Sacrificio o francachela

Publicado en La Nación el 19 enero, 2015
Categoría: Responsabilidad
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Hay una canción española llamada “Paresito faraón”: le tengo miedo al trabajo; en vez de la cuesta arriba, prefiero la cuesta abajo. Y nuestro tropical Negrito del batey: el trabajo lo hizo Dios como castigo; el trabajar yo se lo dejo solo al buey, porque el trabajo para mí es un enemigo.

El relato bíblico nos habla de un Paraíso en el cual las cosas se nos daban sin esfuerzo. Y luego en las instrucciones de despedida, a Adán se le previene de que tendrá queganar las cosas con el sudor de la frente. (A Eva le fue un poquito peor). Y entre todas las nostalgias del paraíso perdido, esta debe ser una de las más sensibles.

Ortega decía que en el dolor nos hacemos y en el placer nos gastamos. Lo cual no debería llevarnos a buscar el dolor, porque no somos masoquistas, pero sí a estar preparados a pagar el costo que implica el hacernos.

En un mundo sin fricción, las cosas nos resultarían menos trabajosas. Excepto frenar porque quién sabe cómo lo haríamos. Pero estamos en un mundo con fricción, con necesidades y en el cual, obtener casi cualquier cosa, implica esfuerzo. Lo mismo mover una carga, que adquirir conocimientos, desarrollar un emprendimiento o conservar una relación afectiva.

No pain, no gain, parece ser el lema del ejercicio físico con fines de mejoramiento. E igual se aplica al estudio y a la vida de relación. Librados de manera hedonista a la pura búsqueda de nuestro confort, acabaríamos con las manos vacías.

La palabra sacrificio –sacro facere-se origina en el concepto de hacer sagrado algo. Analógicamente podríamos decir que darle carácter trascendente a algo sería una forma de sacrificio. Y en este sentido podríamos pensar en agregarle esa dimensión al trabajo, al estudio, a las relaciones interpersonales y hasta a nuestras prácticas saludables. Habría que olvidarse del Negrito del Batey y del Paresito faraón. Habría que sustraerse de la mala prensa que tiene la palabra sacrificio y preguntarse si podría encontrar un lugar en nuestra caja de herramientas con la cual intentamos gestionar la felicidad.

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