Discrepar. Cuestionar. Corregir

Publicado el 3 febrero, 2020
Categoría: Pensamiento crítico
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He conducido incontables ejercicios de torbellinos de ideas. Como generalmente se hacen luego de volver a recordar las reglas, resultan muy productivos. ¿Por qué entonces resulta tan difícil conseguir que un grupo de compañeros opinen con libertad, sencillez y creatividad sobre cómo mejorar un documento que alguien presenta como borrador?

Me ha parecido que el torbellino de ideas tiene carácter de juego. Los participantes están siempre cerca del buen humor y el ambiente se ve salpicado de bromas, de caricaturas, de exageraciones, lo cual hace que aumente la productividad de los participantes. Ante un borrador del cual es autor un compañero, los participantes asumen esa actitud de recato que uno asume ante lo que otro ha escrito. Escribir un documento es como poner en el papel nuestro mundo interior. Los demás lo saben y entonces son muy cautelosos a la hora de sugerir modificaciones. En el torbellino de ideas no hay nada escrito. El asunto o problema se menciona o a lo sumo se lo bocetea en una pizarra, pero no se recibe un papel escrito por nadie.

La así llamada técnica de Delfos, parte de que no se conozca al autor de las ideas sobre las que se desea que el grupo opine. Tal vez si el borrador fuera anónimo, los participantes se sentirían menos cautelosos a la hora de hacer sus sugerencias.  O se podría hacer una motivación previa a la emisión de ideas, recordando la sugerencia de Edward de Bono en el sentido de que estamos más educados para encontrarle peros a una idea nueva, que para encontrarle sus ventajas. Él recomienda que ante una idea que hemos de evaluar en grupo, empecemos por admitirla con un “Sí. Y además …”. O sea, que primero le hemos de reconocer la utilidad a la idea y mencionar las posibilidades que tiene. En cambio, lo que primero solemos hacer es combatirla con frases que comienzan con “Sí. Pero…”.  Pienso que, si al revisar un borrador de trabajo usamos esa modalidad, el reconocimiento de lo positivo que hay en el documento, nos dejaría más tranquilos cuando tengamos que señalar lo que queremos que sea modificado.

El borrador de trabajo tiene la ventaja de que sugerir modificaciones a algo que está escrito es mecánicamente muy fácil. Se puede subrayar los elementos que se quiere modificar. Se puede escribir en los márgenes la modificación sugerida. Se pueden señalar gráficamente las conexiones entre elementos del documento y entre las sugerencias.

Por más que se explique que el borrador de trabajo está ahí para ser modificado, para ser mejorado, para recibir críticas, a los participantes les parece indebido retroalimentarlo con objetividad. Conviene entonces enfatizar algunas reglas.

Una de las reglas es que el objetivo es que el producto del trabajo del grupo es potencialmente tan valioso, que vale la pena que el autor pase por el mal rato de escuchar críticas. Que lo desagradable de criticar el trabajo del compañero también tiene sentido por esa misma razón. Que quien escribió el documento lo hizo con el ánimo de que el grupo cuente con un punto de partida y que el documento no representa lo más acabado de su pensamiento y posición sobre el asunto.

Es importante que los grupos de trabajo se esmeren en ser eficaces y a la vez confortables.

A ello conducen estas dos aspiraciones. Primero, que en todo grupo debe gestionarse la creación de confianza como para discrepar, para señalarse los vacíos y errores en las posiciones de los miembros. Esto requiere confianza, la cual se debe haber ido creando a lo largo del tiempo y no con unas cuantas frases al inicio de esta reunión específica. Esa confianza, es el requisito de la comunicación asertiva. Y segundo, que lo que pensamos, creemos o sostenemos, es independiente de nuestra esencia. Pensamos lo que pensamos, pero no somos lo que pensamos. Así que cuando cuestionamos lo que alguien piensa, cree o afirma, no estamos cuestionando su esencia, ni su inteligencia, ni la clase de persona que es. Y esto es fundamental para toda convivencia, laboral o no.

Algunos dicen que uno de nuestros temores profundos es dejar de ser queridos. Aseguremos en los intercambios grupales, que podemos oponernos, combatirnos, criticarnos, sin dejar de querernos. Seamos firmes, pero no inflijamos sufrimiento innecesario. ¿No es eso lo que ocurre en las buenas familias?

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