No al automóvil

Publicado en La Nación el 23 octubre, 2006
Categoría: Desarrollo
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Hace cien años, Henry Ford tenía un sueño: llegar a producir un automóvil tan barato que cualquier familia pudiera poseer uno. La masificación del automóvil, que es lo que Ford buscaba, representaba un profundo cambio en la forma de vida de entonces. Habría que hacer más caminos, sería necesario distribuir combustible, organizar talleres, enseñar a conducir.Imaginemos ese proyecto privado sometido a la opinión pública.

Posiblemente una parte de la población observó las posibilidades que ofrecía ese cambio y se manifestó dispuesta a experimentar cómo sería un mundo donde se pudieran recorrer treinta kilómetros en una hora y no en varias.Donde se pudiera buscar trabajo un poco lejos del pueblo. Y no tener que construir las viviendas en torno al lugar de trabajo. E ir de picnic a lugares lejanos. Y transportar carga y pasajeros. Posiblemente vieron que el automóvil les abriría nuevas opciones y que les daría un poco más de libertad de acción.

Pero podemos imaginar que otra parte de la población, de buena fe, con buenos argumentos, se concentró en las debilidades o amenazas que la masificación del automóvil traería. Pensaron entoncesque a pesar del bajo precio, algunos no podrían comprarlo yse harían más evidentes las diferencias. Tal vez imaginaron la inseguridad que los automóviles iban a traer para los peatones. Y en los accidentes de quienes se excedieran en la velocidad. Y en la contaminación ambiental que se produciría. Y en los costos para aprender a conducir.

Hoy no cabe duda sobre cuánto tiempo se ha ahorrado, cuántos proyectos se han hecho posibles, cuánta riqueza se ha producido, gracias al automóvil, y casi podríamos afirmar que el bienestar de la humanidad sería menor si Ford o alguien como él no hubieran tenido éxito en su empeño.

Dentro de cien años, podrían hacerse reflexiones semejantes con respecto a la decisión sobre elTLC que hoy nos ocupa. Desde ahí, nos miran nuestros bisnietos.

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