Jugando, mamá, jugando

Publicado en La Nación el 9 agosto, 2004
Categoría: Artículos
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Adolfo Aristeguieta, un pensador scout, escribió un libro llamado “El gran juego” para analizar el exitoso método educativo del movimiento scout. Hoy, los ejecutivos apenas empiezan a visualizar los resultados de aprendizaje que hay en una caminata en la montaña, o un descenso por los rápidos de un río espumoso, o en los ejercicios físicos como las cuerdas bajas. De Mello (Un minuto para el absurdo), sobre la idea hindú de que toda la creación es un juego de Dios y de que el universo es su patio de recreo, afirma que el trabajo solo se hace espiritual cuando se transforma en juego. Y reitera aquella idea de que es diferente lavar los platos por obligación, o lavarlos para que estén limpios, que lavarlos por el gusto de lavarlos.

Muchos arquitectos presentan un anteproyecto con la recomendación de que el cliente “juegue” con lo que hay ahí. Jugar sin prisa. Jugar sin ansiedad. Jugar a la espera de que el contacto con el concepto, con el boceto o con la materia, vaya haciendo que las mariposas del alma, como llamaba Ramón y Cajal a las neuronas,se pongan en movimiento, dancen, se posen.

Timothy Butler y James Waldroop, dos psicólogos de Harvard, dicen que todos tenemos unos intereses vitalesprofundos, y que cuando logramos sintonizar nuestro trabajo con ellos lo disfrutamos más. Unos por ejemplo tienen interés por la producción creativa, otros por aplicar tecnologías, otros por conducir personas y relaciones, otros por hacer análisis cuantitativos. Hay un término arcaico que usaban nuestras abuelas: “embeberse”. Cuanto trabajamos en algo para lo cual tenemos un interés vital profundo, estamos “embebidos”, absortos. La psicología moderna denomina a esa situación, estado de flujo, el mejor ejemplo de lo cual era un compañero de colegio que en los años adolescentes decidió aprender a hacer zapatos. Íbamos a verlo trabajar –socarrones pero admirados- y él no estaba con nosotros: mordiendo su lengua viajaba en estado de flujo quién sabe por cuáles regiones de su ser auténtico. Hoy, sigo admirado.

Estaremos de acuerdo en que los juegos competitivos realmente se transforman en trabajo. En cambio, los juegos no competitivos, como resolver un acertijo, armar un rompecabezas, o jugar solitario en la computadora,tienen algunas características comunes. Consisten en hacer unas operaciones según unas ciertas reglas, lo mismo que en el trabajo de todos los días. Pero se las ejecuta en un modo de buen humor, de aceptación de sí mismo. Y se los enfrenta desde el niño que fuimos y no desde la gravedad del adulto que nos han dicho que somos. También se diferencian del trabajo cotidiano en que éste está siempre afectado por los paradigmas del éxito que le hemos “comprado” al medio: que ganar más dinero es ser mejor persona, que ser jefe es superior a ser colaborador, que una oficina es mejor que un taller, que cuello blanco es mejor que cuello azul. Cuando el trabajo tiene elementos de juego, deja de ser arduo y pasa a ser vehículo de expresión personal.Nuestro espíritu está en el juego, no en la meta.

La valoración del fin de semana, del retiro y del tiempo libre en general, parecen indicar que con el trabajo pretendemos comprar la posibilidad de disfrute que esos días y horas especiales tienen. Un reto interesante es ir sintonizando con nuestros intereses y tratando de aproximarnos a un trabajo que nos resulte más y más disfrutable, de manera que no sea tan abrupta la diferencia de satisfacción entre tiempo de trabajo y tiempo libre. Es válido preguntarse a tal fin,si nos gusta lo que hacemos como trabajo y qué es lo que más nos gustaría hacer.

Esto no constituye una receta. Es solamente una agenda para pensar. Con una vida activa más larga y alargándose a causa de los progresos de la medicina y de la higiene, con fondos de pensiones que nos obligarán irremediablemente a trabajar más años, éste parece ser un tema de la mayor importancia personal.

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