Mal carácter

Publicado en La Nación el 7 junio, 2004
Categoría: Artículos
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Hace cincuenta años éramos unos principiantesasustadizos en una universidad que ilusionada se embarcaba en una gran reforma. De pronto una inocentebroma juvenil y una autoridad superior –que no era el Rector- explota en una regañada profusa, elocuente, dura, airada, la cual se detiene después de un par de minutos. Luego una pausa casi teatral y la exclamación final: Disculpen. ¡Acabo de tener uno de esos temporales hepáticos que me caracterizan!

En las empresas los colaboradores se cuentan historias: fulanito de tal conoce muy bien el negocio, pero tiene muy mal carácter. Lo cual es una forma de decir que fulanito no tiene un buen auto-control, que explota, que reacciona a las circunstancias, que se deja llevar por la ira, que no tiene consideración con los demás, que siente que tiene derecho a liberar su energía le pase lo que le pase a los destinatarios de su exabrupto.

Existen diversos temperamentos posiblemente vinculados con el chasis genético. Ya se hablaba desde Hipócratesdel temperamento colérico, siempre pronto a la explosión y del temperamento flemático, éste más bien difícil de poner en marcha. Pero al igual que ocurre con todos los impulsos instintivos, no constituyen justificaciones del comportamiento, sino que según sean, demandan más esfuerzos de control racional por parte de cada persona. Ser maduro, ser civilizado, consiste en poder gobernar adecuadamente esos impulsos irracionales.

Sin embargo hay un cierto folklore, unas fantasías, unos modelos mentales que oscurecen el tema. Por ejemplo, a los padres les resulta atractiva la forma como el bebé manifiesta sus preferencias y luego les parece graciosa la forma como a sus dos añitos tiene muy claro lo que quiere y lo que no quiere y lo hace saber con unos gestos quetodavía no son rabietas pero que lo serán. En muchos casos, desde aquí se le va extendiendo al niño algo como una licencia para matar, de la cual muchos hacen ostentación y para la cual muchos se van creando espacios de tolerancia o de temor en su familia y en su lugar de trabajo. Eso explica por qué en un partido muy apretado, uno de estos fulanitos que no controla su temperamento, comete una falta, recibe una tarjeta roja y compromete seriamente al equipo. Ova a una reunión delicada con un cliente importante, y vuelve con el resultado de que ese cliente ha roto relaciones con nuestra empresa.

Para Goleman, es parte de la inteligencia emocional, la capacidad para controlar los impulsos: la ira, el temor, la comodonería, la euforia, el desgano. El temperamento es más difícil de modificar que las formas de expresarlo. Y es en esta área donde el jefe, el amigo, el entrenador deportivo pueden ayudar.Todo empieza por una reflexión sobre lo deseable que es controlar las formas de expresión – para ser tenido por civilizado, para poder ser más constructivo en el trabajo con los demás, para no recibir peligrosas tarjetas rojas- . Luego habría que diferenciar entre lo que el temperamento nos hace sentir y la posibilidad de expresarlo. A esto se refiere la famosa receta de contar hasta diez. Si aceptamos que cuando viene la tormenta hepática es posible explotar de una vez o antes contar hasta diez, ya hemos ganado algún control sobre la situación. En alguna obra de teatro una pareja tenía un truco para evitar llevar una discusión a niveles de alta temperatura. Habían convenido en que cuando alguno de los dos sintiera que se estaba exasperando, dirían una palabra clave – no la recuerdo, pero diga usted que era Constantinopla- lo cual los llevaba o a ser más cautelosos, o a interrumpir la discusión o a enfriarla de alguna otra manera. Básicamente de lo que se trata es de no reaccionar automáticamente sino de ir instalando la conciencia de que se puede elegir el momento y el tipo de respuesta ante un determinado estímulo. Lo cual, en intercambios personales ásperos, equivale a tener presenteque para mandar a alguien a freír espárragos, siempre hay tiempo.

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