La formaleta

Publicado en La Nación el 8 agosto, 2005
Categoría: Cambio
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En una construcción, lo que se llama “mezcla” es un líquido espeso de cemento, arena, piedra y agua. Con ella no se podría hacer una viga ni una columna, a no ser que se le haga un molde. El molde o formaleta se hace tradicionalmente de madera; en su interior se coloca una estructura de varilla metálica y se le “chorrea” la mezcla. Luego, cuando la mezcla solidifica, ya es concreto, ya no necesita la formaleta, ya es lo que será por un futuro muy largo.

La metáfora de la formaleta se me aparece con frecuencia. Se introduce un cambio en la empresa; todos están de acuerdo; se lo detalla por escrito, y se inicia el andar, solo para comprobar unos meses después, que el cambio no marcha, que se desvirtuó. Le ocurrió al cambio que sin una formaleta tomó la forma más cómoda, la forma no deseada. Para ir corrigiendo las deformaciones según se presentan, hemos deseñalar en nuestras agendas momentos de seguimiento frecuente, de indagación de cuánta claridad tienen los participantes en el proceso, de cuáles dudas o temores van surgiendo, de cuánto sentimiento de pérdida se tiene por los viejos procedimientos.

También aletea el concepto cuando consideramos que una nueva relación interpersonal, necesita el apoyo de frecuentes contactos de calidad para que vaya solidificándose. O cuando reconocemos en nosotros un rasgo que necesita mejoramiento; nos auto-motivamos a cambiar en esa dirección; tenemos clarísimo lo que hay que hacer y empezamos a hacerlo con gran ilusión. Pero pasa el tiempo, viene el cansancio, viene el desaliento y el proceso que iniciamos con ilusión se desfigura, pierde brío, se conforma con menos, se abandona. Si le hubiéramos puesto una formaleta, hubiéramos dado a ese concreto el tiempo para solidificarse y el mejoramiento se hubiera instalado en nuestra conducta. Se necesita la formaleta para pasar del propósito al hábito. Algo que nos ayude a que el propósito se convierta en acciones, las cuales en un principio tendremos que ejecutar conscientemente, como cuando empezamos a andar en bicicleta. La agenda, la alarma del reloj, de la “palm” o del teléfono celular, debenrecordarnos el propósito que hemos hecho de leer un rato, de estudiar inglés, de apoyar al nuevo compañero o de hacer aeróbicos, hasta que lleguemos a habituarnos a esas prácticas. Tal vez hasta podríamos aplicar la idea ante un gobierno nuevo. Esa luna de miel, esa tregua de ataques para dar tiempo a que se acomoden, podría ser otra referencia a la metáfora de la formaleta.

Las vigas y columnas de la vida de la empresa y de la vida personal, necesitan que reconozcamos con realismo que el concreto más duro empieza siendo una mezcla blanda que necesita de una formaleta. De una paciente y amorosa formaleta.

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