Capitalismo salvaje y del otro

Publicado el 4 mayo, 2020
Categoría: Política
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Estos días de confinamiento, con su manejo del tiempo singular, con sus carencias antes nunca experimentadas, con su telón de fondo sobre lo que es esencial y lo que es accesorio, con su comprobación de que es posible vivir de otra manera, traen a la consideración temas viejos bajo luces nuevas.

El capitalismo sostiene que el ojo del amo engorda al caballo, esto es, que nadie puede hacer producir más los recursos disponibles que quien es su dueño, quien ve ligado su beneficio económico a ese buen uso de los recursos. Por eso adopta la propiedad privada como premisa. Otra es que el dueño de los recursos los utiliza con libertad y otra, que hará con las ganancias lo que quiera, apostando a que las reinvertirá para que continúe el crecimiento económico.

El capitalismo opera según un conjunto de reglas bastante precisas, tomadas de la ciencia económica. En un sistema de mercado, las empresas maximizan su ganancia de corto plazo si siguen esas reglas. A su vez, los consumidores maximizan su satisfacción cuando gastan su ingreso, siguiendo las que les corresponden. Así, los resultados son óptimos en cuanto a ganancias de corto plazo y satisfacción asociada al gasto.

Si tuviéramos unas instrucciones infalibles sobre cómo llegar a un determinado punto geográfico, ¿Deberíamos seguirlas? Depende de si queremos ir a ese punto geográfico. Que exista un camino eficiente hacia un punto, no debe entenderse como una obligación de seguirlo.

Las empresas podrían no querer hacer máxima su ganancia de corto plazo. Por ejemplo, las empresas que operan en Costa Rica aceptan una carga social diferente a las que operan en otros países. ¿Están chiflados estos empresarios? No. Son tan racionales como los otros. Solo que valoran los efectos que tiene sobre la sociedad una legislación de seguridad social como la que existe aquí.

Observemos que muchas empresas en Costa Rica pertenecen al Movimiento Solidarista, o sea que han convertido la contingencia del preaviso y la cesantía en una erogación real, lo cual quiere decir que en vez de esperar a pagar la cesantía y el preaviso cuando despidan a una persona, desde ya van entregando el monto de esos derechos a un fondo financiero administrado por los empleados. Hacer eso, significa reducir la utilidad presente. ¿Por qué lo hacen?  Tal vez piensan, con razón, que un grupo de colaboradores con esas prerrogativas son más leales a la empresa y más permanentes en sus empleos. O veamos cuántas empresas pagan salarios mejores que los que señala la ley de salarios mínimos. Una empresa puede, razonable y libremente, practicar la solidaridad con sus colaboradores. Todo lo cual nos muestra que no es obligatorio seguir la regla de maximizar las utilidades de corto plazo. La teoría económica dice cómo hacer máximas las utilidades, así como el reloj nos da la hora, pero somos nosotros quienes elegimos si la cita es a las ocho o a las nueve.

Como argumentaba Adam Smith, el panadero, en su afán de hacer ganancias vendiendo pan, contribuye al bien común poniendo ese pan a disposición de la comunidad. Ese interés individual que lleva al empresario a tomar riesgos y liderar un proyecto no tiene por qué estar reñido con la solidaridad. Y ese interés individual, muy ligado al afán de crear, al afán de dejar una huella, puede mantenerse como un impulso sano, o puede degenerar en avaricia. No es culpa de las reglas de la teoría económica, ni mucho menos del mercado, que el interés individual de algunos degenere en avaricia. He conocido capitalistas movidos en su auto-realización, como un buen deportista. Y supongo que habrá otros empantanados en su avaricia. Entonces ¿Es posible un nuevo capitalismo? Ya hemos visto que sí cuando muchas empresas adhieren a prácticas de responsabilidad social. Estas no tienen como meta solamente los resultados económicos, sino también los resultados de bienestar social y de armonía con el ambiente. En estas empresas, se practica la largueza en vez de la avaricia. En vez de contar cincos con los ojos desorbitados, se cultiva el desarrollo de los colaboradores, de sus familiares, de su comunidad, su bienestar material, y la neutralidad con el ambiente, o lo que es más desafiante, la regeneración del ambiente.

En una empresa de pocos socios, muy cercanos entre sí, a veces parientes, lograr estos acuerdos de compartir solidariamente con los colaboradores, es más sencillo que lograrlo en sociedades anónimas con miles de accionistas, quienes no solamente valoran los dividendos, sino que valoran la posibilidad de vender sus acciones con ganancia, y saben que los precios de las acciones en la bolsa dependen mucho de las ganancias de este año. Las bolsas son una maravilla porque permiten a pequeños ahorrantes participar en el capital de las empresas, pero también convierten las instrucciones sobre cómo hacer máximas las utilidades, en una obligación.

La ganancia de las empresas que acatan esa obligación de hacer máximas las utilidades, se calcula de una forma singular: toman el valor de todas las ventas, restan la totalidad de los gastos y lo que queda es para los dueños de la empresa. En las empresas que no acatan esa obligación, el cálculo se hace igual, pero los dueños pueden decidir qué parte de esas utilidades destinar a mejorar el bienestar del personal, de la comunidad o el ambiente.

No imagino a Costa Rica sin seguridad social o sin movimiento solidarista. Más bien imagino, a empresarios, colaboradores y estadistas, en libertad, con un nivel de conciencia superior, diseñando algunas otras instituciones que logren reducir la exclusión, profundicen el sentido del trabajo, humanicen el consumo, regeneren el ambiente, propicien el bien común. La buena política es más que aritmética. La buena política es ética. Es acción sobre lo que vale la pena. Sobre lo que nos dará como país, más estabilidad y mayor probabilidad de felicidad. En otras cosas hemos sido exitosos, ¿Por qué no intentar estas y hacerlas formar parte de la marca Esencial Costa Rica?

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