Revitalizar el alma nacional

Publicado el 23 noviembre, 2020
Categoría: Artículos, Política
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Empecemos por preguntarnos para qué queremos un país con su alma revitalizada. La respuesta es simple. Para aumentar las posibilidades de desarrollo para cada uno de los habitantes. Y para estar mejor preparados como comunidad cuando llegue la próxima crisis, sea otra pandemia, una mala situación económica, el aumento paulatino de los efectos de la crisis climática o algún conflicto político o militar.

Tenemos el don de la libertad. Podemos elegir qué hacer. Tenemos la capacidad de distinguir entre lo que es mejor o peor. Eso nos mete en una interminable dinámica de progreso. Tenemos una necesidad insaciable de crear. Todos vivimos creando, cambiando la realidad. Tenemos la disposición a soñar. A ver más allá del día de mañana. A proponernos aspiraciones desafiantes. Tenemos la capacidad de ir dando pasos hacia el sueño que nos ilusiona. Todo eso es parte de la naturaleza humana. Todas esas facultades las podemos utilizar para procurar andar con los zapatos más limpios. O para formar una familia feliz. O para mejorar la comunidad cercana. O para contribuir a formar una nación mejor.

Equipaje para el viaje

¿Cuáles serían los rasgos de una nación mejor? Todo empieza por ir llenando tres cajones de lo que necesitamos para el viaje. Vamos a hacer primero un cajón de conocimientos o razones. Para formar una nación mejor tenemos que tener ideas claras sobre lo que es una nación. Si la concebimos como un territorio donde nos encontramos por casualidad sin ningún ligamen fuerte entre nosotros, eso producirá un tipo de nación. Si nos sentimos parte de un conjunto que va rumbo a algo, si valoramos lo que otros hicieron en el pasado y sentimos que lo que hacemos hoy beneficiará a otros, eso producirá otro tipo de nación. Esos conocimientos o razones salen de preguntarnos, ¿para mí, qué significa vivir en Costa Rica?

¿Y por qué debemos contribuir a revitalizar el alma del país? Dicen los economistas que cuando compramos algo en el mercado, obtenemos lo que se denomina una ganancia como consumidores. De hecho estamos dispuestos a deshacernos de tal cantidad de dinero a cambio de un litro de leche porque nos parece más valioso ese alimento, que el dinero que pagamos por él.  De igual manera vivir en sociedad nos resulta más ventajoso que vivir aislados. Vivir en sociedad nos produce una ganancia con respecto a la situación de vivir en aislamiento. Nuestros costos de vivir en sociedad – el respeto a las normas, el pago de impuestos – nos resultan más bajos que el beneficio de usar bienes públicos y de aprovechar las facilidades de vivir en sociedad. Nada más imagine si cada uno tuviera que producir sus propios alimentos. Esa ventaja de ser parte de una comunidad, de un país, debería movernos a contribuir a su mejoramiento, al menos para no tener con él una relación de parasitismo.

Si hemos incorporado la noción de la interdependencia que nos une con todos los habitantes de la nación, si sentimos que el país sería mejor con más gente feliz que con más gente infeliz, si entendemos sin hacer caritas que la diversidad no solo es un hecho sino que representa una oportunidad, si sabemos que los impuestos que pagamos, de alguna manera sirven para mejorar la vida de los menos afortunados, entonces estaremos en camino hacia otro tipo de nación que si pensamos que lo mejor sería que cada uno halara para su saco.

 A todo esto es a lo que denominamos aspiración al bien común, entendido como los elementos que aumentan la probabilidad de que los miembros de una comunidad puedan ir alcanzando niveles de desarrollo personal superiores. Por ejemplo, un país que considere la ignorancia, la enfermedad, la pobreza como opuestos al bien común y que accione en consecuencia, es un país donde sus habitantes disfrutarán de una calidad de vida superior. Lo mismo que ocurrirá en una comunidad grande o pequeña, donde exista disposición a apoyar el desarrollo de los demás, donde se crea que todos somos capaces de desarrollarnos, donde se respete la dignidad de la persona.

