Buscar el alma del país

Publicado el 16 noviembre, 2020
Categoría: Artículos, Política
Etiquetas: , , ,

Es muy fácil convertir un jardín en un montazal. Basta con dejar de atenderlo con esmero. Igual ocurre con los grupos y las comunidades. Un hogar se puede convertir en un dormitorio. Basta con dejar de estar pendientes de los demás; con dejar de interesarse por los asuntos de los otros. Una empresa se puede convertir en un frenesí competitivo y en un esfuerzo único por hacer ganancias. Una universidad puede perder sus rasgos como hogar académico y se convierte en un enseñadero. Es como si un cubo perdiera una dimensión y se convirtiera en una superficie.

Los pueblos también pierden dimensiones. Veamos cuántas dimensiones hay en esta estrofa del himno a la bandera: “vivimos con cariño / bajo este azul del cielo / labrando con anhelo / dichoso porvenir”. Podríamos dejar que algunas de esas dimensiones se perdieran, por ejemplo, por soberbia: dimos en pensar que aquello era un canto ilusorio para niños escolares, en vez de convertir el bello canto infantil en un serio empeño de adultos. Reparemos en primer lugar en la forma verbal vivimos. No dice viven. Ni vivo. Y esa forma verbal nos habla de comunidad. Convierte en protagonista al nosotros. No es cada uno viendo a ver cómo se las arregla, sino todos mirando hacia unos mismos anhelos. ¿Cómo vivimos? Con cariño. No como perros y gatos. No con indiferencia para el otro. No esperando a que el otro se equivoque para caerle encima. No deseando que a los otros les vaya mal para sobresalir nosotros. No con un pelímetro en la mano para pegar el grito al cielo cuando el otro se desvía de lo que esperábamos.

Veo en segundo lugar que la forma de vivir es labrando. Tal vez se nos olvidó que vivir es difícil. Que es necesario hacer un esfuerzo cuidadoso para obtener cualquier resultado. Nos costó unas seis mil horas terminar la escuela primaria. Pero esa conciencia no se quedó con nosotros y ahora nos sentimos desilusionados porque el éxito no llega más rápido y con menos esfuerzo. ¿Será que en alguna parte agarramos el virus del facilismo y cuando las cosas se ponen difíciles, nos parece que estamos siendo víctimas de una injusticia?  Labrar es preparar la tierra y cuidar los plantíos hasta obtener el fruto y eso no es tarea para comodones.

Y nos hemos olvidado del anhelo. De tener un sueño. De ilusionarnos con él. De trabajar diligentemente para alcanzarlo. Dejamos de cultivar la esperanza.  El dichoso porvenir no nos va a caer de regalo con la próxima lluvia. Cierto que mucho del dichoso presente que disfrutamos, lo logramos casi sin enterarnos, pero para el dichoso porvenir, vamos a tener que arrimar el hombro. La realidad es exigente. La satisfacción de nuestras necesidades nos cuesta esfuerzo. ¿Quién nos prometió un camino parejito y suavecito? Una disposición al esfuerzo y a la laboriosidad son signos de que somos realistas y de que aceptamos el juego en el cual estamos metidos.

Ninguno de nosotros sería capaz de producir el bienestar que tenemos -poco o mucho- sin la colaboración de los demás. No habría comida en nuestra mesa sin el trabajo del agricultor, del panadero, del transportista, del comerciante, de sus ayudantes. Y nuestro trabajo, en el taller, en la fábrica, en la oficina, en la tienda, es nuestro aporte para que otros, muchos, todos, disfruten a su vez del bienestar -poco o mucho- del cual disfrutan. El país es esa enorme cantidad de conexiones que nos hace a todos, obtener más de lo que obtendríamos, si decidiéramos esforzarnos cada uno para su saco.  Por eso es una realidad que compartimos algo, que nos debemos unos a otros unos aportes que nos hagan vivir mejor. Que unos rigen la república elegidos por la mayoría, pero que ni ellos son sus dueños, ni la sociedad civil puede eximirse de dar su contribución al bien común. Podemos soñar con que llueva café en el campo como dice Juan Luis Guerra, pero eso no ocurrirá. Porque esa no es nuestra realidad y como adultos hemos de aceptarla.

