Prometer para cumplir

Publicado en La Nación el 28 julio, 2003
Categoría: Artículos
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Decíamos hace poco tiempo que al fijar las metas, el colaborador responsable siempre se enfrenta a dos impulsos contradictorios. Por un lado quiere ofrecer una contribución valiosa. Por otro lado, siente el temor de ofrecer más que lo que puede alcanzar realmente. A ese mismo dilema nos enfrentamos siempre que hacemos una promesa. Hacemos la promesa motivados por alguna circunstancia – amor, amistad, enmienda, bondad – , pero desaparecida la intensidad de la circunstancia, muchas promesas se quedan sin cumplir. El tiempo desgasta el anhelo y lo que un día se prometió con toda buena intención se queda languideciente en el camino.

Lo mismo ocurre con los acuerdos. Todos quienes hemos ayudado a partes en conflicto a formular un acuerdo, sabemos que no basta con lograr el acuerdo. Que hay acuerdos que se formulan de manera que casi se puede afirmar que no se podrán cumplir. La mejor forma de que se cumpla un acuerdo es que haya beneficio para las partes en cumplirlo. En cambio algunos acuerdos contienen elementos tan asimétricos que son una invitación a no cumplirlos. Otros contienen elementos que incuban nuevos conflictos. Algunos dicen que la Segunda Guerra Mundial se incubó en las condiciones irritantes para Alemania contenidas en el armisticio que puso fin a la Primera Guerra. La prudencia aconseja no arrinconar al enemigo, y más bien recomienda que “a enemigo que huye, puente de plata”.

Se dice que nadie está obligado a lo imposible, lo cual hace aparecer como natural que se incumplan las promesas que son imposibles de cumplir. Por eso los acuerdos, las promesas, han de ser razonables, eso es, ha de ser posible que se cumplan si existe buena fe y una capacidad de acción no necesariamente excepcional. Cuando se le da un ultimátum a un colaborador, a un socio, a un estudiante, al cónyuge,hay que tener presente que por mejor intención que tenga quien ofrece, no conviene debilitar el acuerdo aceptando lo que se sabe que no se podrá cumplir. Es importante que quien ofrece tenga en el momento de la promesa, clara conciencia de lo que le costará cumplir.

En las relaciones de trabajo en la empresa, y en las relaciones familiares,es preferible no hablar de promesas, sino de propósitos, de objetivos, de metas. Son conceptos que implican una seriedad moral menor que la promesa o que el contrato. En los contratos se quiere que su formalidad constituyauna coacción a cumplirlos. Un contrato podría ser el único vínculo entre las partes y podría hacerse para un solo asunto. Entre quienes se intercambian propósitos o metas,existen vínculos permanentes, por ejemplo entre el jefe y sus colaboradores, entre los cónyuges, entre padres e hijos, entre el maestro y el pupilo.Ese vínculo es dinámico y se espera que vaya mejorando con el tiempo, de ahí que un incumplimiento del propósito más que conducir a una sanción,debe dar origena un esfuerzo de aprendizaje, de renovación de propósitos, de desarrollo de la relación.No se requiere de coacción para el cumplimiento porquese supone que el entusiasmo que cada parte despierta en la otra, el interés que ambas partes tienen en la estabilidad de la relacióny la responsabilidad de quienes proponen,generan suficiente energía para lograr el cumplimiento.

Los propósitos deben cumplir las condiciones de los actos humanos, “que son aquéllos que el ser humano realiza con plena advertencia y deliberación, usando sus facultades racionales”, lo cual los distingue“delos que se realizan sin ninguna deliberación … o de los que se realizan por la coacción que obliga a ejecutarlos contra la voluntad interna”.

Quien recibe un propósito debería ayudar a quien lo formula a profundizar en la característica humana del acto. Así se desarrolla la responsabilidad de los seres humanos.

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