Seremos una mejor nación, si hoy soñamos con cómo querríamos que fuera este país en el año 2030, y en vez de quejarnos de cómo somos, creyéramos que nuestros comportamientos de hoy van a ir creando la posibilidad de ser mejores en 2030. Este país no siempre fue tan conocido mundialmente como ahora, no siempre exportamos la variedad de productos que ahora, no siempre tuvimos la cantidad de personas con formación que tenemos, no siempre tuvimos la seriedad institucional y política que tenemos. Y entonces, se vale pensar que en el 2030 podríamos ser mejores en muchos aspectos.

Sensibilidad humana

Hagamos ahora un cajón de emociones. Como seres humanos somos una totalidad. No podemos pretender crear una gran nación utilizando solo nuestros conocimientos. Aquí en este cajón bastará con que contemos con más empatía, más compasión y más solidaridad. La empatía parte de aceptar nuestra interdependencia. Algunos piensan que ni siquiera eso es necesario porque creen que la empatía está en nuestra naturaleza. Que existen en nuestro cerebro neuronas-espejo que hacen que cuando vemos a alguien mojarse en un aguacero, no podemos evitar imaginarnos lo que siente. De aquí nace la compasión entendida como la capacidad de sentir el mal del otro. Imaginar cómo se siente quien se mojó en el aguacero, es una cosa. Sentir un poco del malestar que el otro siente, eso es compasión. Parece poca cosa, pero es muy importante en el camino hacia la solidaridad. Porque la solidaridad ya está en la frontera con la acción. La solidaridad es el sentimiento que nos lleva a buscar entre nuestra ropa la camisa que hemos de entregarle a ese que ahora la necesita. Es sentir la obligación de procurar el bien de los demás.

Manos a la obra

Finalmente hemos llegado al cajón de la acción. Tenemos los conocimientos y el aprestamiento de nuestra sensibilidad sobre cómo ser una nación mejor, pero al igual que ocurre en nuestra vida personal, con eso no basta. Somos capaces de imaginar la perfección. A veces somos capaces de aspirar a ella. Pero no basta con los deseos y las intenciones. Una de las realidades de nuestra naturaleza es la de que a base de querer no podemos avanzar ni un milímetro. Sin la acción que hay que desplegar, todo se quedará en los planes. Cuando logramos construir algo es cuando nos arrollamos las mangas y convocamos el sudor.

La vía de la acción demanda que sintamos la responsabilidad porque ocurra lo que queremos que ocurra. Es esa situación en la cual, después de habernos sentido movilizados por una idea, nos sentimos aludidos. Ya no podemos mirar hacia los lados a ver quién va a emprender acciones, porque de pronto sentimos que quien tiene que emprenderlas somos nosotros. Y entonces o nos apropiamos de lo que hay que hacer o nos alejamos del reto masticando nuestra retirada o dándonos las consabidas excusas de cuando habiendo sido invitados a empeñarnos, rehuimos la invitación, que es lo mismo que rehuir la vida. En lo que venimos tratando, solidaridad es elegir contribuir al bien común con nuestra forma de accionar.

Sentir responsabilidad no es suficiente. Para que este sentimiento produzca resultados debemos emprender el camino de lo que va a ser. Es el momento de la resolución. Resolución que ya no es una decisión sino que es la decisión pero respaldada por nuestra disposición a hacer lo que haya que hacer.

La resolución es la chispa de encendido de ese motor de la acción. El recorrido que logremos hacer, ya no depende de la chispa inicial. Depende de la diligencia. La diligencia que es un hábito que consiste en amar lo que hay que hacer y amar a los beneficiarios de lo que estamos haciendo. Diligere en latín es amar.

Entonces nos habremos convertido en agentes. Dejaremos de ser pasivos. Habremos tomado el control de la realidad para modificarla. Ya no reaccionaremos ante los estímulos de esa realidad, porque estaremos más bien en el terreno de la proactividad. No esperamos ser todopoderosos pero sí ser todo lo influyentes que sea posible. Y aquí comienza otra historia. La historia de cómo un sueño se va convirtiendo en realidad.

