El volante

Publicado en La Nación el 23 agosto, 2010
Categoría: Eficacia
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Jim Collins (“De buena a grandiosa”) dedica un capítulo a la metáfora del volante. Un volante es una rueda de gran masa y por tanto, de gran inercia, esto es, cuesta mucho ponerla en movimiento, pero una vez que lo ha adquirido, cuesta mucho frenarla. Imagine que logra hacer bailar un trompo de acero. Bailará por más tiempo que un trompo de madera.

En los países, en las empresas y también en las personas, hay cambios que cuesta mucho efectuar. Introducir la seguridad social, la educación gratuita y universal, el respeto por la legalidad. Pero una vez que esos cambios se instalan, tienen en sí la inercia institucional para no desaparecer. Nos costó muchísimo aprender a escribir –más, desde luego, que aprender a leer- pero el resultado de ese cambio está ahí instalado en las neuronas, que Dios nos conserve, invulnerable a las gripes, a las crisis económicas, al calentamiento global.

Poner en marcha un volante, de unas cinco mil libras, dice Collins, no es algo que podamos lograr en un minuto, ni con un empujón. Se necesitan muchos minutos, muchos empujones, posiblemente de muchas personas. Así se realizan las cosas que valen la pena, en los países, en las empresas, en las personas. Luego mantenerlas cuesta poco esfuerzo. Uno se puede pasar años sin hablar la lengua extranjera que adquirió a base de pequeños esfuerzos, y de pronto se da cuenta de que sigue ahí. Y a la anciana que practicó el ballet, se le sigue viendo la gracia, cuando intenta ilustrar corporalmente sus días de niña aprendiz.

Ante cada demanda de disciplina, ante cada reto que vemos cuesta arriba, ante cada mejoramiento infinitesimal, sería bueno pensar que lo que estamos haciendo tiene relación con aumentar la velocidad del volante. Visto así, levantarse ágilmente por la mañana, ser puntual, mejorar la obra que ya parece que está bien, son verdaderas inversiones en el mantenimiento de la inercia, que nos transforman de simplemente buenos en excelentes.

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