrega con su trabajo. Los colaboradores que agregan valor tienen disposición a aprender, no se encierran detrás de la descripción del puesto, tienen inquietudes, hacen preguntas. Para ellos el jefe no es un policía que los vigila sino un recurso organizacional para conducir y coordinar el esfuerzo. Por tanto, mantienen un contacto frecuente y maduro con su jefe. Hacen las cosas porque se han apropiado de esa responsabilidad y no porque se las han mandado.

Se le puede poner al mal tiempo buena cara y tener en ello una oportunidad de crecimiento personal. Para muchos el sentido de su trabajo en una empresa objetivamente desagradable es sacar adelante a su familia, dar un ejemplo a sus compañeros, superarse a sí mismos. Nadie le pide al cielo una tormenta, pero muchos saben que la actitud con la cual la enfrentan produce crecimiento personal.

El puesto de trabajo es solo una circunstancia. Es la esencia de la persona la que logra el producto ante esa circunstancia. Un puesto de trabajo es como el incesante golpe del escultor. La piedra son las circunstancias. Sin unas buenas circunstancias, no hay desarrollo. En puestos triviales, anodinos, no hay desarrollo. El escultor es el trabajador. Sin su perseverancia, su afán de aprender, su actitud constructiva ante el peso de la labor, no hay desarrollo personal. Éste va surgiendo a golpes de cincel.

El trabajo en sí debe ser fuente de felicidad. Si no ocurre así con nuestro trabajo, algo pasa con él o algo pasa con nuestra ética. Esto lo afirma alguien tan poco sospechoso de ser un predicador, como Rusell Ackoff en “La Corporación Democrática”.

Enriquecer el trabajo

Cuando se ejerce una profesión o un oficio, se los puede ver con pocas o con muchas dimensiones. Alguien podría decir, yo hago mesas o soy médico. Brett Schilke de Singularity University, propone que le preguntemos al ebanista o al médico, no en qué trabajan, sino qué posibilitan, que auspician, qué promueven. Porque la actividad humana cobra nuevas dimensiones si respondemos a esas preguntas. El ebanista nos diría que él promueve el confort, posibilita el disfrute muscular y estético de un buen mueble. El médico nos diría que promueve la vida plena y saludable de sus pacientes.

No es lo mismo que alguien nos diga que da clases, a que nos diga que hace posible el crecimiento personal de otros. Uno cuya actividad consiste en pegar ladrillos, podría redefinir su trabajo como construir viviendas. Dedicar el tiempo a tocar violín es mucho menos que dedicarlo a crear experiencias musicales disfrutables por otros.

Se puede vivir la vida como una superficie. O se la puede vivir como un volumen. Un volumen es una superficie a la cual se le ha agregado una dimensión. O se la puede vivir de manera multidimensional. El ser humano es habilidad física, capacidad intelectual, fuente de afectos, potencial de espiritualidad, procesador de sueños. Pero tenemos que recordárnoslo continuamente porque de otra manera, terminamos acomodándonos en la dimensión que nos ocupa más tiempo o de la cual recibimos más señales. Ese quizá es el camino que conduce a grandes masas a verse solamente como productores y como consumidores, mientras dejan transcurrir sin admiración, riadas de fenómenos sobrecogedores.

 

Esta nota recopila contenidos de El sentido del trabajo publicado en la revista Actualidad Económica No.1 vol. III  junio 1988 y La reconversión del trabajo  publicado en esa misma revista   No. 11 Vol X, 1995. Ambos artículos son parte del libro “El ser humano en la empresa” Academia de Centroamérica, San José 2010. También se han incorporado aquí contenidos de varias notas publicadas en el periódico La Nación en la desaparecida columna “Vida en la Empresa”, a saber, El trabajo, Trabajo de valor, Trabajo generoso, Desarrollo personal en el trabajo, Producción o plenitud.  Todo lo anterior está disponible en la página web alvarocedeno.com

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