Los primeros pasos

Todo lo anterior se puede lograr con el paso de los años. Nos vamos haciendo más sensibles. Vamos encontrando formas mejores de convivir. Pero si se quiere acelerar el proceso porque la complejidad de los problemas lo demanda, hay que echar mano a formas de educar diferentes. Es imposible enseñarle empatía a alguien mediante la lectura de un libro. Tal vez es más posible hacerlo viendo una película. Y sin duda más posible mediante actividades vivenciales. Aprendemos más de solidaridad desarrollando una actividad en grupo que recitando definiciones. Para aprender unas cosas basta con entenderlas y memorizarlas. Para aprender otras hay que involucrarse más plenamente. Se requieren métodos diferentes para aprender las tablas de multiplicar que los que se requieren para aprender a trabajar en equipo.

Este aprendizaje no puede ser solamente para los chicos. Toda la población debe ser parte de ese gran aprendizaje, de manera que padres e hijos, profesionales y obreros revisen sus nociones anteriores y se pongan en contacto con ideas más frescas.

¿Es esto una utopía? Sí. Es intentable. Sí. Es alcanzable sin intentarlo. No. ¿Es nueva esta utopía? No. Si se miran los textos escolares, casi todas estas ideas están por ahí. Si escuchamos a los mayores educando a los chicos, muchos de los elementos mencionados aquí, están en sus mensajes. Si escuchamos los sermones de todas las iglesias, los discursos de todos los políticos, de manera fragmentada, todos coinciden con todos estos puntos. O sea que la aspiración está ahí. Lo que todavía no hemos descubierto es el método. ¿Lo descubriremos si no lo buscamos? No. ¿Habrá que inventarlo? Creo que no. ¿Nos caerá en la mano sin esfuerzo? No. Pero lo encontraremos integrando cosas que ya sabemos.  En los últimos años aprendimos a no tirar basura en la calle ¿Se acuerdan de Jacinto Basurilla? Aprendimos a hacer fila para entrar al bus.  La UNED nos enseñó a estudiar a distancia. Aprendimos a exportar. Antes solo lo sabían hacer las multinacionales y los cafetaleros. Aprendimos a andar con un instrumento de super comunicación en el bolsillo (teléfono, radio de onda corta y larga, televisor, grabadora, computadora). Aprendimos las normas higiénicas para combatir la pandemia. No veo ninguna dificultad insalvable para que podamos juntos aprender a crear esa gran nación del 2030, y cuando lleguemos allá, seguir marchando hacia otras versiones superiores.

¿Y qué hará que esto funcione?  El mal es muy visible pero el bien es más abundante. Las acciones perjudiciales para otros son tan escasas que resultan espectaculares en las páginas de sucesos. Y nadie se ocupa de las buenas acciones porque son la normalidad. La agresión doméstica es noticia. No así el cumplimiento habitual de las obligaciones de padres e hijos en una familia, los cuales, en algunos casos pueden alcanzar niveles heroicos. La nota roja de hoy nos produce una oleada de pesimismo que solo se contrarresta cuando reparamos en los cientos de miles de personas que en el día de hoy cumplen con sus obligaciones, aman a sus hijos y amigos, se presentan a sus trabajos, cumplen con su deber, son constructivos con sus compañeros y con la empresa.  Hay más bien que mal. Más energía constructiva en acción, que energía destructiva.  Si fuera al revés, no seríamos la especie exitosa que somos. Si la tendencia cambiara y hubiera más mal que bien, nos extinguiríamos como especie.

La razón es una forma de difundir las aspiraciones de bien. Durante mucho tiempo predominó el tabaquismo porque no se sabía que el cigarrillo causaba cáncer. Igual un día sabremos que el incumplimiento o desvinculación de cada uno de nosotros con respecto al bien común nos disminuye, nos perjudica personalmente.

Una vez que iniciemos el camino nos vamos a encontrar con otros caminantes que llevan tiempo, de múltiples maneras, trabajando para crear esa nación del futuro. Conectémonos a esos esfuerzos, enriquezcámoslos y disfrutemos de la compañía y el ejemplo de esos que son veteranos en haber dejado de imaginar, de hablar, y que llevan tiempo caminando con entusiasmo.

 

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