Os traigo una buena nueva

Publicado en La Nación el 25 diciembre, 2006
Categoría: Convivencia
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El cristianismo empezó siendo un grito de rebeldía ante una religión milenaria. No ante sus dictados, admirables y conservados en el nuevo mensaje, sino contra la falta de autenticidad de sus seguidores de entonces, de lo cual seguimos siendo culpables.

Quizá la veloz difusión del nuevo mensaje tuvo como combustible la esperanza de corto plazo. Sus seguidores esperaban el Reino para dentro de poco. Luego en la alianza con el poder, posiblemente se contaminó de política y el movimiento joven –Jesús era un muchacho-cambió de ritmo, de color, de sabor.

El mensaje siempre ha implicado un plan de salvación. Para alcanzar la otra vida y para salvar ésta. ¿Se podrá alcanzar la otra vida si no se salva ésta? En los mandamientos,que junto con la fe en un solo Dios y la promesa de un Mesías,constituyen la raíz judía del cristianismo, hay un plan de convivencia entre los más próximos, digamos, a escala de aldea. Hoy necesitamos un plan de convivencia planetaria, en el cual la guerra es una abominación. Donde no basta con dar posada al peregrino sino que es necesaria la sensibilidad sobre de qué manera la contaminación local del ambiente puede constituir un perjuicio global. Donde podríamos dar de comer al hambriento profundizando el comercio internacional y eliminando los monopolios de producción y comercialización de alimentos básicos. Donde no es suficiente con visitar a los enfermos sino que tenemos la responsabilidad de estimular la producción de fármacos para combatir las enfermedades de los pobres –como la tuberculosis y el SIDA-. Y donde enseñar al que no sabe nos llama a hacer una revolución educativa que no intente hacer más de lo mismo.

Las obras de misericordia, que son como el plan operativo de los mandamientos, aluden etimológicamente al corazón compasivo, antes con el peregrino, hoy con el migrante. Ayer con los pobres, hoy con todos aquéllos a quienes el sistema deja rezagados.

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