Vivimos nuestra vida en sociedad haciendo uso de nuestra racionalidad limitada. Esto quiere decir que no siempre nuestros juicios están acertados. Nos afectan nuestros sesgos, nuestros temores y fantasías. La prudencia debe encendernos luces de alerta en el sentido de que, en determinados momentos, a pesar de que vemos algo con gran claridad, podemos estar equivocados. Reconocer la limitación de nuestro conocimiento y de nuestro juicio nos hará menos rotundistas, más cautelosos, más comprensivos.

Vivir como una nación requiere de empatía, que es la sensibilidad de entender cómo se siente ser el otro. De dejar de pensar en mis pequeños malestares para abrir la mente a los graves obstáculos que se oponen al desarrollo de otros. Requiere de compasión, la cual consiste no solamente en entender al otro sino sentir como nuestros sus sufrimientos. Y un hermano de la compasión es no tener expectativas fantásticas sobre los demás. No somos perfectos. Ni nosotros ni quienes nos gobiernan. Conviene empeñarse individualmente en el mejoramiento permanente. Pero exigirle perfección a los demás perturba nuestra vida en sociedad. Bastaría con que fueran suficientemente buenos. Si las expectativas son fantásticas, ninguna persona, ningún servidor público, ningún gobierno podrá satisfacerlas.

De la empatía y la compasión ha de surgir la solidaridad. La misma con la cual reaccionamos generosamente cuando alguien o muchos sufren una tragedia, de manera que ante ella nos manifestamos como una comunidad. También es una manifestación de solidaridad respetar el régimen de derecho, sentir la disposición a mejorarlo, valorar y mejorar la democracia, que es la mejor forma que hemos encontrado para escoger quienes conducen la república.

El alma del país debe encarnarse. No puede quedarse en el mundo de las ideas donde flotan ingrávidos muchos qué lindo sería. Tenemos que hacer descender esos qué lindo sería, agregarles resolución, agregarles compromiso, agregarles músculo, agregarles sudor. Eso no es mucho. En su día, Churchill pedía a los británicos sangre, sudor y lágrimas. Las naciones no se consolidan gratuitamente. Ningún pueblo ha construido una gran nación sin sudarse la chaqueta.

Dicen algunos autores que la solidaridad ha sido un factor de nuestro éxito como especie. Tal vez el resorte biológico de la solidaridad es el gregarismo, ese impulso de estar juntos, de vivir juntos. La solidaridad no es simple gregarismo. Es gregarismo con otra dimensión. Las vacas son gregarias. Los seres humanos somos solidarios. El ser solidarios no hace salirnos de nosotros para tender la mano hacia los demás.

Las naciones luchan por su felicidad y por su supervivencia. Igual que las personas y que las organizaciones. En el ámbito individual, la generosidad de las madres garantiza la supervivencia del niño, y es fuente de felicidad para las madres. Y en el ámbito social, una buena norma jurídica aumenta nuestra probabilidad de felicidad y de supervivencia. Imaginemos si hubiéramos cumplido la norma constitucional de no presupuestar gastos por encima de los ingresos probables (Artículo 176). No estaríamos en los problemas en que estamos. O sea que esa norma es fundamental para el bien común. El diputado constituyente sabiéndolo o no, se rigió por el bien común. A pesar de sus intereses personales y de sus lealtades políticas. Y en eso debe ser ejemplo a seguir por políticos, diputados y habitantes.

