Gestión de la felicidad

Publicado en La Nación el 25 diciembre, 2017
Categoría: Desarrollo, Felicidad
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Hace muchos años que no deseo a mis cercanos una feliz Navidad. Les deseo más bien, una Navidad con mucho fruto espiritual.  Lo de esperar una feliz Navidad nos convierte en sujetos pasivos, mientras que la búsqueda de fruto espiritual nos hace un encargo que hemos de atender activamente.

Según Martin Seligman, un psicólogo norteamericano contemporáneo, hay una diferencia entre la vida placentera y la vida feliz. La vida placentera no depende de nosotros. Depende de tener unas disposiciones de disfrute y de encontrar los satisfactores adecuados. No a toda persona le produce disfrute estar en la playa, y entre todos aquellos a quienes se los produce, no todos tienen la posibilidad de estar en la playa tanto como quisieran.  Seligman señala además dos limitaciones. Primero que esta capacidad de disfrute es bastante heredable. Y segundo que con la repetición de los actos placenteros, la satisfacción decrece.

Afirma que la felicidad se relaciona más estrechamente con una vida comprometida y con una vida con sentido. Una vida comprometida es la de aquellos que se ocupan de tareas que coinciden con sus gustos intensos y con sus fortalezas notorias. Estar ocupados así, los lleva a un estado de disfrute intenso, llamado estado de flujo. En estado de flujo, olvidamos el tiempo y el espacio, dejamos de razonar y de racionalizar y nos adentramos en algo muy parecido a la contemplación. Posiblemente el músico, el poeta, el artesano y el deportista, todos en el momento de ejercer su talento, sean un ejemplo de vida comprometida.

La vida con sentido ocurre cuando nuestras fortalezas cardinales se utilizan con altruismo al servicio de algo que consideramos superior: el bien común para los buenos políticos; la verdad para el filósofo y el científico; la buena crianza para los padres; la salud del paciente para los dispensadores de cuidados médicos; el desarrollo de colaboradores y discípulos para los buenos jefes y maestros.

La felicidad es gestionable. No es un estado que ocurre al azar.  Quedan planteadas algunas posibilidades generales, a las cuales convendría encontrarles aplicaciones específicas en estos días festivos.

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