Sonar el silbato

Publicado en La Nación el 20 agosto, 2012
Categoría: Artículos
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Sonar el silbato es una expresión norteamericana que significa denunciar algo que se conoce por razones de trabajo. Se dice que el origen del término es la analogía con lo que hace un árbitro en un encuentro deportivo, cuando señala faltas con su silbato. Hace años cuando en una empresa norteamericana llamada Enron, se estaba utilizando la “contabilidad creativa” en perjuicio de sus accionistas, una señora muy valiente llamada Sherron Watkins, sonó el silbato y públicamente denunció lo que los niveles superiores de la empresa habían venido cocinando y ocultando.

No sabemos en cuántas empresas públicas y privadas ocurren eventos que hacen que la gente en sus conversaciones privadas se las cuenten y se lamenten de lo mal que andan las cosas. Ni sabemos cuántas personas en cargos de responsabilidad, sienten náuseas y se muerden la lengua con lo que ven que está ocurriendo y que por una lealtad mal entendida o por estar obligados por la confidencialidad, o por puro temor, no denuncian.

Los sistemas judiciales se nutren de denuncias. No basta con un buen código penal, si los habitantes, por alguna razón no hacen denuncias, como ocurre con ciertos delitos que a las personas les causa dolor denunciar.

Este periódico informa en su edición del sábado 20, que el señor Daniel Muñozha presentado una denuncia sobre algo semejante a la “contabilidad creativa” utilizada en Enron, que según él ocurrió en la CCSS en el 2008, cuando con base en información falseada se aprobó una política salarial, que ha perjudicado gravemente a la Institución.

Quienes suenan el silbato para señalar procedimientos o actividades indebidas hacen un gran servicio. Son parte de un sistema emergente de control. Por esa razón están legalmente protegidos en muchos países. Sus denuncias, no solamente ponen en evidencia casos punibles y dan inicio así a procesos judiciales, sino que también hacen que en otros ámbitos, quienes tienen puestos de responsabilidad, pongan las barbas en remojo, ante la perspectiva de que entre cielo y tierra, no hay nada oculto.

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