Semana quieta

Publicado en La Nación el 29 marzo, 2010
Categoría: Artículos
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Alguien puede querer orar desde la fe. Ora para alabar. O podría querer orar desde la racionalidad, para conseguir efectos similares a los de la meditación zen. Orar es una experiencia que vale la pena tener. Un amigo recomendaba orar pero atenerse a las consecuencias. La oración no es inocua, sea que se la mire desde la fe o desde la neurología.

Se dice que Santa Teresa tuvo dificultades en un cierto momento, para rezar el Padrenuestro. En cuanto decía “Padre Nuestro”, el amor implicado en esa frase, detenía su pensamiento y su capacidad de seguir articulando palabras.

Tagore menciona en uno de sus escritos una oración que es admirable: Oh Tú que te expresas a ti mismo, exprésate en mí. Sea que se refiera a lo Absoluto, a lo Eterno, a lo Santo, o a lo que una persona de fe llama Dios, la invocación es digna de respeto y reverencia. Y un tema de reflexión: ¿Qué ocurriríasi lo Absoluto, lo Eterno, lo Santo se empezaran a manifestar en mí?

El conocido y familiar Padrenuestro también contiene una frase digna de reflexión: Hágase Tu Voluntad. Desde la fe, el sentido es pedir que se haga la voluntad de Dios. Fuera de la fe, podría tener el sentido de que se cumplan y afirmen algunas características de la realidad que percibimos. Hay al menos cuatro características de la realidad que parecen ser trascendentales: En primer lugar, el ser. Las cosas son y podrían no ser. En segundo lugar, la vida. Hay cosas que solo son y otras además, tienen vida. En tercer lugar, la racionalidad. Hay seres vivos que además son racionales, esto es, piensan y se dan cuenta de que piensan. Y en cuarto lugar, el amor. Hay seres racionales que eligen amar, esto es, querer el bien del otro.

Con fe o sin fe, parece ser que esta realidad que conocemos se enriquece con el ser, la vida, la racionalidad y el amor.

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