Poder de la palabra

Publicado el 11 noviembre, 2019
Categoría: Acción humana eficaz, Artículos
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Hay palabras bellas e hilvanadas que nos movilizan. Cantamos la Patriótica y se exalta el cariño por esta realidad en la cual vivimos. Escuchamos a Darío en su Marcha Triunfal y se mueve y emana la profunda vena heroica ¿Pero cuánto nos dura la movilización?

Es una maravilla que hablemos. Ya lo dice de Bravo: soy hombre, es decir, animal con palabras, y exijo por lo tanto, que me dejen usarlas. Pero es ilusorio creer que la palabra es omnipotente.

Los ideales viven y crecen en un mundo etéreo, ingrávido, poblado de nubes bellas. Vamos ahí y se nos inflama el corazón. Bajamos a la realidad tridimensional y el corazón vuelve a su ritmo. Allá lo inalcanzable pero amado. Acá lo prosaico, lo posible, el reino de la aritmética. Allá la profecía, el reino de los sueños. Acá el espacio donde el cinismo nos frena para no malgastar esfuerzos y para esperar el gran momento, que nunca llega, en el cual y por lo cual, estaremos dispuestos a jugarnos la vida.

Los ideales son como un billete de diez mil pesos. Con él nada haremos en el bus. Hay que cambiarlo en menudo. El bus nos lleva, no si podemos demostrar nuestra solvencia, sino si traemos las monedas que son corrientes ahí. Hay que cambiar los ideales en menudo. Solo así podrían ser operativizados. Convertidos en operaciones. En acciones. Y solo así podrán producir resultados.

Nos servimos de la palabra, para invitar a otros a venir al mundo de los anhelos, de las visiones que embelesan. Pero si esa palabra, ese embeleso, no se convierten en propósitos, hasta ahí llegamos.  El propósito es un compromiso, es ponerle un poco de hormonas al ideal. Pero el propósito, el compromiso, la buena intención, pueden quedarse en eso. Y serán estériles y se marchitarán.

Los propósitos son como tiendas de campaña sin el debido anclaje, en un campo ventoso. Con frecuencia se los lleva el viento. El anclaje del propósito, la forma de aterrizarlo, es formatearlo con esas dos dimensiones de espacio y de tiempo dentro de las cuales nace y se sostiene la acción. Hay que preguntarse dónde y cuándo haremos qué. Si el propósito es para quién sabe cuándo, nunca lo cumpliremos. Son los propósitos de para nunca sin falta. Recuerdo a un viejo periodista, quien ante la necesidad de una investigación, decía hagámoslo sobre el humo. Ahora, antes de que se disipe el humo de la pólvora; sin esperar mejores circunstancias. Pa`luego es tarde, que dicen los mexicanos.

Y el dónde, tiene que ser cercano. Para deleitarse con el arte, no hay que ir a Europa. Para observar la naturaleza tampoco hay que ir a la Amazonia. Hay muchos excluidos en la India … pero ¿Sabemos de los excluidos de por aquí cerca?

Y el propósito, con todo y la energía que hay detrás de él, también puede quedar sin fruto, a no ser que se le traduzca en las acciones requeridas. Y aquí ya llegamos a la verdadera situación en la que mueren o se concretan los sueños. Porque la acción humana es concreta, real, con resultados limitados, a distancia de los arreboles que la vieron nacer, allá en el mundo ideal. Hay que abordarla con realismo, con humildad. Y sostenerla con fortaleza, con perseverancia. Aquí es donde si el anhelo no se transforma en sudor, en nada estamos.

 

Alvarocedeno.com

 

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