Hay momentos señalados en los cuales debemos preguntarnos qué es lo que debemos aportarle al país. Estamos en uno de esos momentos. Se puede vivir juntos mirando cada uno hacia dentro de sí. Esto no es vivir en sociedad. Vivir en sociedad implica un pacto. Es estar dispuestos a ser solidarios. A prestar ayuda. Y confiar en que seremos objeto de ayuda si la necesitamos. Cuando estamos en situación de evidente necesidad, agradecemos la ayuda, pero no nos extraña recibirla. A ningún costarricense le sorprende recibir cuidados médicos cuando los necesita, porque todos contribuimos a financiar el seguro social, ni le sorprende a nadie que sus hijos sean atendidos en las escuelas públicas, por la misma razón.

La solidaridad requiere como condición la confianza. No se puede ser solidario con quien no nos merece confianza. Confiar es esperar que la otra persona cumpla con las expectativas que tenemos sobre ella. La confianza entre nosotros se ha debilitado. Hay hechos de corrupción, de violencia personal y hechos de malapraxis política que son causas objetivas de ese debilitamiento. Pero esas evidencias podríamos procesarlas con sentido práctico: son muchos menos quienes cometen actos contrarios al bien común, que quienes contribuyen a ese bien común. Así que los daños a la confianza deberíamos mirarlos con el ánimo no de dejar de confiar de todos y para siempre, sino con el ánimo de restaurar esa confianza, que es alimento de la solidaridad. Es tóxica la idea equivocada de que aquí no se puede confiar en nadie. ¿Por qué nos deleitamos en seguir rumiando la desconfianza? ¿Será que buscamos en ella una licencia para desligar nuestra voluntad de las obligaciones que tenemos con la nación? ¿Será una forma de rabieta infantil destructiva, una suerte de ira ciega con la cual intentamos castigar a quienes nos defraudan? El comportamiento adulto debería ser: me defraudaron, buscaré cómo no me defrauden otra vez, contribuiré a reparar el daño que me causaron, contribuiré a eliminar los portillos y remendaré mi confianza, porque sin ella, la nación se debilita. En una nación con alma, se mantienen los ojos bien abiertos, pero se elige confiar.

No es menor, el deterioro que las redes sociales causan a la confianza, no solo por la repetición machacona de los hechos que causan desconfianza, sino por la mala intención con la cual los divulgan. Pero de poco serviría esta labor erosiva de las redes sociales, si no encontrara en el fondo de nuestros corazones, nuestra sed de sensacionalismo, de espectacularidad, de morbo. Y así como poco podemos hacer por lo que se haga en las redes sociales, mucho podemos hacer por cómo sentimos y cómo reaccionamos. En una nación con alma sus habitantes son responsables por lo que anidan en sus corazones.

Nos equivocamos si creemos que nuestros problemas son solo económicos o políticos. Me temo que hay algo importante que subyace. Son conceptos; actitudes básicas; sensibilidades profundas. Todo este problema fiscal y esta complejidad política, serían más manejables, si tuviéramos un concepto más operativo del bien común, esto es, si cada uno encontrara la forma de contribuir al bien común con sus acciones. Si nos sintiéramos llamados a aportar nuestra colaboración. Si sintiéramos esta nación como cosa nuestra. La única que tenemos. Si tuviéramos idea de su fragilidad. Si la valoráramos por haberla heredado de nuestros mayores y por ser parte de la herencia que dejaremos a nuestros hijos y nietos.

 

Otros artículos relacionados con el tema

https://alvarocedeno.com/2020/08/17/politicas-publicas/

https://alvarocedeno.com/2020/09/28/pongamonos-serios/

 

 

 

Un comentario
  1. En un dia como hoy, oscuro pronostico reservado de lluvia, leemos su articulo que invita a meditar. Muchas cosas que deberiamos hacer como parte de la poblacion, pero que no las hacemos por falta de interes, porque las persona o grupos que deberia hacerlas, no las practican por intereses propios, sin importar que a futuro son perjudiciales. Son esas actitudes las que pienso, desaniman a mucha gente. Gracias por recordarnos lo que dbmos hacer pese a esas circunstancias.

Deje una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *