Sin ilusión. Sin amargura

Publicado en La Nación el 8 enero, 2018
Categoría: Política
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Una campana no arranca a tañer sola. Una piedra de nuestro jardín no va a cambiar de posición por sí misma. Inercia es la resistencia de la materia a cambiar su estado de reposo. Los grupos sociales también se ven afectados por leyes análogas. ¿Cambiará espontáneamente un grupo de amigos la forma como se comunica, sus normas, sus rituales? Sin fuerzas nuevas, sin incentivos nuevos, la forma más económica de seguirse comportando es la forma conocida y habitual.

¿Cambiará espontáneamente el funcionamiento del poder ejecutivo, del congreso y sus fracciones solo porque celebremos unas elecciones en cuatro semanas?  Los costarricenses que vendrán a ejercer los cargos públicos, no son diferentes, en las dimensiones relevantes, a quienes los han estado ejerciendo. No seamos mesiánicos ni caudillistas.

Nos hemos acostumbrado a una situación de ineficacia, de falta de visión, de falta de atención a las demandas que nos plantea el futuro, de sedación ante los problemas crónicos, de creencia de que fatalmente así son las cosas, o de consuelo espurio de que otros países están peor. Quienes ejercen cargos políticos se han desconectado de los electores, o los han abandonado. Impunemente, además.  Hay que terminar con esa impunidad. Sin un cambio en la forma de integrar y operar el congreso, sin mecanismos ágiles para socollonear a quienes incumplan sus deberes o sean claramente ineficaces en el poder ejecutivo, todo seguirá igual. Los congresistas seguirán escogiendo proyectos que no perturben su confort. Y con un congreso así, siempre el ejecutivo podrá decir que el país es ingobernable.

Votaremos sin ilusión. Ojalá también sin amargura. Como pueblo, hemos sido votantes cuidadosos, opinión pública informada, pero eso no ha sido suficiente. Históricamente muy pocas veces hemos sido un pueblo proactivo. Se está llegando la hora. Con nuestro voto afectaremos muy débilmente la lista de problemas serios que el país enfrenta. Votar no nos libera de responsabilidad. El sistema político que ha operado casi sin nuestra intervención, no mejorará sin ella. El pueblo debe rescatarlo con entrega, vigilancia e innovación.

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