Enfoque sereno

No es lo mismo aspirar a la perfección, que ser perfeccionista. El perfeccionista sufre si las cosas no salen perfectas. Dedica energía a perfeccionarlas sin detenerse a pensar que el costo-beneficio de ese milímetro de perfeccionamiento, podría ser insensato.

En actividades simples, se puede ser perfeccionista, pero serlo en actividades complejas es estar apuntado en una lotería donde el premio es la ansiedad y hasta el dolor. Las empresas, cualquier empresa, son entidades complejas en las cuales operan múltiples elementos, con diversos resultados posibles. Una persona ejecutiva perfeccionista y una empresa compleja, son una mala combinación. Las empresas valoran el talento ejecutivo que es capaz de navegar con mano firme en situaciones complejas y convulsas.

¿Qué le da serenidad de acción a esa persona ejecutiva navegante de mares convulsos? Busca los mejores resultados pero sabe y acepta que pueden ocurrir resultados adversos. Su regla de juego es obtener buenos resultados que superen a los malos. No obtener siempre buenos resultados. Ve su actividad como un proceso dinámico y va dejando atrás el pasado. Si algo sale mal, su atención se dirige hacia el próximo evento. No se deprime, ni sufre, ni se flagela por lo que salió mal, sino que espera deportivamente el próximo evento, en el cual, desde ahora enfoca toda su energía para que salga bien. En algunas personas me ha parecido reconocer, a la hora de la ejecución, lo que se denomina quiet eyes, lo cual podríamos traducir por enfoque sereno. Se denomina así a la concentración del jugador que solo mira el aro por donde quiere que entre la pelota. O el cirujano que se enfoca en el tejido maligno que debe remover. Se dice que esta técnica aumenta la probabilidad de éxito.

El buen ejecutivo sabe evaluar las circunstancias. No es lo mismo obtener un mal resultado cuando creíamos que las circunstancias eran favorables, que cuando entramos en una situación adversa y con riesgos calculados hacemos el esfuerzo. El mal resultado en uno y otro caso, nos afecta de manera diferente. Saber evaluar con realismo las circunstancias, nos permite calificar los resultados con mayor ecuanimidad.

Nunca se reducirá a cero la lista de asuntos pendientes. La persona ejecutiva no puede hacer todo lo que está pendiente. Tiene que elegir qué hacer. Pero eso implica dejar de hacer otras cosas. Y esa elección trae tensiones.La angustia por lo que queda pendiente no es útil. Hacer con plenitud es poner todo en esa acción, sin el mal sabor de lo que queda pendiente.

La persona que ocupa un cargo ejecutivo no está sola. Tiene público. Los accionistas podrían tener diferentes puntos de vista sobre lo que convenía haber hecho. Continuamente vemos en la escena mundial, ejecutivos que toman un determinado rumbo y tienen éxito. Y otros que acaban perdiendo su puesto. Todos sabemos que una acción puede producir resultados positivos o negativos. En vez de certeza, lo que hay es incertidumbre. Y que el azar se cuela en los resultados. Pero la regla que siguen los accionistas, es la de que la persona ejecutiva tiene obligación de acertar. No sé por qué, esta incertidumbre trae a mi mente ese dicho que tanto se escucha entre toreros: Que Dios reparta suerte.

Alvarocedeno.com


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