Creencias y desarrollo

Publicado el 18 noviembre, 2019
Categoría: Artículos, Política
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Dijo recientemente Jorge Vargas Cullell en su columna “Enfoque” en el periódico La Nación, que convendría que en preparación del año 2021, segundo centenario de nuestra independencia, se convoque a una reflexión colectiva sobre qué hacer para que el país dé un salto de calidad en desarrollo humano y democracia. Creo que uno de los elementos indispensables de ese ejercicio es desentrañar creencias, prejuicios, paradigmas que conducen a posiciones y comportamientos que no contribuyen a nuestra maduración como nación. Ha de haber actitudes que podrían acelerar nuestro desarrollo. Pero pienso que también ha de haber en nuestra cultura, en nuestra manera de entender la realidad, bloqueos que nos obstaculizan. No afirmo que estos sean algunos de esos bloqueos. Solo planteo que con creencias así, no se puede alzar vuelo.

Si pensamos que toda solución depende del estado, estaremos inhibiendo la iniciativa privada. Si pensamos que iniciativa privada es solo fundar y operar empresas con fines de lucro, desvalorizamos la participación de los habitantes. Hay iniciativas privadas en los terrenos artísticos, éticos, políticos, de salud, etc. cuyos resultados no van a poder ser captados en la estrechez de un estado contable.

Si solo pensamos en la novedad y complejidad de los retos, pero no reparamos en la novedad y productividad de las nuevas tecnologías. No caigamos en el error de Malthus. Este es un nuevo mundo tecnológico y social y nos ofrece una riqueza de opciones que apenas estamos empezando a comprender y estamos lejos de utilizar con plenitud.

Si nuestro pensamiento es rotundista: o democracia o dictadura; o estatismo o estado débil; o libre iniciativa o control central. Hay que aprender a ver todo el espectro y no solamente los extremos polares.

Si creemos que la educación formal es algo que les ocurre a los estudiantes, quienes vienen como pacientes a que les hagan lo que tienen que hacerles, para convertirlos en habitantes pensantes. Esto lo pueden creer, con igual perjuicio, los padres de familia, los estudiantes, los maestros y lo más serio, los formadores de maestros o quienes toman decisiones nacionales sobre educación. Si creemos que la educación cívica es solo conocer historia patria, o recitar sin escudriñar algunos artículos de la constitución política.

Si pensamos que el bienestar, como disposición de bienes y servicios, es algo absolutamente deseable y olvidamos el costo social y ambiental de disponer de esos bienes y servicios. Antes se pagaba por la gaseosa y se consideraba que la transacción solo era significativa para el fabricante y el consumidor. Hoy estamos comenzando a considerar la huella ecológica de la gaseosa y las consecuencias individuales y sociales de su consumo. Sobre lo que hacen las empresas ya las únicas voces significativas no son las de sus dueños y las de los consumidores.

Si pensamos que la política electoral es un torneo al cual hay que asistir, más o menos con el mismo espíritu con el cual vamos a ver ganar al equipo de futbol de nuestra predilección. Y olvidamos las profundas consecuencias que pueden tener las ideas en disputa.

Si no tenemos conciencia sobre cuáles son las instituciones -no las empresas públicas, sino las reglas de juego, las prácticas culturales- que hacen sostenible a la nación. Si no pensamos que la nación es mejorable. O si pensamos que si lo fuera, el soñar con mejoras, incubarlas y ejecutarlas debe ser obra de otros. Si creemos que existen en la mente de algunos escogidos, soluciones para problemas complejos, en vez de favorecer su construcción conjunta, mediante procesos de diseño y búsqueda de acuerdos. Si no somos sensibles a la importancia de encontrar nuestro espacio y nuestras formas personales de contribución al bien común.

Si no tenemos claro que la libertad no es una palabra poética, sino una realidad que hace posible que todos los días hagamos elecciones de cuyos resultados somos responsables. Si pensamos que la dificultad, el esfuerzo, la exploración deben ser evitados como la ignorancia y la enfermedad.

A lo mejor lo que el país necesita no son aceleradores, sino que le quitemos los frenos. Tal vez no necesita escobas nuevas, sino que aprendamos a no pararnos sobre la escoba de quienes barren.

 

Alvarocedeno.com

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