El bien del otro

Publicado el 8 junio, 2020
Categoría: Convivencia
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Esta pandemia, además de temor, confinamiento, teletrabajo y estadísticas, nos ha traído, algunas nociones y reflexiones, para unos más definidas, para otros menos nítidas. La política de salud en Costa Rica parece estar encaminada a evitar todo deceso.  Afortunadamente no hemos tenido que escoger entre unos pacientes y otros en función por ejemplo de la expectativa de vida. La dedicación del personal médico y paramédico, muestra un compromiso con el juramento hipocrático de quienes lo hicieron y una imitación del buen ejemplo, en quienes no lo hicieron.

El compromiso del gobierno con la salud y bienestar de la población ha sido manifiesto, a pesar de los costos de los esfuerzos sanitarios y de los subsidios en atención a los más golpeados.

Un grupo de intelectuales europeos, a finales de mayo (https://amp.dw.com/es/coronavirus-personalidades-advierten-sobre-depreciaci%C3%B3n-de-la-vida-de-personas-mayores/a-53547055) hace un llamado a los tomadores de decisiones de sus países y de la UE, en el sentido de que hay que preservar la vida aún de las personas de avanzada edad. Argumentan que “El valor de la vida debe seguir siendo el mismo para todos. Cualquiera que deprecie la frágil y débil vida de los adultos mayores prepara el camino para una depreciación de cada vida”, o sea, que el respeto a la vida no está sujeto a diferencias de ninguna circunstancia. Que el rango de ese valor es superior.  Eso está claro en nuestra Constitución Política, en la cual se promulga que la vida humana es inviolable. Punto.

Y siguen reflexionando que “Aceptar que (la vida) tiene un valor diferente desgarra la red social de solidaridad entre las generaciones y divide a la sociedad en su conjunto”, lo cual lleva a enfatizar que la vida en comunidad, la vida de los habitantes de un país, entraña solidaridad entre las generaciones, si bien fuera por elemental justicia: porque unos han contribuido a hacer posible este presente y porque en temas tan fundamentales como la vida, la sociedad debe ser unánime. En el terreno puramente biológico no va quedando duda del valor de la biodiversidad. En el terreno social se seguirá abriendo paso la valoración de las diferencias, básicamente porque en un sistema complejo como el sistema social, y aceptada nuestra profunda ignorancia con respecto al sistema y nuestra absoluta incapacidad de predecir el futuro, la diversidad contribuye a la formación de una visión y a la elección de comportamientos, con mayores probabilidades de tener éxito.

Esto es un buen recordatorio, cuando las actitudes competitivas parecen comunicar que aquí estamos cada uno para su saco; que en lo fundamental, como la vida, el respeto a la dignidad humana, los derechos humanos, hemos de ser solidarios y que la sociedad, como sistema complejo, también en lo fundamental, debe conservar una dinámica centrípeta que la mantenga unida.

Conviene, continuando con ese hilo de pensamiento, preguntarnos sobre cuáles implicaciones tiene el compromiso mundial con la Declaración Universal de Derechos Humanos, cuando entre otros, estatuye los siguientes derechos:

  • a la propiedad
  • a la libertad de pensamiento
  • a la libertad de expresión
  • a la seguridad social
  • al nivel de vida adecuado
  • a la protección contra el desempleo
  • a la educación

Desde hace muchos años la evolución del homo sapiens no se nota desde el punto de vista biológico. Sí desde el punto de vista moral. La Declaración de Derechos Humanos (1948), no hubiera sido posible cien años antes. Cien años después, para lo cual ya falta poco, deberíamos haber evolucionado en nuestro nivel de conciencia, como para que el respeto a esos derechos impregne las vidas de todos los seres humanos en todos los confines de la tierra. La verdad, hoy, no todos esos derechos corren la misma suerte en todos los lugares, ni en el fuero interno de todas las personas. Un día, sin cortapisas, no solo se reconocerán esos derechos, sino que todos estaremos dispuestos a salirnos un poco de nuestro propio camino para no solo respetarlos en bien del otro, sino para respetarlos porque en ello nos va nuestro propio bien.

 

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