Pensar con orden

Publicado en La Nación el 27 octubre, 2003
Categoría: Desarrollo
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Una de las primeras cosas que aprende un estudiante de economía, es que las necesidades son ilimitadas y los medios para satisfacerlas son limitados. Cuando nos ponemos a hacer una lista de las cosas que queremos comprar, esto es, de las necesidades que tenemos, esa lista se prolonga por varias páginas. En cambio los medios con los que contamos para adquirir esas cosas se reducen al ingreso mensual que obtenemos a cambio de nuestro trabajo. En inglés se le llama “economizar”, al acto de tomar la multitud de necesidades y los medios limitados con los que se cuenta y decidir cuáles necesidades satisfacer. En Jauja, en ese país donde todo era abundantísimo, no había necesidad de “economizar” ni había necesidad de pensamiento económico, porque no existía problema alguno: todos podían tener todo lo que quisieran.

Nos ocurre con el tiempo. Es limitado. Y los usos que podríamos darle son ilimitados. Hoy lunes podríamos trabajar, ir al cine, ver la tele, leer un libro, visitar a los amigos, departir en un bar, ir a una actividad religiosa, asistir a clases, ir al gimnasio, tumbarnos en una hamaca, hacer unas reparaciones en la casa. Esa es nuestra lista de necesidades. Pero el tiempo es limitado. Si le quitamos el tiempo necesario para sueño, alimentación, higiene, desplazamientos, interrupciones,un día tiene como diez horas hábiles.Las personas eficaces no intentan hacer todo lo que querrían hacer, sino que eligen hacer aquello que tiene mayor importancia. Y para saber cuáles son las actividades que tienen mayor importancia, analizan cuáles son los objetivos que valoran más y cómo cada actividad contribuye al logro de los objetivos más valorados.

En esas circunstancias, elegir es difícil. Porque elegir algo es dejar de lado otra cosa. Como el ingreso es limitado, si elijo hacer un viaje, elijo a la vez no hacerle las reparaciones que la casa necesita. Y lo mismo con el tiempo. Si elijo departir con los amigos esta noche, a la vez elijo no asistir a clases o no ver el programa de televisión que hubiera querido ver. Elegir es sacrificar. (¿Se acuerdan del cuento de que cuando uno elige pareja a la vez elige prescindir de todas las demás posibles?) . Si le preguntamos a un niño si quiere helado o confites, con frecuencia nos contestará que quiere helado y confites. En la irracionalidad económica propia de la edad, ignorará que elegir es sacrificar. Pero como en todo adulto hay retazos temporales o permanentes de su niñez, a menudo, como adultos, incurrimos en la misma ilusión infantil de no entender que elegir algo es sacrificar otra cosa.

No tiene sentido ponernos a pensar si hacemos el viaje en barco o en avión. Lo primero que hay que decidir es si hacemos el viaje o reparamos la casa. Si elegimos ir a clases hoy por la noche, no tiene sentido ponernos a pensar en cuál programa de televisión vamos a ver. Las acciones deben estar ordenadas hacia los objetivos. Si quiero hacer una limonada, busco limones. Si quiero hacer un pastel de manzana, busco manzanas.

Por eso me resulta muy útil una idea que le escuché a Ricardo Monge sobre el tema de las telecomunicaciones: la cuestión no es si se permite que otras empresas compitan con el ICE, y mucho menos si se vende o no se vende el ICE. La verdadera cuestión es cómo hacer para que las telecomunicaciones no sean un obstáculo sino un medio para impulsar el desarrollo del país.Y entonces uno se pone a pensarque más probablemente van de la mano competencia y desarrollo, que monopolio y desarrollo. Lo cual nos conduce a pensar que antes que decidir si se privatizan o no se privatizan las telecomunicaciones, es mucho más urgente decidir si se abren o no se abren a la competencia.

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