El compromiso

Publicado en La Nación el 30 agosto, 2010
Categoría: Artículos
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Necesitamos personas comprometidas. Gobernantes y maestros. Padres de familia y jóvenes. ¿Y eso qué es? Los compromisos que valen la pena, son compromisos con ideales, no con cosas. Uno se puede comprometer con su jardín, o con su apariencia. Pero eso, no vale la pena. En cambio muchos están comprometidos con la felicidad de su pareja, con el desarrollo integral de sus hijos, con el éxito de la empresa para la cual trabajan, con el progreso real y sostenible de su país.

El compromiso es como un piloto automático. Es una segunda naturaleza. Anima en la madre que cuando llora el bebé, no se pregunta qué hora es, porque de todas maneras, su compromiso no tiene horario. Y en el colaborador de una empresa que nunca dice “eso no me toca”, “fue Teté”, “ya me voy”, sino que se mantiene en alerta permanente y en una actitud de entrega.

Al compromiso no nos adherimos. Al compromiso nos entregamos. Siempre que lo recordemos. Porque la verdad es que inmersos en las demandas de todos los días, a veces nos falla la memoria y sufrimos un relajamiento interno que nos hace funcionar como si no estuviéramos comprometidos. Por eso necesitamos recordatorios. A nadie se le olvida que tiene hijos o que tiene pareja, pero mirar la foto familiar en el escritorio, de una cierta manera, activa oleadas de energía sobre los ideales relacionados con ellos.

Quizá esa es la razón por la cual las campanas de los conventos llaman a la oración. A ningún monje se le olvida. Pero la campana le ayuda a no posponerla. Esa es la función de los carteles en las paredes y de los “pop ups” en la intranet.Y ahora que estamos llenos de posibilidades electrónicas, esa podría ser también la función de unas alarmas, que a varias horas convenientes, nos recordaran por ejemplo, que es la hora de ser felices, o la hora de contribuir, o la hora de la entrega.

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