No todo lo que brilla es oro

Publicado en La Nación el 3 mayo, 2004
Categoría: Artículos
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Los buses de mi barrio, anunciaban su destino con la palabra “Mercado”. Eran los tiempos en que ir al centro de San José, era ir al mercado, topología que hacía alusión al Mercado Central. El mercado no me quedó en la memoria como el bullicio que hoy escucho en él, porque seguramente en aquel tiempo yo era tan o más bullicioso. Mi interior, sin duda lo era.Me quedó más bien como memoria de aromas: piñas, fresco de cas, helados de crema.Años más tarde, y especialmente en las lecciones de análisis económico, el mercado pasó a ser un concepto abstracto, el cual hoy, se trae y se lleva con mucha frecuencia. El mercado es el lugar, el momento, o la forma en los cuales compradores y vendedores manifiestan sus preferencias, sus objetivos y hacen transacciones, esto es, compran y venden.

El mercado es un emisor de señales. Si los tomates tienenhoy un precio que los productores consideran bueno, la próxima semana traerán tomates de más lejos, porque vale la pena. Si las lechugas se quedan ahí sin vender, a un precio que los productores consideran el mínimo al que pueden ofrecerlas, la semana entrante no harán el esfuerzo de traerlas a vender. Pero da otras señales el mercado. ¿Cuánto gana fulanita? Gana tanto… Ah, eso es mucho. ¿Y qué es lo que hace? Tiene un diplomado en programación y trabaja en la empresa tal.Entonces el padre que escucha ese diálogo,llega a su casa y lo relata mientras su hijo colegial aparentemente desentendido mira la tele. Pero el hijo colegial, no estaba tan desatento ysiente nacer dentro de sí un motivo y una claridad nuevos. Claro. No es agronomía, es informática lo que va a estudiar. Una señal del mercado –lo que gana fulanita- ha hecho el viaje hasta el colegial que está en esos días decidiendo lo que hará después de terminar el colegio.

Pero hay otras señales que el mercado emite. En una sociedad rural de baja productividad como era Costa Rica hace cincuenta años, el fruto del trabajo – el bienestar que se podía obtener de la actividad que se desempeñara – era inferior al actual.Los ingresos no daban para que todos pudieran estudiar, ni andar calzados, ni viajar, ni consumir alimentos sofisticados, ni tener automóvil. Según el país ha progresado en su desarrollo económico, lo que se obtiene a cambio del trabajo es más que lo que se obtenía entonces. El costo del ocio- lo que había que sacrificar para dedicar una hora a la tertulia, al arte, a la filosofía -era entonces más bajo que ahora. Hoy, cuando vamos a una conferencia o leemos un libro, estamos sacrificando más bienes que antaño.Si entonces queríamos divertirnos, lo que podíamos obteneren un par de horas de diversión era muchos menos atractivo a los sentidos que lo que obtenemos hoy. No hay discusión en cuanto a que los cines hoy son mucho más confortables y el espectáculo mucho más atractivo que lo que era.Estas señales alteran la relacióntrabajo-ocio: hay mayores incentivos para trabajar porque se pueden obtener muchas cosas con el fruto del trabajo y hay mayores incentivos para estructurar el ocio mediante diversiones que vende el mercado, que en simplemente asistir a una conferencia sobre el Islam.

Los economistas sensatamente afirman que la economía es la disciplina que lidia con la cuestión de cómo satisfacer necesidades múltiples haciendo uso de recursos limitados. Y cautelosamente agregan que el tema de cómo jerarquizar esas necesidades, no es un tema que atañe al economista. Por eso cuando la productividad de un país crece – el TLC tendrá ese efecto en nuestro país – hay una reflexión que cada uno y todos socialmente deberíamos hacer: cuáles necesidades satisfacer primero, cuáles son los objetivos que valen la pena, cuáles mejoran nuestra calidad de vida, cuáles nos hacen una mejor nación y aumentan susostenibilidad. Ni los economistas, ni los ingenieros nos darán la respuesta. Tampoco el Chapulín Colorado.

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