Cuándo morderse la lengua

Publicado en La Nación el 7 septiembre, 2009
Categoría: Artículos
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Las discusiones, cuanto más vehementes, más nos conducen a un alejamiento con respecto al posible acuerdo. Discutir es combatir. Es intentar ganar. Y eso nos pone ante la tentación de usar cualquier tipo de armas con tal de ganar. Por eso es que en las discusiones encontramos tanto argumento que a un observador le parece descabellado, aunque los emisores de esos argumentos, en el calor de la refriega, no les encuentran defectos.

Como combate que es, la discusión convoca a la adrenalina y la adrenalina nos lleva a ser muy productivos en cantidad pero no necesariamente en calidad. Por otra parte, la adrenalina nos hace computar los argumentos del otro como si fueran estocadas, de manera quesegún la discusión se calienta, vamos buscando cómo dar nosotros también una buena estocada.

Vamos pasando del comedimiento a la imprudencia. De la lógica a los argumentos “halados del pelo”. Del respeto a la agresión verbal. Ocurre un escalamiento que lleva al ensanchamiento de las divergencias, de forma que la discusión que se inició para tratar de ponernos de acuerdo, al final nos deja más lejos, resentidos, arrepentidos, irritados.

Ese no es el destino de todas las discusiones. Las hay que clarifican y posibilitan elaborar un acuerdo. ¿Cómo hacer para controlar una discusión y no dejar que se desboque? ¿Cómo evitar el escalamiento que acentúa las divergencias?

En una obra de teatro que no recuerdo cuál es, los protagonistas diseñaron un mecanismo con esa finalidad. Se trataba simplemente de que cuando uno se daba cuenta de su enojo, de su pérdida de control, de su imprudencia, o hasta del tono agresivo de su voz, o de los de su interlocutor, decía la palabra “Constantinopla”, con lo cual el otro quedaba notificado de que una de las partes estaba haciendo un llamado a la cordura y ambos o suspendían un rato la discusión, o la continuaban con mayor cautela. Parece un útil sistema de alarma. Tan útil como la amonestación previa a la primera tarjeta amarilla.

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